Donnerstag, 26. Januar 2023

Virginia Woolf : Un cuarto propio, ámbito amable con la autoestima.


Ayer 25 de enero recordábamos otro aniversario del día de su nacimiento... Releíamos los dos primeros capítulos de su "A Room of One's Own". Traducidos al español, desde ya.

Virginia Woolf - Una habitación propia - Traducción del inglés por Laura Pujol

CAPÍTULO 1 - Pero, me diréis, le hemos pedido que nos hable de las mujeres y la novela. ¿Qué tiene esto que ver con una habitación propia? Intentaré explicarme. Cuando me pedisteis que hablara de las mujeres y la novela, me senté a orillas de un río y me puse a pensar qué significarían esas palabras. Quizás implicaban sencillamente unas cuantas observaciones sobre Fanny Burney; algunas más sobre Jane Austen; un tributo a las Brontë y un esbozo de la rectoría de Haworth bajo la nieve; algunas agudezas, de ser posible, sobre Miss Mitford; una alusión respetuosa a George Eliot; una referencia a Mrs. Gaskell y esto habría bastado. Pero, pensándolo mejor, estas palabras no me parecieron tan sencillas. El título las mujeres y la novela quizá significaba, y quizás era éste el sentido que le dabais, las mujeres y su modo de ser; o las mujeres y las novelas que escriben; o las mujeres y las fantasías que se han escrito sobre ellas; o quizás estos tres sentidos estaban inextricablemente unidos y así es como queríais que yo enfocara el tema. Pero cuando me puse a enfocarlo de este modo, que me pareció el más interesante, pronto me di cuenta de que esto presentaba un grave inconveniente. Nunca podría llegar a una conclusión. Nunca podría cumplir con lo que, tengo entendido, es el deber primordial de un conferenciante: entregaros tras un discurso de una hora una pepita de verdad pura para que la guardarais entre las hojas de vuestros cuadernos de apuntes y la conservarais para siempre en la repisa de la chimenea. Cuanto podía ofreceros era una opinión sobre un punto sin demasiada importancia: que una mujer debe tener dinero y una habitación propia para poder escribir novelas; y esto, como veis, deja sin resolver el gran problema de la verdadera naturaleza de la mujer y la verdadera naturaleza de la novela. He faltado a mi deber de llegar a una conclusión acerca de estas dos cuestiones; las mujeres y la novela siguen siendo, en lo que a mí respecta, problemas sin resolver. 

Mas para compensar un poco esta falta, voy a tratar de mostraros cómo he llegado a esta opinión sobre la habitación y el dinero. Voy a exponer en vuestra presencia, tan completa y libremente como pueda, la sucesión de pensamientos que me llevaron a esta  idea. Quizá si muestro al desnudo las ideas, los prejuicios que se esconden tras esta afirmación, encontraréis que algunos tienen alguna relación con las mujeres y otros con la novela. De todos modos, cuando un tema se presta mucho a controversia —y cualquier cuestión relativa a los sexos es de este tipo— uno no puede esperar decir la verdad. Sólo puede explicar cómo llegó a profesar tal o cual opinión. Cuanto puede hacer es dar a su auditorio la oportunidad de sacar sus propias conclusiones observando las limitaciones, los prejuicios, las idiosincrasias del conferenciante. Es probable que en este caso la fantasía contenga más verdad que el hecho. Os propongo, por tanto, haciendo uso de todas las libertades y licencias de una novelista, contaros la historia de los dos días que han precedido a esta conferencia; contaros cómo, abrumada por el peso del tema que habíais colocado sobre mis hombros, lo he meditado e incorporado a mi vida cotidiana. Huelga decir que cuanto voy a describir carece de existencia; Oxbridge es una invención; lo mismo Fernham; «yo» no es más que un término práctico que se refiere a alguien sin existencia real. Manarán mentiras de mis labios, pero quizás un poco de verdad se halle mezclada entre ellas; os corresponde a vosotras buscar esta verdad y decidir si algún trozo merece conservarse. Si no, la echáis entera a la papelera, naturalmente, y os olvidáis de todo esto. Me hallaba yo, pues (llamadme Mary Beton, Mary Seton, Mary Carmichael o cualquier nombre que os guste, no tiene la menor importancia), sentada a orillas de un río, hará cosa de una o dos semanas, un bello día de octubre, perdida en mis pensamientos. Este collar que me habíais atado, las mujeres y la novela, la necesidad de llegar a una conclusión sobre una cuestión que levanta toda clase de prejuicios y pasiones, me hacía bajar la cabeza. A derecha e izquierda, unos arbustos de no sé qué, dorados y carmesíes, ardían con el color, hasta parecían despedir el calor del fuego. En la otra orilla, los sauces sollozaban en una lamentación perpetua, el cabello desparramado sobre los hombros. El río reflejaba lo que le placía de cielo, puente y arbusto ardiente y cuando el estudiante en su bote de remos hubo cruzado los reflejos, volviéronse a cerrar tras él, completamente, como si nunca hubiera existido. Uno hubiera podido permanecer allí sentado horas y horas, perdido en sus pensamientos. El pensamiento —para darle un nombre más noble del que merecía— había hundido su caña en el río. Oscilaba, minuto tras minuto, de aquí para allá, entre los reflejos y las hierbas, subiendo y bajando con el agua, hasta —ya conocéis el pequeño tirón— la súbita conglomeración de una idea en la punta de la caña; y luego el prudente tirar de ella y el tenderla cuidadosamente en la hierba. Pero, tendido en la hierba, qué pequeño, qué insignificante parecía este pensamiento mío; la clase de pez que un buen pescador vuelve a meter en el agua para que engorde y algún día valga la pena cocinarlo y comerlo. 

No os molestaré ahora con este pensamiento, aunque, si observáis con cuidado, quizá lo descubráis vosotras mismas entre todo lo que voy a decir. Pero, por pequeño que fuera, no dejaba de tener la misteriosa propiedad característica de su especie: devuelto a la mente, en seguida se volvió muy emocionante e importante; y al brincar y caer, y chispear de un lado a otro, levantaba tales remolinos y tal tumulto de ideas que era imposible permanecer sentado. Así fue cómo me encontré andando con extrema rapidez por un cuadro de hierba. Irguióse en el acto la silueta de un hombre para interceptarme el paso. Y al principio no comprendí que las gesticulaciones de un objeto de aspecto curioso, vestido de chaqué y camisa de etiqueta, iban dirigidas a mí. Su cara expresaba horror e indignación. El instinto, más que la razón, acudió en mi ayuda: era un bedel; yo era una mujer. Esto era el césped; allí estaba el sendero. Sólo los «fellows» y los «scholars»1 pueden pisar el césped; la grava era el lugar que me correspondía. Estos pensamientos fueron obra de un momento. Al volver yo al sendero, cayeron los brazos del bedel, su rostro recuperó su serenidad usual y, aunque el césped es más agradable al pie que la grava, el daño ocasionado no era mucho. El único cargo que pude levantar contra los «fellows» y los «scholars» de aquel colegio, fuera cual fuere, es que en su afán de proteger su césped, regularmente apisonado desde hace trescientos años, habían asustado mi pececillo. Qué idea fue la causa de tan audaz violación de propiedad, ahora no puedo acordarme. El espíritu de la paz descendió como una nube de los cielos, porque si el espíritu de la paz mora en alguna parte es en los patios y céspedes de Oxbridge en una bella mañana de octubre. Paseando despacio por aquellos colegios, por delante de aquellas salas antiguas, la aspereza del presente parecía suavizarse, desaparecer; el cuerpo parecía contenido en un milagroso armario de cristal que no dejara penetrar ningún sonido, y la mente, liberada de todo contacto con los hechos (a menos que uno volviera a pisar el césped), se hallaba disponible para cualquier meditación que estuviera en armonía con el momento. Por una de esas cosas, me acordé de un antiguo ensayo sobre una visita a Oxbridge durante las vacaciones de verano y esto me hizo pensar en Charles Lamb. (San Carlos, dijo Thackeray, poniendo una carta de Lamb sobre su frente.) En efecto, de todos los muertos (os cuento mis pensamientos tal como me vinieron), Lamb es uno de los que me son más afines; alguien a quien me hubiera gustado decir: «Cuénteme, pues, ¿cómo escribió usted sus ensayos?» Porque sus ensayos son superiores aún, pese a la perfección de éstos, a los de Max Beerbohm, pensé, por ese relampagueo de la imaginación desatada, ese fulgurante estallido del genio que los marca, dejándolos defectuosos, imperfectos, pero constelados de poesía. 

1 Fellow: título de ciertos miembros particularmente destacados del profesorado de un colegio universitario. Scholar: estudiante que por sus méritos ha recibido una beca especial de la universidad.

Lamb vino a Oxbridge hará cosa de cien años. Escribió, estoy segura, un ensayo —no caigo en su nombre— sobre el manuscrito de uno de los poemas de Milton que vio aquí. Era Licidas quizás, y Lamb escribió cuánto le chocaba la idea de que una sola palabra de Licidas hubiera podido ser distinta de lo que es. Imaginar a Milton cambiando palabras de aquel poema le parecía una especie de sacrilegio. Esto me hizo tratar de recordar cuanto pude de Licidas y me entretuve haciendo conjeturas sobre qué palabras habría Milton cambiado y por qué. Se me ocurrió entonces que el mismísimo manuscrito que Lamb había mirado se encontraba sólo a unos cientos de yardas, de modo que se podían seguir los pasos de Lamb por el patio hasta la famosa biblioteca que encierra el tesoro. Además, recordé, poniendo el plan en ejecución, también es en esta famosa biblioteca donde se preserva el manuscrito del Esmond de Thackeray. Los críticos a menudo dicen que Esmond es la novela más perfecta de Thackeray. Pero la afectación del estilo, que imita el del siglo XVIII, estorba, me parece recordar; a menos que el estilo del siglo XVIII le fuera natural a Thackeray, cosa que se podría comprobar examinando el manuscrito y viendo si las alteraciones son de estilo o de sentido. Pero entonces uno tendría que decidir qué es estilo y qué es significado, cuestión que... Pero me encontraba ya ante la puerta que conduce a la biblioteca misma. Sin duda la abrí, pues instantáneamente surgió, como un ángel guardián, cortándome el paso con un revoloteo de ropajes negros en lugar de alas blancas, un caballero disgustado, plateado, amable, que en voz queda sintió comunicarme, haciéndome señal de retroceder, que no se admite a las señoras en la biblioteca más que acompañadas de un «fellow» o provistas de una carta de presentación. 

Que una famosa biblioteca haya sido maldecida por una mujer es algo que deja del todo indiferente a una famosa biblioteca. Venerable y tranquila, con todos sus tesoros encerrados a salvo en su seno, duerme con satisfacción y así dormirá, si de mí depende, para siempre. Nunca volveré a despertar estos ecos, nunca solicitaré de nuevo esta hospitalidad, me juré bajando furiosa las escaleras. Me quedaba todavía una hora hasta el almuerzo. ¿Qué podía hacer? ¿Pasear por las praderas? ¿Sentarme junto al río? Era realmente una mañana de otoño preciosa; las hojas caían, rojas, lentas, hasta el suelo; ni una cosa ni otra hubiera sido un gran sacrificio. Pero alcanzó mi oído el sonido de la música. Se estaba llevando a cabo algún servicio o celebración. El órgano se quejó con magnificencia cuando crucé el umbral de la capilla. Hasta la tristeza del cristianismo sonaba en aquel aire sereno más como el recuerdo de la tristeza que como verdadera tristeza; hasta los lamentos del órgano antiguo parecían bañados de paz. No sentía deseos de entrar, aun en el supuesto de que tuviera el derecho de hacerlo, y esta vez quizá me hubiera detenido el pertiguero para exigirme la fe de bautismo o una carta de presentación del deán. Pero el exterior de estos magníficos edificios es a menudo tan hermoso como su interior. Además, ya era una diversión ver a los fieles reunirse, entrar y volver a salir, afanarse en la puerta de la capilla como abejas en la boca de una colmena. Muchos llevaban birrete y toga; otros unos trozos de piel en los hombros; algunos entraban en cochecillos de inválido; otros, aunque apenas de edad madura, parecían arrugados y aplastados en formas tan singulares como los   cangrejos de mar y de río que se arrastran dificultosamente por la arena de los acuarios. Me apoyé en la pared, diciéndome que la Universidad era un santuario donde se preservaban tipos extraños que no tardarían en pasar a la Historia si se les dejaba en la acera del Strand para que lucharan por la existencia. Acudieron a mi mente viejas historias de viejos decanos y viejos profesores, pero antes de que reuniera bastante valor para silbar —solían decir que al oír un silbido un viejo catedrático echaba inmediatamente a galopar— la venerable asamblea desapareció dentro de la capilla. Su exterior estaba intacto. Como sabéis, de noche pueden verse, iluminados y visibles desde millas y millas de distancia por encima de los montes, sus altos domos y pináculos, siempre viajando y nunca llegando a puerto, como barco en la mar. Antiguamente, supongo, también este patio, con sus lisos céspedes y sus edificios macizos, era, y lo mismo la capilla, un pantano, donde ondulaba la hierba y escarbaban los cerdos. Grupos de caballos y bueyes, pensé, debían de haber arrastrado la piedra en carretas desde lejanos condados y luego, con infinito esfuerzo, habíanse posado en orden, uno encima de otro, los bloques grises a cuya sombra me encontraba en aquel momento, y luego los pintores habían traído sus vidrieras para las ventanas y los albañiles se habían afanado durante siglos en el tejado con masilla y cemento, palas y paletas. 

Cada sábado, el oro y la plata debían de haber manado de un monedero de cuero y llenado sus puños antiguos, pues sin duda aquella noche no les faltaba su cerveza ni su partida de bolos. Un arroyo inacabable de oro y plata, pensé, debía de haber fluido a perpetuidad hasta aquel patio para que las piedras no dejaran de llegar ni los albañiles de trabajar; para allanar, zanjar, cavar, secar. Pero era la edad de la fe y el dinero manó con liberalidad para dar a estas piedras profundos cimientos, y cuando las piedras se hubieron erigido, siguió manando el dinero de los cofres de los reyes, las reinas y los grandes nobles para que allí pudieran cantarse himnos y se pudiera instruir a los «scholars». Se concedieron tierras, se pagaron diezmos. Y cuando terminó la edad de la fe y llegó la edad de la razón, siguieron fluyendo el oro y la plata; se crearon becas, se fundaron cátedras con recursos provistos por dotaciones; sólo que el oro y la plata no fluían ahora de los cofres del rey, sino de las arcas de los mercaderes y los fabricantes, de los bolsillos de hombres que habían hecho dinero, por ejemplo, en la industria y devolvían en sus testamentos una generosa porción para financiar más cátedras, más auxiliarías, más becas en la Universidad donde habían aprendido su oficio. De ahí salieron las bibliotecas y los laboratorios; de ahí los observatorios; el espléndido equipo de instrumentos caros y delicados que reposan en estantes de cristal en ese lugar donde hace siglos ondulaba la hierba y escarbaban los cerdos. Di la vuelta al patio y los cimientos de oro y plata me parecieron desde luego lo bastante profundos y el pavimento sólidamente colocado sobre las hierbas silvestres. Hombres con bandejas sobre la cabeza iban muy atareados de una escalera a otra. Ostentosas flores crecían en las ventanas. De las habitaciones interiores llegaba el estridente sonido del gramófono. No se podía    dejar de pensar... 

La reflexión, fuera cual fuere, quedó interrumpida. Sonó el reloj. Era hora de dirigirse al comedor. Hecho curioso, los novelistas suelen hacernos creer que los almuerzos son memorables, invariablemente, por algo muy agudo que alguien ha dicho o algo muy sensato que se ha hecho. Raramente se molestan en decir palabra de lo que se ha comido. Forma parte de la convención novelística no mencionar la sopa, el salmón ni los patos, como si la sopa, el salmón y los patos no tuvieran la menor importancia, como si nadie fumara nunca un cigarro o bebiera un vaso de vino. Voy a tomarme, sin embargo, la libertad de desafiar esta convención y de deciros que aquel día el almuerzo empezó con lenguados, servidos en fuente honda y sobre los que el cocinero del colegio había extendido una colcha de crema blanquísima, pero marcada aquí y allá, como los flancos de una gama, de manchas pardas. Luego vinieron las perdices, pero si esto os hace pensar en un par de pájaros pelados y marrones en un plato os equivocáis. Las perdices, numerosas y variadas, llegaron con todo su séquito de salsas y ensaladas, la picante y la dulce; sus patatas, delgadas como monedas, pero no tan duras; sus coles de Bruselas, con tantas hojas como los capullos de rosa, pero más suculentas. Y en cuanto hubimos terminado con el asado y su séquito, el hombre silencioso que nos servía, quizás el mismo bedel en una manifestación más moderada, colocó ante nosotros, rodeada de una guirnalda de servilletas, una composición que se elevaba, azúcar toda, de las olas. Llamarla pudín y relacionarla así con el arroz y la tapioca2 sería un insulto. Entretanto, los vasos de vino habían tomado una coloración amarilla, luego un rubor carmesí; habían sido vaciados; habían sido llenados. Y así, gradualmente, se encendió, a media espina dorsal, que es la sede del alma, no esta dura lucecita eléctrica que llamamos brillantez, que centellea y se apaga sobre nuestros labios, sino este resplandor más profundo, sutil y subterráneo que es la rica llama amarilla de la comunión racional. No es necesario apresurarse. No es necesario brillar. No es necesario ser nadie más que uno mismo. Todos iremos al paraíso y Van Dyck se halla con nosotros: en otras palabras, qué agradable le parecía a uno la vida, qué dulces sus recompensas, qué trivial este rencor o aquella queja, qué admirable la amistad y la compañía de la gente de su propia especie mientras encendía un buen cigarrillo y se hundía en los cojines de un sillón junto a la ventana. Si por suerte hubiera habido un cenicero a mano, si a falta de él uno no hubiera tenido que echar la ceniza por la ventana, sin duda no hubiera visto un gato sin cola. La visión de aquel animal abrupto y truncado cruzando suavemente el patio con su andar acolchado cambió para mí, por una carambola de la inteligencia subconsciente, la luz emocional. Era como si alguien hubiera dejado caer una sombra. Quizás el excelente vino del Rin estaba aflojando su presa. Lo cierto es que, viendo al gato detenerse en medio del  césped como si también él se interrogara sobre el universo, me pareció que faltaba algo, que algo era diferente. 

Pero ¿qué faltaba?, ¿qué era lo que era diferente?, me pregunté a mí misma, escuchando la conversación. Y para contestar aquella pregunta, tuve que imaginarme a mí misma fuera de aquella habitación, de nuevo en el pasado, antes de la guerra, y colocar ante mis ojos la imagen de otro almuerzo celebrado en habitaciones no muy distantes de aquéllas, pero diferentes. Todo era diferente. Mientras tanto, iban charlando los huéspedes, que eran numerosos y jóvenes, unos de un sexo, otros del otro; la charla fluía como el agua, agradable, libre, divertida. Y detrás de esta charla coloqué entonces la otra, como un telón de fondo, y, comparando las dos, no me cupo duda de que la una era la descendiente, la heredera legítima de la otra. Nada había cambiado; nada era diferente, salvo... Aquí escuché con toda atención, no exactamente lo que se estaba diciendo, sino el murmullo, la corriente que fluía detrás de las palabras. Sí, era eso, allí estaba el cambio. Antes de la guerra, en un almuerzo como éste, la gente hubiera dicho exactamente las mismas cosas, pero hubieran sonado distintas, porque en aquellos días las acompañaba una especie de canturreo, no articulado, sino musical, emocionante, que cambiaba el valor mismo de las palabras. ¿Hubiera podido ponerle letra a aquel canturreo? Quizá con ayuda de los poetas. Había un libro a mi lado y al abrirlo me encontré con que, por casualidad, era de Tennyson. Y he aquí que Tennyson cantaba:

There has fallen a splendid tear From the passion-flower at the gate. She is coming, my dove, my dear; She is coming, my life, my fate; The red rose cries, «She is near, she is near»; And the white rose weeps, «She is late»; The larkspur listens, «I hear, I hear»; And the lily whispers, «I wait».3

3 Ha caído una espléndida lágrima de la pasionaria que crece junto a la verja. Está en camino, mi paloma, mi amor; está en camino, mi vida, mi destino. La rosa roja llora: «Cerca está, cerca está»; y La rosa blanca solloza: «Llega tarde»; la espuela de caballero escucha: «Oigo, oigo»; y la azucena murmura: «Espero.»

 ¿Era esto lo que los hombres canturreaban en los almuerzos antes de la guerra? ¿Y las mujeres?

My heart is like a singing bird Whose nest is in a water'd shoot; My heart is like an apple tree Whose boughs are bent with thick-set fruit; My heart is like a rainbow shell    That paddles in a halcyon sea; My heart is gladder than all these Because my love is come to me.4    

  4 Mi corazón es como un pájaro que canta, cuyo nido se halla sobre un brote rociado; mi corazón es como un manzano cuyos brazos están cargados de frutos apiñados; mi corazón es como una cáscara de arco iris que chapotea en una mar serena; mi corazón es más feliz que todos ellos porque mi amor ha venido a mí.  

¿Era esto lo que las mujeres canturreaban en los almuerzos antes de la guerra? Resultaba tan absurdo imaginar a alguien canturreando estas cosas, aun por lo bajo, en los almuerzos de antes de la guerra que me eché a reír y tuve que explicar mi risa señalando el gato, que efectivamente tenía un aire un poco absurdo, pobre bicho, sin cola, en medio del césped. ¿Había nacido así o habría perdido su cola en un accidente? El gato sin cola, aunque dicen que hay algunos en la isla de Man, es un animal más raro de lo que suele creerse. Es un animal extraño, más pintoresco que hermoso. Es curioso lo que lo cambia a uno una cola. Ya sabéis la clase de cosas que se dicen hacia el final de un almuerzo, cuando la gente anda en busca de sus abrigos y sombreros. Éste, gracias a la hospitalidad del anfitrión, había durado hasta avanzada la tarde. El hermoso día de octubre se iba desvaneciendo y las hojas caían de los árboles cubriendo la avenida por la que yo andaba. Una tras otra, las verjas parecían cerrarse detrás de mí con suave finalidad. Innumerables bedeles iban introduciendo innumerables llaves en cerraduras bien engrasadas; se estaba resguardando la casa del tesoro para una noche más. Al final de la avenida se llega a una calle —no recuerdo su nombre— que conduce, si se tuerce donde se debe, hasta Fernham. Pero me sobraba tiempo. La cena no era hasta las siete y media. Uno casi hubiera podido pasarse de cenar después de aquel almuerzo. Es curioso cómo una pizca de poesía obra en la mente y hace mover las piernas a su ritmo por la calle. Estas palabras “There has fallen a splendid tear From the passion-tree at the gate. She is coming, my dove, my dear” cantaban en mi sangre mientras andaba a paso rápido hacia Headingley. Y luego, cambiando de compás, canté, en ese lugar donde las aguas espumean al pie de la presa: My heart is like a singing bird Whose nest is in a water'd shoot; My heart is like an apple tree... 

¡Qué poetas!, grité en voz alta, como suele hacerse en el atardecer. ¡Qué poetas eran! Con una especie de celos por nuestros tiempos, supongo, por tontas y absurdas que sean estas comparaciones, me puse a pensar si, honradamente, se podía nombrar a dos poetas vivientes tan grandes como Tennyson y Christina Rossetti lo habían sido en su tiempo. Evidentemente, era imposible compararles, pensé mirando aquellas aguas espumosas. Si esta poesía incita a tal abandono, provoca en uno tal transporte, es sólo porque celebra un sentimiento que uno solía experimentar (en los almuerzos de antes de la guerra quizá), de modo que se reacciona fácilmente, familiarmente, sin molestarse en analizar el sentimiento o compararlo con alguno de los actuales. Pero los poetas vivientes expresan un sentimiento en formación, que está siendo arrancado de nosotros en este momento. Primero uno no lo reconoce; a menudo, por algún motivo, lo teme; lo observa con atención y lo compara celosamente, con desconfianza, con el viejo sentimiento que le era familiar. De ahí la dificultad de la poesía moderna; y es esta dificultad lo que le impide a uno recordar más de dos versos seguidos de ningún buen poeta moderno. Por este motivo —que me falló la memoria— la argumentación quedó colgando por falta de material. Pero ¿por qué hemos dejado de canturrear por lo bajo en los almuerzos?, proseguí, caminando hacia Headingley. ¿Por qué ha cesado Alfred de cantar She is coming, my dove, my dear? ¿Por qué ha cesado Christina de contestar My heart is gladder than all these Because my love is come to me?

¿Echaremos las culpas a la guerra? Cuando se dispararon las armas en agosto de 1914, ¿se encontraron los hombres y las mujeres tan feos los unos a los otros que murió la fantasía? Sin duda fue un duro golpe (sobre todo para las mujeres, con sus ilusiones sobre la educación y demás) ver las caras de nuestros gobernantes al resplandor de los bombardeos. Parecían tan feas —alemanas, inglesas, francesas—, tan estúpidas... Pero, sea de quien fuere la culpa, échese a quien se quiera, la ilusión que inspiró a Tennyson y Christina Rossetti y les hizo cantar tan apasionadamente la venida de sus amores es ahora menos frecuente que entonces. Basta leer, mirar, escuchar, recordar. Pero ¿por qué decir «culpa»? Si era una ilusión, ¿por qué no celebrar la catástrofe, fuese cual fuese, que destruyó la ilusión y puso la verdad en su lugar? Porque, la verdad... Estos puntos suspensivos marcan el momento en que, en busca de la verdad, olvidé torcer hacia Fernham. Sí, éste era el problema: ¿qué era la verdad y qué era la ilusión?, me pregunté. ¿Cuál era la verdad sobre aquellas casas, por ejemplo, oscuras y festivas con sus ventanas rojas al atardecer, pero crudas, y rojas, y escuálidas, con sus dulces y sus cordones de bota, a las nueve de la mañana? Y los sauces, y el río, y los jardines que bajaban en pendiente hasta el río, vagos ahora, con la neblina que se deslizaba por encima de ellos, pero dorados y rojos a la luz del sol, ¿cuál era la verdad sobre ellos?, ¿cuál era la ilusión? 

Os ahorraré las vueltas y revueltas de mis cogitaciones, pues no llegué a ninguna conclusión yendo hacia Headingley, y os pido que supongáis que pronto advertí mi error de dirección y volví atrás para corregirlo. Puesto que he dicho ya que era un día de octubre, no me atrevo a arriesgar vuestro respeto y poner en peligro la límpida fama de la novela cambiando de estación y describiendo lilas colgando por encima de las paredes de los jardines, azafranes, tulipanes y otras flores de primavera. La obra de imaginación debe atenerse a los hechos y cuanto más ciertos los hechos, mejor la obra de imaginación. Eso dicen, por lo menos. Seguía, pues, siendo otoño y las hojas seguían siendo amarillas y cayendo, si acaso un poco más aprisa que antes, porque atardecía (eran las siete y veintitrés, para ser exactos) y se había levantado una brisa (del Sudoeste, para ser exactos). A pesar de todo, algo extraño ocurría.

My heart is like a singing bird Whose nest is in a water'd shoot; My heart is like an apple tree Whose boughs are bent with thick-set fruit.

 Quizá las palabras de Christina Rossetti eran en parte responsables de aquella loca ilusión —no era, claro está, más que una ilusión— de que las lilas sacudían sus flores por encima de las paredes de los jardines, y las mariposas de azufre se deslizaban de aquí para allá, y había polvo de polen en el aire. Soplaba un viento, de qué dirección no lo sé, pero levantaba las hojas medio crecidas y había en el aire un centelleo gris plata. Era la hora entre dos luces en que los colores se intensifican y los púrpuras y los dorados arden en los cristales de las ventanas como el latido de un corazón excitable; en que, por algún motivo, la belleza del mundo, revelada y, sin embargo, a punto de perecer (en este momento me metí en el jardín, pues una mano imprudente había dejado la puerta abierta y no andaba ningún bedel por allí), la belleza del mundo que tan pronto perecerá tiene dos filos, uno de risa, otro de angustia, partiendo el corazón en dos. Los jardines de Fernham se extendían ante mí en el crepúsculo primaveral, silvestres y abiertos, y los narcisos y las campanillas salpicaban la alta hierba, cuidadosamente desparramados, no muy ordenados quizás en sus días mejores, agitados ahora por el viento, tirando de sus raíces. Las ventanas del edificio se encorvaban como las de un barco entre generosas olas de ladrillo rojo, mudando del limón al plateado al paso de las rápidas nubes de primavera. Había alguien en una hamaca, alguien, pero en aquella luz todo eran fantasmas, medio adivinados, medio visibles, que huían por la hierba —¿no iba alguien a detenerla?— y luego apareció en la terraza, quizá para respirar el aire, para echar una mirada al jardín, una silueta encorvada, impresionante y, sin embargo, humilde, con una ancha frente y un vestido raído. ¿Sería quizá la famosa erudita J... H... en persona? 

Todo era sombrío y, sin embargo, intenso, como si el pañuelo que el atardecer había echado sobre el jardín lo hubiera rasgado en dos una estrella o una espada —el relámpago de una realidad terrible que estalla, como ocurre siempre, en el corazón de la primavera. Porque la juventud... Aquí estaba mi sopa. Estaban sirviendo la cena en el gran comedor. Lejos de ser primavera, era en realidad una noche de octubre. Todo el mundo estaba reunido en el gran comedor. La cena estaba lista. Aquí estaba mi sopa. Era un simple caldo de carne. Nada en ella que inspirara la fantasía. A través del líquido transparente hubiera podido verse cualquier dibujo que hubiera tenido la vajilla. Pero la vajilla no tenía dibujo. El plato era liso. Luego trajeron carne de vaca con su acompañamiento de verdura y patatas, trinidad casera que evocaba ancas de ganado en un mercado fangoso y pequeñas coles rizadas con bordes amarillentos, y regateos y rebajas, y mujeres con redes de comprar un lunes por la mañana. No había motivo para quejarse de la comida cotidiana del género humano, puesto que la cantidad era suficiente y sin duda alguna los mineros tenían que contentarse con menos. Siguieron ciruelas en almíbar con flan. Y si alguien objeta que las ciruelas, aun mitigadas por el flan, son una legumbre ingrata (fruta no lo son), llenas de hilos como el corazón de un avaro, y que rezuman un líquido como el que sin duda corre por las venas de los avaros que durante ochenta años se han privado de vino y calor y, sin embargo, no han dado nada a los pobres, debe pensar que hay gente cuya caridad alcanza hasta la ciruela. Sirvieron luego galletas y queso y circuló con liberalidad el jarro del agua, pues las galletas son secas por naturaleza y éstas eran galletas hasta lo más hondo de su ser. Eso fue todo. La cena había terminado. Todo el mundo se levantó arrastrando su silla; la puerta de golpe osciló violentamente hacia adelante y hacia atrás; pronto se hizo desaparecer del comedor todo rastro de comida y, sin duda, se lo dispuso para el desayuno de la mañana siguiente. Por los corredores y las escaleras se fue la juventud inglesa, dando portazos y cantando. ¿Correspondía a un huésped, a una extraña (pues no tenía más derecho de estar allí en Fernham que en Trinity, Somerville, Girton, Newham o Christchurch) decir: «La cena no era buena» o decir (nos hallábamos ahora, Mary Seton y yo, en su salita): «¿No hubiéramos podido cenar aquí a solas?» Decir algo así hubiera sido fisgonear y tratar de enterarse de las economías secretas de aquella casa, que ante un extraño presenta una cara tan agradable de buen humor y coraje. No, no se podía decir nada por el estilo. Y la conversación, por un momento, languideció. 

La constitución humana siendo lo que es, corazón, cuerpo y cerebro mezclados, y no contenidos en compartimentos separados como sin duda será el caso dentro de otro millón de años, una buena cena es muy importante para una buena charla. No se puede pensar bien, amar bien, dormir bien, si no se ha cenado bien. La lámpara de la espina dorsal no se enciende con carne de vaca y ciruelas pasas. Todos iremos probablemente al Cielo y Van Dyck se halla, confiamos, entre nosotros, esperándonos a la vuelta de la esquina. Éste es el estado de ánimo dudoso y crítico que la carne de vaca y las ciruelas pasas, tras un día de trabajo, engendran juntas. Felizmente, mi amiga, que era profesora de ciencias, guardaba en un armario una botella rechoncha y unos vasitos —(pero hubiéramos tenido que empezar con lenguado y perdices)— de modo que pudimos acercarnos al fuego y reparar algunos de los daños del día. Al cabo de un minuto más o menos, nos deslizábamos fácilmente por entre todos estos objetos de curiosidad e interés que se forman en la mente durante la ausencia de una persona determinada y que se discuten naturalmente al volverla a ver: que si fulano se ha casado, zutano no; fulano piensa esto, mengano lo otro; el uno ha mejorado increíblemente, el otro, por extraordinario que parezca, se ha echado a perder. Y pasamos luego a estas especulaciones sobre la naturaleza humana y el carácter del mundo sorprendente en que vivimos que son la consecuencia natural de estos comienzos. Mientras decíamos estas cosas, sin embargo, fui dándome cuenta tímidamente de que una corriente surgida por su propia voluntad iba arrastrando la conversación hacia un fin determinado. Por más que habláramos de España o Portugal, de un libro o una carrera de caballos, el interés real de la conversación no era ninguna de estas cosas, sino una escena de albañiles que transcurría en un tejado alto unos cinco siglos atrás. Reyes y nobles traían tesoros en enormes sacos y los vaciaban en la tierra. Una y otra vez esta escena cobraba vida en mi mente y se colocaba junto a otra en que figuraban unas vacas delgadas y un mercado fangoso, y verduras pasadas, y corazones fibrosos de ancianos. Estas dos imágenes, aunque descoyuntadas, sin conexión y absurdas, no cesaban de encontrarse y de combatirse y me tenían por completo a su merced. Lo mejor, para que no se deformara toda la conversación, era exponer al aire lo que tenía en la mente y con un poco de suerte se marchitaría y se convertiría en polvo como la cabeza del difunto rey cuando habían abierto su ataúd en Windsor. Brevemente, pues, le hablé a Miss Seton de los albañiles que habían estado trabajando todos aquellos años en el tejado de la capilla y de los reyes, reinas y nobles cargados de oro y plata que echaban a paladas en la tierra; y le conté que más tarde habían venido los grandes magnates de nuestro tiempo y habían enterrado cheques y obligaciones donde los otros habían enterrado lingotes y toscos pedazos de oro. Todo esto se halla enterrado debajo de los colegios de la otra parte de la ciudad, dije, pero debajo del colegio en que nos encontramos ahora, ¿qué hay debajo de sus valientes ladrillos rojos y de la hierba sin cuidar de sus jardines? ¿Qué fuerza se esconde tras la vajilla sencilla en que hemos cenado y (esto se me escapó antes de que pudiera impedirlo) tras la carne de vaca, el flan y las ciruelas pasas? Hacia el año 1860, dijo Mary Seton... Oh, pero ya conoces la historia, dijo, aburrida, supongo, del recital. Y me contó que habían alquilado habitaciones. Habían reunido comités. Habían escrito sobres. Habían redactado circulares. Habían celebrado reuniones; habían leído cartas; fulano prometía tanto; en cambio el señor Tal no quería dar ni un penique. La Saturday Review había sido muy descortés. ¿Cómo recaudar fondos para unas oficinas? ¿Organizaríamos una tómbola? ¿No podríamos encontrar a una chica bonita que se sentara en la primera fila? Miremos qué dice John Stuart Mill de la cuestión. ¿Podría alguien persuadir al director de... de que publique una carta? ¿Quizá Lady... accedería a firmarla? Lady... está fuera de la ciudad. Así es como se hacían las cosas hace sesenta años; era un esfuerzo prodigioso que costaba horas y horas. Y fue sólo tras una larga lucha y las peores dificultades que lograron reunir treinta mil libras.5 Salta pues a la vista, dijo Mary, que no tenemos para vino ni perdices, ni criados que nos lleven las bandejas encima de la cabeza. No podemos tener sofás ni habitaciones individuales. «Las amenidades, dijo citando un pasaje de algún libro, tendrán que esperar.»6 Pensando en todas estas mujeres que habían trabajado año tras año y encontrado difícil reunir dos mil libras y no habían logrado recaudar, como gran máximo, más que treinta mil, prorrumpimos en ironías sobre la pobreza reprensible de nuestro sexo. ¿Qué habían estado haciendo nuestras madres para no tener bienes que dejarnos? ¿Empolvarse la nariz? ¿Mirar los escaparates? ¿Lucirse al sol en Montecarlo? Había unas fotografías en la repisa de la chimenea. La madre de Mary —si es que la fotografía era de ella— quizás había sido una juerguista en sus horas libres (su marido, un ministro de la Iglesia, le había dado trece hijos), pero en tal caso su vida alegre y disipada había dejado muy pocas huellas de placer en su cara. Era una persona corriente: una vieja señora con un chal de cuadros abrochado con un gran camafeo; estaba sentada en una silla de paja e invitaba a un sabueso a mirar hacia la máquina, con la mirada divertida y, sin embargo, cansada de alguien que sabe por seguro que el perro se moverá en cuanto se haya disparado la bombilla. Ahora bien, si hubiera montado un negocio, si se hubiera convertido en fabricante de seda o magnate de la Bolsa, si hubiera dejado dos o trescientas mil libras a Fernham, aquella noche hubiéramos podido estar sentadas confortablemente y el tema de nuestra charla quizás hubiera sido arqueología, botánica, antropología, física, la naturaleza del átomo, matemáticas, astronomía, relatividad o geografía. Si por fortuna Mrs. Seton y su madre y la madre de ésta hubieran aprendido el gran arte de hacer dinero y hubieran dejado su dinero, como sus padres y sus abuelos antes que éstos, para fundar cátedras y auxiliarías, y premios, y becas apropiadas para el uso de su propio sexo, quizás hubiéramos cenado muy aceptablemente allí arriba un ave y una botellita de vino; quizás hubiéramos esperado, sin una confianza exagerada, disfrutar una vida agradable y honorable transcurrida al amparo de una de las profesiones generosamente financiadas.

 5 «Nos dicen que deberíamos pedir cuando menos treinta mil libras... No es una gran suma, teniendo en cuenta que no va a haber más que un colegio de este tipo para toda la Gran Bretaña, Irlanda y las Colonias y lo fácil que resulta recaudar inmensas sumas para escuelas de varones. Pero si se considera que son poquísimos quienes desean que se instruya a las mujeres, es una buena cantidad» Lady Stephen, Emily Davies and Girton College. 6 Cada penique que logró ahorrarse se guardó para las obras de construcción y tuvieron que dejarse para más tarde las amenidades. R. Strachey, The Cause.

Quizás en aquel momento hubiéramos estado explorando o escribiendo, vagando por los lugares venerables de la tierra, sentadas en contemplación en los peldaños del Partenón o yendo a una oficina a las diez y volviendo cómodamente a las cuatro y media para escribir un poco de poesía. Ahora bien, si Mrs. Seton y las mujeres como ella se hubieran metido en negocios a la edad de quince años, Mary —éste era el punto flaco del argumento— no hubiera existido. ¿Qué pensaba Mary de esto?, pregunté. Allí entre las cortinas estaba la noche de octubre, con una estrella o dos enganchada en los árboles amarillentos. ¿Estaba Mary dispuesta a renunciar a la parte que de aquella noche le correspondía y al recuerdo (porque habían sido una familia feliz, aunque numerosa) de los juegos y las peleas allá en Escocia, lugar que nunca cesaba de alabar por lo agradable de su aire y la calidad de sus pasteles, para que de un plumazo le hubieran llovido a Fernham cincuenta mil libras? Porque financiar un colegio requeriría la supresión total de las familias. Hacer una fortuna y tener trece hijos, ningún ser humano hubiera podido aguantarlo. Considérense los hechos, dijimos. Primero hay nueve meses antes del nacimiento del niño. Luego nace el niño. Luego se pasan tres o cuatro meses amamantando al niño. Una vez amamantado el niño, se pasan unos cinco años cuando menos jugando con él. No se puede, según parece, dejar corretear a los niños por las calles. Gente que les ha visto vagar en Rusia como pequeños salvajes dice que es un espectáculo poco grato. La gente también dice que la naturaleza humana cobra su forma entre el año y los cinco años. Si Mrs. Seton hubiera estado ocupada haciendo dinero, dije, ¿dónde estaría tu recuerdo de los juegos y las peleas? ¿Qué sabrías de Escocia, y de su aire agradable, y de sus pasteles, y de todo el resto? Pero es inútil hacerte estas preguntas, porque nunca habrías existido. Y también es inútil preguntar qué hubiera ocurrido si Mrs. Seton y su madre y la madre de ésta hubieran amasado grandes riquezas y las hubieran enterrado debajo de los cimientos del colegio y de su biblioteca, porque, en primer lugar, no podían ganar dinero y, en segundo, de haber podido, la ley les denegaba el derecho de poseer el dinero que hubieran ganado. Hace sólo cuarenta y ocho años que Mrs. Seton posee un solo penique propio. Porque en todos los siglos anteriores su dinero hubiera sido propiedad de su marido, consideración que quizás había contribuido a mantener a Mrs. Seton y a sus madres alejadas de la Bolsa. Cada penique que gane, dijéronse, me será quitado y utilizado según las sabias decisiones de mi marido, quizá para fundar una beca o financiar una auxiliaría en Balliol o Kings, de modo que no me interesa demasiado ganar dinero. Mejor que mi marido se encargue de ello.

De todos modos, fuera o no la culpa de la vieja señora del sabueso, no cabía duda de que, por algún motivo, nuestras madres habían administrado sumamente mal sus asuntos. Ni un penique para dedicar a «amenidades»: a perdices y vino, bedeles y céspedes, libros y cigarros puros, bibliotecas y pasatiempos. Levantar paredes desnudas de la desnuda tierra es cuanto habían sabido hacer. Así hablábamos, de pie junto a la ventana, mirando, como tantos millares miran cada noche, los domos y las torres de la famosa ciudad extendida a nuestros pies. Yacía muy hermosa, muy misteriosa bajo el claro de luna otoñal. Las viejas piedras parecían muy blancas y venerables. Uno pensaba en todos los libros juntados allá abajo, en los cuadros de viejos prelados y hombres famosos que colgaban en las habitaciones artesonadas, en las ventanas pintadas que sin duda proyectaban extraños globos y medias lunas en las aceras; en las fuentes y la hierba; y en las habitaciones tranquilas que daban a los patios tranquilos. Y (perdóneseme el pensamiento) pensé también en el admirable fumar y la bebida, y los hondos sillones, y las alfombras agradables; en la urbanidad, la genialidad, la dignidad, que son hijas del lujo, del recogimiento y del espacio. Desde luego nuestras madres no nos habían proporcionado nada por el estilo, nuestras madres que se habían visto negras para reunir treinta mil libras, nuestras madres que habían dado trece hijos a ministros de la Iglesia de St. Andrews. Así es que volví a mi fonda y, andando por las calles oscuras, medité sobre esto y aquello como suele hacerse tras un día de trabajo. Medité sobre por qué motivo Mrs. Seton no había tenido dinero para dejarnos; y sobre el efecto de la pobreza en la mente; y pensé en los extraños ancianos que había visto por la mañana con trocitos de pieles sobre los hombros; y me acordé de que si se silbaba uno de ellos echaba a correr; y pensé en el órgano que bramaba en la capilla y en las puertas cerradas de la biblioteca; y pensé en lo desagradable que era que le dejaran a uno fuera; y pensé que quizás era peor que le encerraran a uno dentro; y tras pensar en la seguridad y la prosperidad de que disfrutaba un sexo y la pobreza y la inseguridad que achacaban al otro y en el efecto en la mente del escritor de la tradición y la falta de tradición, pensé finalmente que iba siendo hora de arrollar la piel arrugada del día, con sus razonamientos y sus impresiones, su cólera y su risa, y de echarla en el seto. Un millar de estrellas relampagueaban por los desiertos azules del cielo. Se sentía uno solo en medio de una sociedad inescrutable. Todos los humanos yacían dormidos: echados, horizontales, mudos. En las calles de Oxbridge nadie parecía moverse. Hasta la puerta del hotel se abrió por obra de una mano invisible; ni un mozo sentado allí esperando para encenderme las luces. Tan tarde era.

CAPÍTULO 2 - El escenario, si tenéis la amabilidad de seguirme, ahora había cambiado. Las hojas seguían cayendo, pero ahora en Londres, no en Oxbridge; y os pido que imaginéis una habitación como millares de otras, con una ventana que daba, por encima de los sombreros de la gente, los camiones y los coches, a otras ventanas, y encima de la mesa de la habitación una hoja de papel en blanco, que llevaba el encabezamiento LAS MUJERES Y LA NOVELA escrito en grandes letras, pero nada más. La continuación inevitable de aquel almuerzo y aquella cena en Oxbridge parecía ser, desafortunadamente, una visita al British Museum. Debía colar cuanto había de personal y accidental en todas aquellas impresiones y llegar al fluido puro, al óleo esencial de la verdad. Porque aquella visita a Oxbridge, y el almuerzo, y la cena habían levantado un torbellino de preguntas. ¿Por qué los hombres bebían vino y las mujeres agua? ¿Por qué era un sexo tan próspero y el otro tan pobre? ¿Qué efecto tiene la pobreza sobre la novela? ¿Qué condiciones son necesarias a la creación de obras de arte? Un millar de preguntas se insinuaban a la vez. Pero necesitaba respuestas, no preguntas; y las respuestas sólo podían encontrarse consultando a los que saben y no tienen prejuicios, a los que se han elevado por encima de las peleas verbales y la confusión del cuerpo y han publicado el resultado de sus razonamientos e investigaciones en libros que ahora se encuentran en el British Museum. Si no se puede encontrar la verdad en los estantes del British Museum, ¿dónde, me pregunté tomando un cuaderno de apuntes y un lápiz, está la verdad? Así provista, con esta confianza y esta ansia de saber, me fui en busca de la verdad. El día, aunque no llovía exactamente, era lóbrego y en las calles de las cercanías del British Museum las bocas de las carboneras estaban abiertas y por ellas iba cayendo una lluvia de sacos; coches de cuatro ruedas se arrimaban a la acera y depositaban unas cajas atadas con cordeles que contenían, supongo, toda la ropa de alguna familia suiza o italiana que buscaba fortuna o refugio, o algún otro provecho interesante que puede encontrarse en invierno en las casas de huéspedes de Bloomsbury. Como de costumbre, hombres con voz ronca recorrían las calles empujando carretones de plantas.

Algunos gritaban, otros cantaban. Londres era como un taller. Londres era como una máquina. A todos nos empujaban hacia adelante y hacia atrás sobre esta base lisa para formar un dibujo. El British Museum era un departamento más de la fábrica. Las puertas de golpe se abrían y cerraban y allí se quedaba uno en pie bajo el vasto domo, como si hubiera sido un pensamiento en aquella enorme frente calva que tan magníficamente ciñe una guirnalda de nombres famosos. Se dirigía uno al mostrador, tomaba una hoja de papel, abría un volumen del catálogo y..... Los cinco puntos suspensivos indican cinco minutos separados de estupefacción, sorpresa y asombro. ¿Tenéis alguna noción de cuántos libros se escriben al año sobre las mujeres? ¿Tenéis alguna noción de cuántos están escritos por hombres? ¿Os dais cuenta de que sois quizás el animal más discutido del universo? Yo había venido equipada con cuaderno y lápiz para pasarme la mañana leyendo, pensando que al final de la mañana habría transferido la verdad a mi cuaderno. Pero tendría yo que ser un rebaño de elefantes y una selva llena de arañas, pensé recurriendo desesperadamente a los animales que tienen fama de vivir más años y tener más ojos, para llegar a leer todo esto. Necesitaría garras de acero y pico de bronce para penetrar esta cáscara. ¿Cómo voy a llegar nunca hasta los granos de verdad enterrados en esta masa de papel?, me pregunté, y me puse a recorrer con desesperación la larga lista de títulos. Hasta los títulos de los libros me hacían reflexionar. Era lógico que la sexualidad y su naturaleza atrajera a médicos y biólogos; pero lo sorprendente y difícil de explicar es que la sexualidad —es decir, las mujeres— también atrae a agradables ensayistas, novelistas de pluma ligera, muchachos que han hecho una licencia, hombres que no han hecho ninguna licencia, hombres sin más calificación aparente que la de no ser mujeres. Algunos de estos libros eran, superficialmente, frívolos y chistosos; pero, muchos, en cambio, eran serios y proféticos, morales y exhortadores. Bastaba leer los títulos para imaginar a innumerables maestros de escuela, innumerables clérigos subidos a sus tarimas y púlpitos y hablando con una locuacidad que excedía de mucho la hora usualmente otorgada a discursos sobre este tema. Era un fenómeno extrañísimo y en apariencia —llegada a este punto consulté la letra H— limitado al sexo masculino. 

Las mujeres no escriben libros sobre los hombres, hecho que no pude evitar acoger con alivio, porque si hubiera tenido que leer primero todo lo que los hombres han escrito sobre las mujeres, luego todo lo que las mujeres hubieran escrito sobre los hombres, el áleo que florece una vez cada cien años hubiera florecido dos veces antes de que yo pudiera empezar a escribir. Así es que, haciendo una selección perfectamente arbitraria de una docena de libros, envié mis hojitas de papel a la cesta de alambre y aguardé en mi asiento, entre los demás buscadores del óleo esencial de la verdad. ¿Cuál podía ser pues el motivo de tan curiosa disparidad?, me pregunté, dibujando ruedas de carro en las hojitas de papel provistas por el pagador de impuestos inglés para otros fines. ¿Por qué atraen las mujeres mucho más el interés de los hombres que los hombres el de las mujeres? Parecía un hecho muy curioso y mi mente se entretuvo tratando de imaginar la vida de los hombres que se pasaban el tiempo escribiendo libros sobre las mujeres; ¿eran viejos o jóvenes?, ¿casados o solteros?, ¿tenían la nariz roja o una joroba en la espalda? De todos modos, halagaba, vagamente, saberse el objeto de semejante atención, mientras no estuviera enteramente dispensada por cojos e inválidos. Así fui reflexionando hasta que todos estos frívolos pensamientos se vieron interrumpidos por una avalancha de libros que cayó encima del mostrador enfrente de mí. Ahí empezaron mis dificultades. El estudiante que ha aprendido en Oxbridge a investigar sabe, no cabe duda, cómo conducir como buen pastor su pregunta, haciéndole evitar todas las distracciones, hasta que se mete en su respuesta como un cordero en su redil. El estudiante que tenía al lado, por ejemplo, que copiaba asiduamente fragmentos de un manual científico, extraía, estaba segura, pepitas de mineral puro cada diez minutos más o menos. Así lo indicaban sus pequeños gruñidos de satisfacción. Pero si, por desgracia, no se tiene una formación universitaria, la pregunta, lejos de ser conducida a su redil, brinca de un lado a otro, desordenadamente, como un rebaño asustado perseguido por toda una jauría. Catedráticos, maestros de escuela, sociólogos, sacerdotes, novelistas, ensayistas, periodistas, hombres sin más calificación que la de no ser mujeres persiguieron mi simple y única pregunta —¿por qué son pobres las mujeres?— hasta que se hubo convertido en cincuenta preguntas; hasta que las cincuenta preguntas se precipitaron alocadamente en la corriente y ésta se las llevó. Había garabateado notas en cada hoja de mi cuaderno. Para mostrar mi estado mental, voy a leeros unas cuantas; encabezaba cada página el sencillo título LAS MUJERES Y LA POBREZA escrito en mayúsculas, pero lo que seguía venía a ser algo así:

Condición en la Edad Media de, Hábitos de............de las Islas Fidji, Adoradas como diosas por, Sentido moral más débil de, Idealismo de, Mayor rectitud de, Habitantes de las islas del Sur, edad de la pubertad entre, Atractivo de, Ofrecidas en sacrificio a, Tamaño pequeño del cerebro de, Subconsciente más profundo de, Menos pelo en el cuerpo de, Inferioridad mental, moral y física de, Amor a los niños de, Vida más larga de, Músculos más débiles de, Fuerza afectiva de, Vanidad de, Formación superior de, Opinión de Shakespeare sobre, Opinión de Lord Birkenhead sobre, Opinión del Deán Inge sobre, Opinión de La Bruyère sobre, Opinión del Dr. Johnson sobre, Opinión de Mr. Oscar Browning sobre,

Aquí tomé aliento y añadí en el margen: ¿Por qué dice Samuel Butler: «Los hombres sensatos nunca dicen lo que piensan de las mujeres»? Los hombres sensatos nunca hablan de otra cosa, por lo visto. Pero, proseguí, reclinándome en mi asiento y mirando el vasto domo donde yo era un pensamiento único, pero acosado ahora por todos lados, lo triste es que todos los hombres sensatos no opinan lo mismo de las mujeres. Dice Pope: La mayoría de las mujeres carecen de carácter. Y dice La Bruyère: Les femmes sont extrêmes; elles sont meilleures ou pires que les hommes. Una contradicción directa entre dos observadores atentos que eran contemporáneos. ¿Se las puede educar o no? Napoleón pensaba que no. El doctor Johnson pensaba lo contrario.8

8 «"Los hombres saben que no pueden competir con las mujeres y por tanto escogen a las más débiles o las más ignorantes. Si no pensaran así no temerían que las mujeres llegasen a saber tanto como ellos..." En justicia al sexo débil, la honradez más elemental me hace manifestar que, en una conversación posterior, me dijo que había hablado en serio.» Boswell, The Journal of a Tour to the Hebrides.

¿Tienen alma o no la tienen? Algunos salvajes dicen que no tienen ninguna. Otros, al contrario, mantienen que las mujeres son medio divinas y las adoran por este motivo.9

9 «Los antiguos germanos creían que había algo sagrado en las mujeres y por este motivo las consultaban como oráculos.» Fraser, Golden Bough.

Algunos sabios sostienen que su inteligencia es más superficial; otros que su conciencia es más profunda. Goethe las honró; Mussolini las desprecia. Mirara uno donde mirara, los hombres pensaban sobre las mujeres y sus pensamientos diferían. Era imposible sacar nada en claro de todo aquello, decidí, echando una mirada de envidia al lector vecino, que hacía limpios resúmenes, a menudo encabezados por una A, una B o una C, en tanto que por mi cuaderno se amotinaban locos garabateos de observaciones contradictorias. Era penoso, era asombroso, era humillante. Se me había escurrido la verdad por entre los dedos. Se había escapado hasta la última gota. De ningún modo me podía ir a casa y pretender hacer una contribución seria al estudio de las mujeres y la novela escribiendo que las mujeres tienen menos pelo en el cuerpo que los hombres o que la edad de la pubertad entre las habitantes de las islas del Sur es los nueve años. ¿O era los noventa? Hasta mi letra, en su confusión, se había vuelto indescifrable. Era una vergüenza no tener nada más sólido o respetable que decir tras una mañana de trabajo. Y si no podía encontrar la verdad sobre M (así es como, para abreviar, había dado en llamarla) en el pasado, ¿por qué molestarme en indagar sobre M en el futuro? Parecía una pérdida total de tiempo consultar a todos aquellos caballeros especializados en el estudio de la mujer y de su efecto sobre lo que sea —la política, los niños, los sueldos, la moralidad— por numerosos y entendidos que fueran. Mejor dejar sus libros cerrados. Pero mientras meditaba, había ido haciendo, en mi apatía, mi desesperación, un dibujo en la parte de hoja donde, como mi vecino, hubiera debido estar escribiendo una conclusión. Había dibujado una cara, una silueta. Eran la cara y la silueta del Profesor Von X entretenido en escribir su obra monumental titulada La inferioridad mental, moral y física del sexo femenino. No era, en mi dibujo, un hombre que hubiera atraído a las mujeres. Era corpulento; tenía una gran mandíbula y, para contrarrestar, ojos muy pequeños; tenía la cara muy roja. Su expresión sugería que trabajaba bajo el efecto de una emoción que le hacía clavar la pluma en el papel, como si hubiera estado aplastando un insecto nocivo mientras escribía; pero cuando lo hubo matado todavía no se dio por satisfecho; tuvo que seguir matándolo; y aun así parecía quedarle algún motivo de cólera e irritación. ¿Se trataba quizá de su mujer?, me pregunté mirando el dibujo. ¿Estaría enamorada de un oficial de caballería? ¿Era el oficial de caballería delgado y elegante e iba vestido de astracán? ¿Acaso se había burlado del profesor cuando se hallaba en la cuna, pensé adoptando la teoría freudiana, alguna chica bonita? 

Porque ni en la cuna podía haber sido el profesor un niño atractivo. Fuese cual fuese el motivo, el profesor aparecía en mi dibujo muy encolerizado y muy feo, ocupado en escribir su gran obra sobre la inferioridad mental, moral y física de las mujeres. Hacer dibujitos era un modo ocioso de terminar una mañana de trabajo infructuosa. Sin embargo, es a veces en nuestro ocio, nuestros sueños, cuando la verdad sumergida sube a la superficie. Un esfuerzo psicológico muy elemental, al que no puedo dar el digno nombre de psicoanálisis, me mostró, mirando mi cuaderno, que el dibujo del profesor era obra de la cólera. La cólera me había arrebatado el lápiz mientras soñaba. Pero ¿qué hacía allí la cólera? Interés, confusión, diversión, aburrimiento, todas estas emociones se habían ido sucediendo durante el transcurso de la mañana, las podía recordar y nombrar. ¿Acaso la cólera, la serpiente negra, se había estado escondiendo entre ellas? Sí, decía el dibujo, así había sido. Me indicaba sin lugar a dudas el libro exacto, la frase exacta que había hostigado al demonio: era la afirmación del profesor sobre la inferioridad mental, moral y física de las mujeres. Mi corazón había dado un brinco. Mis mejillas habían ardido. Me había ruborizado de cólera. No había nada de particularmente sorprendente en esta reacción, por tonta que fuera. A una no le gusta que le digan que es inferior por naturaleza a un hombrecito —miré al estudiante que estaba a mi lado— que respira ruidosamente, usa corbata de nudo fijo y lleva quince días sin afeitarse. Una tiene sus locas vanidades. Es la naturaleza humana, medité, y me puse a dibujar ruedas de carro y círculos sobre la cara del encolerizado profesor, hasta que pareció un arbusto ardiendo o un cometa llameante, en todo caso una imagen sin apariencia o significado humano. 

Ahora el profesor no era más que un haz de leña que ardía en la cima de Hampstead Heath. Pronto estuvo explicada y eliminada mi propia cólera; pero quedó la curiosidad. ¿Cómo explicar la cólera de los profesores? ¿Por qué estaban furiosos? Porque cuando me puse a analizar la impresión que me habían dejado aquellos libros, me pareció presente en todos un elemento de acaloramiento. Este acaloramiento tomaba formas muy diversas; se expresaba en sátira, en sentimiento, en curiosidad, en reprobación. Pero a menudo había presente otro elemento, que no pude identificar inmediatamente. Cólera, lo llamé. Pero era una cólera que se había hecho subterránea y se había mezclado con toda clase de otras emociones. A juzgar por sus extraños efectos, era una cólera disfrazada y compleja, no una cólera simple y declarada. Por algún motivo, todos aquellos libros, pensé pasando revista en la pila que había en el mostrador, no me servían. Carecían de valor científico, quiero decir, aunque desde el punto de vista humano rebosaban cultura, interés, aburrimiento y relataban hechos la mar de curiosos sobre los hábitos de las habitantes de las Islas Fidji. Habían sido escritos a la luz roja de la emoción, no bajo la luz blanca de la verdad. Por tanto debía devolverlos al mostrador central y cada uno debía ser restituido a la celdilla que le correspondía en el enorme panal. Cuanto había rescatado de aquella mañana de trabajo era aquel hecho de la cólera. 

Los profesores —hacía con todos ellos un solo paquete— estaban furiosos. Pero ¿por qué?, me pregunté después de devolver los libros. ¿Por qué?, repetí en pie bajo la columnata, entre las palomas y las canoas prehistóricas. ¿Por qué están furiosos? Y haciéndome esta pregunta me fui despacio en busca de un sitio donde almorzar. ¿Cuál es la verdadera naturaleza de lo que llamo de momento su cólera? Tenía allí un rompecabezas que tardaría en resolver el rato que tardan en servirle a uno en un pequeño restaurante de las cercanías del British Museum. El cliente anterior había dejado en una silla la edición del mediodía del periódico de la noche y, mientras esperaba que me sirvieran, me puse a leer distraídamente los titulares. Un renglón de letras muy grandes iba de una punta a otra de página. Alguien había alcanzado una puntuación muy alta en Sudáfrica. Titulares menores anunciaban que Sir Austen Chamberlain se hallaba en Ginebra. Se había encontrado en una bodega un hacha de cortar carne con cabello humano pegado. El juez X... había comentado en el Tribunal de Divorcios la desvergüenza de las Mujeres. Desparramadas por el periódico había otras noticias. Habían descendido a una actriz de cine desde lo alto de un pico de California y la habían suspendido en el aire. Iba a haber niebla. Ni el más fugaz visitante de este planeta que cogiera el periódico, pensé, podría dejar de ver, aun con este testimonio desperdigado, que Inglaterra se hallaba bajo un patriarcado. Nadie en sus cinco sentidos podría dejar de detectar la dominación del profesor. Suyos eran el poder, el dinero y la influencia. Era el propietario del periódico, y su director, y su subdirector. Era el ministro de Asuntos Exteriores y el juez. Era el jugador de criquet; era el propietario de los caballos de carreras y de los yates. Era el director de la compañía que paga el doscientos por ciento a sus accionistas. Dejaba millones a sociedades caritativas y colegios que él mismo dirigía. Era él quien suspendía en el aire a la actriz de cine. Él decidiría si el cabello pegado al hacha era humano; él absolvería o condenaría al asesino, él le colgaría o le dejaría en libertad. Exceptuando la niebla, parecía controlarlo todo. Y, sin embargo, estaba furioso. Me había indicado que estaba furioso el signo siguiente: al leer lo que escribía sobre las mujeres, yo no había pensado en lo que decía, sino en él personalmente. Cuando un razonador razona desapasionadamente, piensa sólo en su razonamiento y el lector no puede por menos de pensar también en el razonamiento. Si el profesor hubiera escrito sobre las mujeres de modo desapasionado, si se hubiera valido de pruebas irrefutables para establecer su razonamiento y no hubiera dado la menor señal de desear que el resultado fuera éste de preferencia a aquél, tampoco el lector se hubiera sentido furioso. Hubiera aceptado el hecho, como uno acepta el hecho de que los guisantes son verdes o los canarios amarillos. Así sea, hubiera dicho yo. Pero me había sentido furiosa porque él estaba furioso. Y, sin embargo, parecía absurdo, pensé hojeando el periódico de la noche, que un hombre con semejante poder estuviese furioso. ¿O acaso la cólera, me pregunté, es el duendecillo familiar, el ayudante del poder? Los ricos, por ejemplo, a menudo están furiosos porque sospechan que los pobres quieren apoderarse de sus riquezas. Los profesores o patriarcas, para darles un nombre más exacto, quizás estén en parte furiosos por este motivo; pero en parte lo están por otro, que se advierte en la superficie pero de modo menos evidente. Posiblemente, no estaban «furiosos» en absoluto; sin duda, más de uno era en sus relaciones privadas un hombre capaz de admiración, leal, ejemplar. Posiblemente, cuando el profesor insistía con demasiado énfasis sobre la inferioridad de las mujeres, no era la inferioridad de éstas lo que le preocupaba, sino su propia superioridad. Era esto lo que protegía un tanto acaloradamente y con demasiada insistencia, porque para él era una joya del precio más incalculable. Para ambos sexos —y los miré pasar por la acera dándose codazos— la vida es ardua, difícil, una lucha perpetua. Requiere un coraje y una fuerza de gigante. Más que nada, viviendo como vivimos de la ilusión, quizá lo más importante para nosotros sea la confianza en nosotros mismos. Sin esta confianza somos como bebés en la cuna. Y ¿cómo engendrar lo más de prisa posible esta cualidad imponderable y no obstante tan valiosa? Pensando que los demás son inferiores a nosotros. Creyendo que tenemos sobre la demás gente una superioridad innata, ya sea la riqueza, el rango, una nariz recta o un retrato de un abuelo pintado por Rommey, porque no tienen fin los patéticos recursos de la imaginación humana. De ahí la enorme importancia que tiene para un patriarca, que debe conquistar, que debe gobernar, el creer que un gran número de personas, la mitad de la especie humana, son por naturaleza inferiores a él. Debe de ser, en realidad, una de las fuentes más importantes de su poder. Pero apliquemos la luz de esta observación a la vida real, pensé. ¿Ayuda acaso a resolver algunos de estos rompecabezas psicológicos que uno anota en el margen de la vida cotidiana? ¿Explica el asombro que sentí el otro día cuando Z, el más humano, más modesto de los hombres, al coger un libro de Rebecca West y leer un pasaje, exclamó: «¡Esta feminista acabada...! ¡Dice que los hombres son esnobs!»? Esta exclamación que me había sorprendido tanto — ¿por qué era Miss West una feminista acabada por el simple hecho de hacer una observación posiblemente correcta, aunque poco halagadora, sobre el otro sexo?— no era el mero grito de la vanidad herida; era una protesta contra una violación del derecho de Z de creer en sí mismo. Durante todos estos siglos, las mujeres han sido espejos dotados del mágico y delicioso poder de reflejar una silueta del hombre de tamaño doble del natural. Sin este poder, la tierra sin duda seguiría siendo pantano y selva. Las glorias de todas nuestras guerras serían desconocidas. Todavía estaríamos grabando la silueta de ciervos en los restos de huesos de cordero y trocando pedernales por pieles de cordero o cualquier adorno sencillo que sedujera nuestro gusto poco sofisticado. Los Superhombres y Dedos del Destino nunca habrían existido. El Zar y el Káiser nunca hubieran llevado coronas o las hubieran perdido. Sea cual fuere su uso en las sociedades civilizadas, los espejos son imprescindibles para toda acción violenta o heroica. Por eso, tanto Napoleón como Mussolini insisten tan marcadamente en la inferioridad de las mujeres, ya que si ellas no fueran inferiores, ellos cesarían de agrandarse. Así queda en parte explicado que a menudo las mujeres sean imprescindibles a los hombres. Y también así se entiende mejor por qué a los hombres les intranquilizan tanto las críticas de las mujeres; por qué las mujeres no les pueden decir este libro es malo, este cuadro es flojo o lo que sea sin causar mucho más dolor y provocar mucha más cólera de los que causaría y provocaría un hombre que hiciera la misma crítica. Porque si ellas se ponen a decir la verdad, la imagen del espejo se encoge; la robustez del hombre ante la vida disminuye. ¿Cómo va a emitir juicios, civilizar indígenas, hacer leyes, escribir libros, vestirse de etiqueta y hacer discursos en los banquetes si a la hora del desayuno y de la cena no puede verse a sí mismo por lo menos de tamaño doble de lo que es? Así meditaba yo, desmigajando mi pan y revolviendo el café, y mirando de vez en cuando a la gente que pasaba por la calle. La imagen del espejo tiene una importancia suprema, porque carga la vitalidad, estimula el sistema nervioso. Suprimidla y puede que el hombre muera, como el adicto a las drogas privado de cocaína. La mitad de las personas que pasan por la acera, pensé mirando por la ventana, se van a trabajar bajo el sortilegio de esta ilusión. Se ponen el sombrero y el abrigo por la mañana bajo sus agradables rayos. Empiezan el día llenas de confianza, fortalecidas, creyendo su presencia deseada en la merienda de Miss Smith; se dicen a sí mismas al entrar en la habitación: «Soy superior a la mitad de la gente que está aquí.» Y así se explica sin duda que hablen con esta confianza, esta seguridad en sí mismas que han tenido consecuencias tan profundas en la vida pública y dado origen a tan curiosas notas en el margen de la mente privada. Pero estas contribuciones al tema peligroso y fascinante de la psicología del otro sexo —tema que estudiaréis, espero, cuando contéis con quinientas libras al año— se vieron interrumpidas por la necesidad de pagar la cuenta. Subía a cinco chelines y nueve peniques. Le di al camarero un billete de diez chelines y se marchó a buscar cambio. Había otro billete de diez chelines en mi monedero; lo observé, porque este poder que tiene mi monedero de producir automáticamente billetes de diez chelines es algo que todavía me quita la respiración. Lo abro y allí están. La sociedad me da pollo y café, cama y alojamiento, a cambio de cierto número de trozos de papel que me dejó mi tía por el mero motivo de que llevaba su nombre. Mi tía, Mary Beton —dejadme que os lo cuente—, murió de una caída de caballo un día que salió a tomar el aire en Bombay. La noticia de mi herencia me llegó una noche, más o menos al mismo tiempo que se aprobaba una ley que les concedía el voto a las mujeres. Una carta de un notario cayó en mi buzón y al abrirla me encontré con que mi tía me había dejado quinientas libras al año hasta el resto de mis días. De las dos cosas —el voto y el dinero—, el dinero, lo confieso, me pareció de mucho la más importante. Hasta entonces me había ganado la vida mendigando trabajillos en los periódicos, informando sobre una exposición de asnos o una boda; había ganado algunas libras escribiendo sobres, leyendo a ratos para viejas señoras, haciendo flores artificiales, enseñando el alfabeto a niños pequeños en un kindergarten. Éstas eran las principales ocupaciones permitidas a las mujeres antes de 1918. No necesito, creo, describir en detalle la dureza de esta clase de trabajo, pues quizá conozcáis a mujeres que lo han hecho, ni la dificultad de vivir del dinero así ganado, pues quizá lo hayáis intentado. 

Pero lo que sigo recordando como un yugo peor que estas dos cosas es el veneno del miedo y de la amargura que estos días me trajeron. Para empezar, estar siempre haciendo un trabajo que no se desea hacer y hacerlo como un esclavo, halagando y adulando, aunque quizá no siempre fuera necesario; pero parecía necesario y la apuesta era demasiado grande para correr riesgos; y luego el pensamiento de este don que era un martirio tener que esconder, un don pequeño, quizá, pero caro al poseedor, y que se iba marchitando, y con él mi ser, mi alma. Todo esto se convirtió en una carcoma que iba royendo las flores de la primavera, destruyendo el corazón del árbol. Pero, como decía, mi tía murió; y cada vez que cambio un billete de diez chelines, desaparece un poco de esta carcoma y de esta corrosión; se van el temor y la amargura. Realmente, pensé, guardando las monedas en mi bolso, es notable el cambio de humor que unos ingresos fijos traen consigo, Ninguna fuerza en el mundo puede quitarme mis quinientas libras. Tengo asegurados para siempre la comida, el cobijo y el vestir. Por tanto, no sólo cesan el esforzarse y el luchar, sino también el odio y la amargura. No necesito odiar a ningún hombre; no puede herirme. No necesito halagar a ningún hombre; no tiene nada que darme. De modo que, imperceptiblemente, fui adoptando una nueva actitud hacia la otra mitad de la especie humana. Era absurdo culpar a ninguna clase o sexo en conjunto. Las grandes masas de gente nunca son responsables de lo que hacen. Las mueven instintos que no están bajo su control. También ellos, los patriarcas, los profesores, tenían que combatir un sinfín de dificultades, tropezaban con terribles escollos. Su educación había sido, bajo algunos aspectos, tan deficiente como la mía propia. Había engendrado en ellos defectos igual de grandes. Tenían, es cierto, dinero y poder, pero sólo a cambio de albergar en su seno un águila, un buitre que eternamente les mordía el hígado y les picoteaba los pulmones: el instinto de posesión, el frenesí de adquisición, que les empujaba a desear perpetuamente los campos y los bienes ajenos, a hacer fronteras y banderas, barcos de guerra y gases venenosos; a ofrecer su propia vida y la de sus hijos. Pasad por debajo del Admiralty Arch (había llegado a este monumento) o recorred cualquier avenida dedicada a los trofeos y al cañón y reflexionad sobre la clase de gloria que allí se celebra. O ved en una soleada mañana de primavera al corredor de Bolsa y al gran abogado encerrándose en algún edificio para hacer más dinero, cuando es sabido que quinientas libras le mantendrán a uno vivo al sol. Estos instintos son desagradables de abrigar, pensé. Nacen de las condiciones de vida, de la falta de civilización, me dije mirando la estatua del duque de Cambridge y en particular las plumas de su sombrero de tres picos con una fijeza de la que raramente habrían sido objeto antes. Y al ir dándome cuenta de estos escollos, el temor y la amargura se fueron transformando poco a poco en piedad y tolerancia; y luego, al cabo de un año o dos, desaparecieron la piedad y la tolerancia y llegó la mayor liberación de todas, la libertad de pensar directamente en las cosas. Aquel edificio, por ejemplo, ¿me gusta o no? ¿Es bello aquel cuadro o no? En mi opinión, ¿este libro es bueno o malo? Realmente, la herencia de mi tía me hizo ver el cielo al descubierto y sustituyó la grande e imponente imagen de un caballero, que Milton me recomendaba que adorara eternamente, por una visión del cielo abierto. Sumida en estos pensamientos, estas especulaciones, regresé hacia mi casa a la orilla del río. Se estaban encendiendo las lámparas y se había operado en Londres desde la mañana un cambio indescriptible. Parecía como si la gran máquina, después de trabajar todo el día, hubiera hecho con nuestra ayuda unas cuantas yardas de algo muy emocionante y hermoso, una tela de fuego en que fulguraban ojos rojos, un monstruo leonado que gruñía despidiendo aire caliente. Hasta el viento parecía latir como una bandera, azotando las casas y sacudiendo las empalizadas.

En mi pequeña calle, sin embargo, prevalecía la domesticidad. El pintor de paredes bajaba de su escalera; la niñera empujaba el cochecillo sorteando con cuidado a la gente, de regreso hacia casa para dar la cena a los niños; el repartidor de carbón doblaba sus sacos vacíos uno encima de otro; la mujer del colmado sumaba las entradas del día con sus manos cubiertas de mitones rojos. Pero tan absorta me hallaba yo en el problema que habíais colocado sobre mis hombros que no pude ver estas escenas corrientes sin relacionarlas con un tema único. Pensé que ahora es mucho más difícil de lo que debió de ser hace un siglo decir cuál de estos empleos es el más alto, el más necesario. ¿Es mejor ser repartidor de carbón o niñera? ¿Es menos útil al mundo la mujer de limpiezas que ha criado ocho niños que el abogado que ha hecho cien mil libras? De nada sirve hacer estas preguntas, que nadie puede contestar. No sólo sube y baja de una década a otra el valor relativo de las mujeres de limpiezas y de los abogados, sino que ni siquiera tenemos módulos para medir su valor del momento. Había sido una tontería de mi parte pedirle al profesor que me diera «pruebas irrefutables» de este o aquel razonamiento sobre las mujeres. Aunque se pudiera valorar un talento en un momento dado, estos valores están destinados a cambiar; dentro de un siglo es muy posible que hayan cambiado totalmente. Además, dentro de cien años, pensé llegando a la puerta de mi casa, las mujeres habrán dejado de ser el sexo protegido. Lógicamente, tomarán parte en todas las actividades y esfuerzos que antes les eran prohibidos. La niñera repartirá carbón. La tendera conducirá una locomotora. Todas las suposiciones fundadas en hechos observados cuando las mujeres eran el sexo protegido habrán desaparecido, como, por ejemplo (en este momento pasó por la calle un pelotón de soldados), la de que las mujeres, los curas y los jardineros viven más años que la demás gente. Suprimid esta protección, someted a las mujeres a las mismas actividades y esfuerzos que los hombres, haced de ellas soldados, marinos, maquinistas y repartidores y ¿acaso las mujeres no morirán mucho más jóvenes, mucho antes que los hombres y uno dirá: «Hoy he visto a una mujer», como antes solía decir: «Hoy he visto un aeroplano»? No se sabe lo que ocurrirá cuando el ser mujer ya no sea una ocupación protegida, pensé abriendo la puerta. Pero ¿qué tiene todo esto que ver con el tema de mi conferencia, las mujeres y la novela?, me pregunté entrando en casa.-

(Continúa en la “fuente” que cito de inmediato >>>)

[fuente http://biblio3.url.edu.gt/Libros/wilde/habitacion.pdf

posteado por kalais 26/1/2023 - ch



 

Mittwoch, 25. Januar 2023

Auguste Villiers de L'Isle-Adam : poeta, cuentista, dramaturgo simbolista.


 el secreto de la guillotina...


Así  presentó a Villiers el gran poeta Rubén Darío en el libro “Los Raros” de 1896:

… …Villiers de l’Isle Adam es un sér raro entre los raros. Todos los que le conocieron conservan de él la impresión de un personaje extraordinario. A los ojos del hermético y fastuoso Mallarmé es un tipo de ilusión, un solitario,—como las más bellas piedras y las más santas almas:—además, en todo y por todo, un rey; un rey absurdo si queréis, poético, fantástico; pero un rey. Luego un genio. «El joven más magníficamente dotado de su generación», escribe Henry Laujol. Mendés exclama a propósito de Villiers, en 1884: «¡Desgraciados los semidioses! Están demasiado lejos de nosotros para que les amemos como hermanos y demasiado cerca para que les adoremos como a maestros.» El tipo del semi-genio, descripto por el poeta de «Panteleia», es verdadero. Más de una vez habréis pensado en ciertos espíritus que hubieran podido ser, como una chispa más del fuego celeste con que Dios forma los genios, genios completos, genios totales; pero que, águilas de cortas alas, ni pueden llegar a la suprema altura, como los condores, ni revolar en el bosque, como los ruiseñores. Van más allá del talento los semi-genios; pero no tienen voz para decir, como en la página de Hugo, a las puertas de lo infinito: «Abrid; yo soy el Dante.» Por lo tanto flotan aislados sin poder subir a las fortalezas titánicas de Shakespeare, ni acogerse a los kioscos floridos de Gautier. Y son desgraciados. Hoy, ya publicada toda la obra de Villiers de l’Isle Adam, no hay casi vacilación alguna en poder saludarle entre los espíritus augustos y superiores. Si genio es el que crea, y el que ahonda más en lo divino y misterioso, Villiers fué genio. Nació para triunfar y murió sin ver su triunfo; descendiente de nobilísima familia, vivió pobre, casi miserable; aristócrata por sangre, arte y gustos, tuvo que frecuentar medios impropios de su delicadeza y realeza. Bien hizo Verlaine en incluirle entre sus poetas Malditos. Aquel orgulloso, del más justo orgullo; aquel artista que escribía: ¿«Qué nos importa la justicia? Quien al nacer no trae en su pecho su propia gloria no conocerá nunca la significación real de esa palabra»,—hizo su peregrinación por la tierra acompañado del sufrimiento, y fué un maldito. Según Verlaine, y sobre todo, según su biógrafo y primo R. du Pontavice de Heussey, comenzó por escribir versos. Despertó a la poesía en la campaña bretona, donde, como Poe, tuvo un amor desgraciado, una ilusión dulce y pura que se llevó la muerte. Es de notarse que casi todos los grandes poetas han sufrido el mismo dolor: de aquí esa bella constelación de divinas difuntas que brillan milagrosamente en el cielo del arte, y que se llaman Beatrice, Lady Rowena de Tremain; y la dama sublime que hizo vibrar con melodiosa tristeza el laud de Dante Gabriel Rossetti. Villiers a los diecisiete años, cantaba ya: ¡Oh! vous souvenez vous, forêt délicieuse, de la jolie enfant qui passait gracieuse, souriant simplement au ciel, à l’avenir, se perdant avec moi dans ces vertes allées? ¡Eh bien! parmi les lis de vos sombres vallées vous ne la verrez plus venir. Villiers no volvió a amar con el fuego de sus primeros años; esa casi infantil pasión, fué la más grande de su vida. Advierte Gautier, al hablar en sus «Grotesques», de Chapelain, cómo la familia de éste, contrariando el natural horror que los padres tienen por la carrera literaria, se propuso dedicarle a la poesía. El resultado fué dotar a las letras francesas de un excelente mal poeta. 

No fué así por cierto el caso de Villiers. Sus padres le alentaron en sus luchas de artista; desde los primeros años; por ley atávica existía en toda esa familia el sentimiento de las grandezas y la confianza en todas las victorias. Jamás dejaron de tener esperanza los buenos viejos,—principalmente ese soberbio marqués, buscador de tesoros,— en que la cabeza de su Matías estaba destinada para la corona, ya fuese la de los reyes, o la verde y fresca de laurel. Si apenas logró entrever ésta en los últimos días de su existencia,—a punto de que Verlaine le llamase «tres glorieux»—la de crucificado del arte llevó siempre clavada, el infeliz soñador. Cuando Villiers llegó a París era el tiempo en que surgía el alba del Parnaso. Entre todos aquellos brillantes luchadores su llegada causó asombro. Coppée, Dierx, Heredia, Verlaine, le saludaron como a un triunfante capitán. Mallarmé dice: «¡Un genio!» Así lo comprendimos nosotros. El genio se reveló desde las primeras poesías, publicadas en un volumen dedicado al conde Alfred de Vigny. Luego, en la «Revue Fantaisiste» que dirigía Catulle Mendés, dió vida al personaje más sorprendente que haya animado la literatura de este siglo: el Dr. Tribulat Bonhomet. Solamente un soplo de Shakespeare hubiera podido hacer vivir, respirar, obrar de ese modo, al tipo estupendo que encarna nuestro incomparable tiempo. El Dr. Tribulat Bonhomet, es una especie de Don Quijote trágico y maligno, perseguidor de la Dulcinea del utilitarismo y cuya figura está pintada de tal manera, que hace temblar. La influencia misteriosa y honda de Poe ha prevalecido, es innegable, en la creación del personaje. Oigamos a Huyssmans: habla de Des Esseintes: «Entonces se dirigía a Villiers de l’Isle Adam, en cuya obra esparcida notaba observaciones aún sediciosas, vibraciones aún espamóticas; pero que ya no dardeaban—a excepción de su Claire Lenoir, al menos—un horror tan espantable...» La historia de «discréte et scientifique personne, dame veuve Claire Lenoir», que es la misma en que aparece el Dr. Bonhomet, tiene páginas en que se cree ver un punto más allá de lo desconocido. Shakespeare y Poe han producido semejantes relámpagos, que medio iluminan, siquiera sea por un instante, las tinieblas de la muerte, el obscuro reino de lo sobrenatural. Este impulso hacia lo arcano de la vida persiste en obras posteriores, como los «Cuentos crueles», los «Nuevos cuentos crueles», «Isis» y una de las novelas más originales y fuertes que se hayan escrito: «La Eva futura.» 

Espiritualista convencido, el autor, apoyado en Hegel y en Kant, volaba por el orbe de las posibilidades, teniendo a su servicio la razón práctica, mientras tomaba fuerza para ascender y asir de su túnica impalpable a Psiquis. Tullia Fabriana, primera parte de «Isis», acusa en Villiers, a los ojos de la crítica exigente, exageración romántica. A esto no habría que decir sino que Tullia Fabriana fué el «Han de Islandia» de Villiers de l’Isle Adam. Su vida es otra novela, otro cuento, otro poema. De ella veamos, por ejemplo, la leyenda del rey de Grecia, apoyados en las narraciones de Laujol, Verlaine y B. Pontavice de Heussey. Dice el último: «En el año de gracia de 1863, en la época en que el gobierno imperial irradiaba con su más fulgurante brillo, faltaba un rey al pueblo de los helenos. Las grandes potencias que protegían a la heroica y pequeña nación a que Byron sacrificó su vida, Francia, Rusia, Inglaterra, se pusieron a buscar un joven tirano constitucional para darlo a su protegida. Napoleón III tenía en esta época voz preponderante en los congresos, y se preguntaban con ansiedad si él presentaría un candidato y si éste sería francés. En fin, los diarios aparecían llenos de decires y comentarios sobre ese asunto palpitante: la cuestión griega estaba a la orden del día. Los noticieros podían sin temor dar rienda suelta a la imaginación, pues mientras que las otras naciones parecían haber definitivamente escogido al hijo del rey de Dinamarca—el emperador, tan justamente llamado «el príncipe taciturno» por su amigo de días sombríos, Carlos Dickens, el emperador, digo, continuaba callado y haciendo guardar su decisión. Así estaban las cosas, cuando una mañana de principios de Marzo, el gran marqués (habla del padre de Villiers) entra como huracán en el triste salón de la calle Saint-Honoré, blandiendo un diario sobre su cabeza y en un indescriptible estado de exaltación que pronto compartió toda la familia. He aquí en efecto la extraña noticia que publicaban esa mañana muchas hojas parisienses: «Sabemos de fuente autorizada que una nueva candidatura al trono de Grecia acaba de brotar. El candidato esta vez es un gran señor francés, muy conocido de todo París: el conde Matías Augusto de Villiers de l’Isle Adam, último descendiente de la augusta línea que ha producido al heroico defensor de Rodas y al primer gran maestre de Malta. En la última recepción íntima del emperador, habiéndole a éste preguntado uno de sus familiares sobre el éxito que pudiera tener esta candidatura, su majestad ha sonreído de una manera enigmática. Todos nuestros votos al nuevo aspirante a rey.» «Los que me han seguido hasta aquí se figurarán seguramente el efecto que debió producir en imaginaciones como las de la familia de Villiers semejante lectura, etc., etc.» Hasta aquí Pontevice. Sea, pase que haya habido en la noticia antes copiada, engaño o broma de algún mistificador; pero es el caso que en las Tullerías se le concedió una audiencia al flamante pretendiente, para tratar del asunto en cuestión. He allí que bien trajeado—¡no, ah, con el manto, ni la ropilla, o la armadura de sus abuelos!—fué recibido el conde en el palacio real, por el duque de Bassano. Villiers vivía en el mundo de sus ensueños, y cualquier monarca moderno hubiera sido un buen burgués delante de él, a excepción de Luis de Baviera, el loco. Matías I, el poeta, desconcertó con sus rarezas al chambelán imperial; creyó ser víctima de ocultos enemigos, pensó una tragedia shakespeariana en pocos minutos; no quiso hablar sino con el emperador. «Il vous faudra done prendre la peine de venir une autre fois, monsieur le comte, dis le duc en se levant; sa majesté était occupée et m’avait chargé de vous recevoir» Así concluyó la pretensión al trono de Grecia, y los griegos perdieron la oportunidad de ver resucitar los tiempos de Píndaro, bajo el poder de un rey lírico que hubiera tenido un verdadero cetro, una verdadera corona, un verdadero manto; y que desterrando las abominaciones occidentales—paraguas, sombrero de pelo, periódicos, constituciones, etc.,— la Civilización y el Progreso, con mayúsculas, haría florecer los viejos bosques fabulosos, y celebrar el triunfo de Homero, en templos de mármol, bajo los vuelos de las palomas y de las abejas, y al mágico son de las ilustres cigarras. Hay otras páginas admirables en la vida de este magnífico desgraciado. Los comienzos de su vida literaria los han descripto afectuosamente y elogiosamente, Coppée, Mendés, Verlaine, Mallarmé, Laujol; los últimos momentos de su vida, nadie los ha pintado como el admirable Huyssmans. El asunto del progreso con motivo de «Perrinet Lecrerc», drama histórico de Lockroy y Anicet Bourgeois, dió cierto relieve al nombre de Villiers; pues únicamente una alma como la suya hubiera intentado, con todo el fuego de su entusiasmo, salir a la defensa de un tan antiguo antepasado como el mariscal Jean de l’Isle Adam, difamado en la pieza dramática antes nombrada. Después el duelo con el otro Villiers militar, que desdeñándole antes, al llegar el momento del combate, le abraza y reconoce su nobleza. Algunas anécdotas y algunas palabras de Coppée: Se refiere a la llegada de Villiers al cenáculo parnasiano: «Súbitamente en la asamblea de poetas un grito jovial fué lanzado por todos: ¡Villiers! ¡Es Villiers! Y de repente un joven de ojos azul pálido, piernas vacilantes, mordiendo un cigarro, moviendo con gesto capital su cabellera desordenada y retorciendo su corto bigote rubio, entra con aire turbado, distribuye apretones de mano distraídos, ve el piano abierto, se sienta, y, crispados sus dedos sobre el teclado, canta con voz que tiembla, pero cuyo acento mágico y profundo jamás olvidará ninguno de nosotros, una melodía que acaba de improvisar en la calle, una vaga y misteriosa melopea que acompañaba duplicando la impresión turbadora, el bello soneto de Beaudelaire: Nous aurons des lits pleins d’odeurs légers. Des divans profonds comme des tombeaux, etc. Después, cuando todo el mundo está encantado, el cantor, mascullando las últimas notas de su melodía, se interrumpe bruscamente, se levanta, se aleja del piano, va como a ocultarse a un rincón del cuarto, y enrollando otro cigarrillo, lanza a su auditorio estupefacto un vistazo desconfiado y circular, una mirada de Hamlet a los pies de Ofelia, en la representación del asesinato de Gonzaga. Tal se nos apareció, hace diez y ocho años en las amistosas reuniones de la rue de Douai, en casa de Catulle Mendés, el conde Auguste Villiers de l’Isle Adam.» 

El año de 1875 se promovió un concurso en París, para premiar con una fuerte suma y una medalla, «al autor dramático francés que en una obra de cuatro o cinco actos, recordara más poderosamente el episodio de la proclamación de la independencia de los Estados Unidos, cuyo centésimo aniversario caía en 4 de julio de 1876.» El tema habría regocijado al Dr. Tribulat Bohomet. Villiers se decidió a optar al premio y a la medalla. El jurado estaba compuesto de críticos de los diarios, de Augier, Feuillet, Legouvé, Grenville, Murray, del «Herald» de New York, Perrin y, como presidente de honor, Víctor Hugo. El conde Matías creó una obra ideal en un terreno prosaico y difícil. No lo hubiera hecho de distinto modo el autor de los «Cuentos extraordinarios.» En resumen, y, naturalmente, no se ganó el premio. Furioso, fulminante, se dirigió nada menos que a casa del dios Hugo, que en aquellos días estaba en la época más resplandeciente y autocrática de su imperio. Entró y lanzó sus protestas a la faz del César literario, a quien llegó a acusar de deslealtad, y a cuya chochez aludió. Un señor había allí entre los príncipes de la corte, que se encaró con Villiers y le arrojó esta frase: «¡La probidad no tiene edad, señor!» Villiers le midió con una vaga mirada, y muy dulcemente respondió al viejo: «Y la tontería tampoco, señor.» Cuando Drumont hizo estallar su primer torpedo antisemita, con la publicación de la France juive, los poderosos israelitas de París buscaron un escritor que pudiese contestar victoriosamente la obra formidable del panfletista. Alguien indicó a Villiers, cuya pobreza era conocida; y se creyó comprar su limpia conciencia, y su pluma. Enviáronle con este objeto un comisionado, sujeto de verbo y elegancia, comerciante y hombre de mundo. Este penetró a la humilde habitación del poeta insigne, le babeó sus adulaciones mejor hiladas, le puso sobre el techo de la sinagoga, le expuso las injusticias persistentes e implacables del rabioso Drumont y, por último, suplicó al descendiente del defensor de Rodas, dijese cuál era el precio de sus escritos, pues éste sería pagado en buenos luises de oro inmediatamente. Quizá no habría comido Villiers ese día en que dió esta incomparable respuesta: «¿Mi precio, señor? No ha cambiado desde Nuestro Señor Jesucristo: ¡treinta dineros!» A Anatole France, cuando llegó un día a pedirle datos sobre sus antepasados: «—¡Cómo! ¡queréis que os hable del ilustre gran maestre y del célebre mariscal, mis antepasados, así no más, en pleno sol y a las diez de la mañana!» En la mesa del pretendido delfín de Francia Naundorff, con motivo de un rasgo de soberbia y de desprecio que tuvo aquél para con un buen servidor, el conde de F... y en momentos en que este pobre anciano se retiraba llorando avergonzado: «—Sire, bebo por vuestra majestad. Vuestros títulos son decididamente indiscutibles. ¡Tenéis la ingratitud de un rey!» En sus últimos días, a un amigo: «—¡Mi carne está ya madura para la tumba!» Y como estas, innumerables frases, arranques, originalidades que llenarían un volumen. Su obra genial forma un hermoso zodiaco, impenetrable para la mayoría: resplandeciente y lleno de los prestigios de la iniciación, para los que pueden colocarse bajo su círculo de maravillosa luz. En los «Cuentos crueles», libro que con justicia Mendés califica de «libro extraordinario», Poe y Swift aplauden. El dolor misterioso y profundo se os muestra, ya con una indescriptible, falsa y penosa sonrisa, ya al húmedo brillo de las lágrimas. Pocos han reído tan amargamente como Villiers. «Le Nouveau Monde», ese drama confuso en el cual cruza como una creación fantástica la protagonista—obra ante la cual Maeterlink debe inclinarse, pues si hay hoy, drama simbolista, quien dió la nota inicial fué Villiers—, «Le Nouveau Monde», digo, aunque difícilmente representable, queda como una de las manifestaciones más poderosas de la moderna dramática. El esfuerzo estético principal consiste a mi modo de ver, en la presentación de un personaje como mistress Andrews—en el medio norteamericano, de suyo refractario a la verdadera poesía—, tipo rodeado de una bruma legendaria, hasta convertirse en una figura vaporosa, encantada y poética. A Edilh Evandale sonríen cariñosa y fraternalmente las heroínas de las baladas sajonas. La Eva Futura no tiene precedente ninguno; es obra cósmica y única; obra de sabio y de poeta; obra de la cual no puede hablarse en pocas palabras. 

Sea suficiente decir que pudieran en su frontispicio grabarse, como un símbolo, la Esfinge y la Quimera; que la andreida creada por Villiers no admite comparación alguna, a no ser que sea con la Eva del Eterno Padre; y que al acabar de leer la última página, os sentís conmovidos, pues creéis escuchar algo de lo que murmura la Boca de Sombra. Cuando Edison estuvo en París en 1889, alguien le hizo conocer esa novela en que el Brujo es el principal protagonista. El inventor del fonógrafo quedó sorprendido. «He aquí dijo, un hombre que me supera: ¡yo invento; él crea!» «Ellen» y «Morgane», dramas. La fantasía despliega sus juegos de colores, sus irisados abanicos. «Akedysseril», la India con sus prestigios y visiones; coros de guerreras y guerreros, el himno de Iadnour-Veda y la palabra de la felicidad; evocaciones de antiguos cultos y de liturgias suntuosas y bárbaras; sacrificios y plegarias; un poema de Oriente, en el cual la reina Akedysseril aparece, hierática y suprema, vencedora en su esplendorosa majestad. No cabría en los límites de este artículo una completa reseña de las obras de Villiers; pero es imposible dejar de recordar a «Axel», el drama que acaba de presentarse en París, gracias a los esfuerzos de una noble y valiente escritora: Madame Tola Doirán. «Axel», es la victoria del deseo sobre el hecho; del amor ideal sobre la posesión. Llégase hasta renegar—según la frase de Janus—de la naturaleza, para realizar la ascensión hacia el espíritu absoluto. Axel como Lohengrin, es casto; fin de esa pasión ardorosa y pura, no puede tener más desenlace que la muerte. Ese poema dramático, escrito en un luminoso, diamantino lenguaje, representado por excelentes artistas, y aplaudido por una muchedumbre de admiradores de poetas, de oyentes escogidos—sin que dejase de haber, según las crónicas, gentes «malfilatres», como diría el inmortal maestro,—hubiera sido para él conquista soberana en vida. ¡Mas quien fué tan desventurado, no tuvo ni esa realización de uno de sus más fervientes deseos, en tiempos en que se ponía los pantalones de su primo y tomaba por todo alimento diario una taza de caldo! En 1889, en el establecimiento de los hermanos de San Juan de Dios, de París, el conde Matías Augusto de Villiers de l’Isle Adam, descendiente de los señores de Villiers de l’Isle Adam, de Chailly, originarios de la Isla de Francia; quien tuvo entre sus antepasados a Pedro, gran maestre y porta-oriflama de Francia; a Felipe gran maestre de la orden de Malta y defensor de la isla de Rodas en el sitio impuesto por la fuerza de Solimán; y a Francisco, marqués, «gran louvetier de France» en 1550; se unía, en matrimonio, en el lecho de muerte, a una pobre muchacha inculta con la cual había tenido un hijo. El reverendo padre Silvestre, que había ayudado a bien morir a Barbey d’Aurevilly, casó al conde con su humilde y antigua querida, la cual le había amado y servido con adoración en sus horas amargas de enfermo y de pobre; —y el mismo fraile preparóle para el eterno viaje. Luego, después de recibir los sacramentos, rodeado de unos pocos amigos, entre los cuales Huyssmans, Mallarmé y Dierx, entregó su alma a Dios el excelso poeta, el raro artista, el rey, el soñador. Fué el 20 de Agosto de 1889. Sire, «¡Va oultre!»

[fuente https://web.seducoahuila.gob.mx/biblioweb/upload/los_raros.pdf ]

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Cuento de final de verano

Villiers de L’Isle Adam


Al señor René Baschet

¿Cómo la cadena de seres
creados se acabaría en el Hombre?

Platónicos del s. XII

 

En provincias, a la caída del crepúsculo sobre las pequeñas ciudades -hacia las seis de la tarde, por ejemplo, al acercarse el otoño- se diría que los ciudadanos buscan lo mejor que pueden aislarse de la inminente gravedad de la noche: cada cual entra en su concha al presentir todo aquel peligro de estrellas que podría inducir a «pensar». En consecuencia, el singular silencio que se produce entonces parece emanar, en parte, de la atonía acompasada de las figuras sobre los umbrales. Es la hora en que el crujido molesto de las carretas va apagándose por los caminos. Entonces, en los paseos -«clases de Buenas Maneras»- suena, más nítidamente por los aires, sobre el aislamiento de los tresbolillos, el estremecimiento triste de las altas frondosidades. A lo largo de las calles, entre sombras, se intercambian saludos rápidos, como si el regreso a sus anodinos hogares compensara de los pesados momentos (¡tan vanamente lucrativos!) de la jornada vivida. Y, de los reflejos deslucidos del atardecer sobre las piedras y los cristales; de la impresión nula y melancólica de la que el espacio está imbuido, se desprende una tan incómoda sensación de vacío, que uno se creería entre difuntos.

Pero, cada día, a esta hora vespertina, en una de esas pequeñas ciudades, y en la avenida más desierta del paseo, se encuentran habitualmente dos paseantes, habitantes bastante antiguos ya de la localidad. Ambos deben, sin duda, haber superado la cincuentena: su atuendo rebuscado, su fina camisa de encajes, lo anticuado de sus largas chaquetas, el brillo de los sombreros de ala ancha, su forma de vestir aún despierta, sus maneras a veces extrañamente conquistadoras, todo, hasta las hebillas de sus zapatos demasiado elegantes, denuncian no se sabe qué verts-galants empedernidos. ¿Qué sentido tienen esos aires triunfantes, en medio de un conjunto de seres negativos, de una bisexualidad cualquiera, en la mente de los cuales no podría brotar la exclamación: ¡Qué hacer!? Con un bastón de puño dorado en la mano, el primer llegado entra bajo los árboles solitarios donde pronto aparece su amigo. Uno tras otro, caminando misteriosamente de puntillas, se aproximan; luego acercándose al oído del otro, y protegiendo con la mano el cuchicheo de sus palabras, susurra frases sorprendentes análogas, por ejemplo, a éstas (salvo en los nombres):

-¡Ah! amigo mío, ¡la Pompadour estuvo encantadora anoche!

-¿Debo felicitarlo? -replica, no sin una sonrisa bastante ufana, el interlocutor.

-¡Puf!… Si hay que decirlo todo, yo prefiero a la deliciosa Du Deffand… En cuanto a Ninon… (El resto de la frase se pronuncia en voz baja, y tras haber pasado el brazo por debajo del del confidente)

-¡De acuerdo! -prosigue entonces éste, con los ojos dirigidos al cielo-, ¡pero la Sévigné, querido!… ¡ah! ¡la Sévigné!… (caminan juntos, bajo las viejas sombras; la noche va a teñirse de azul y a iluminarse).

-Hoy mismo debo esperarla hacia las nueve, lo mismo que a la Parabère, pese a que ese diablo de regente…

-Le felicito, mi querido amigo. Sí, no salgamos del gran siglo. En mi libro de memoria no cuento más que a tres adoradas del tiempo antiguo: primero, Eloísa…

-¡Chut!

-Luego, Margarita de Borgoña.

-¡Brrr!

-Y finalmente, María Estuardo.

-¡Ay!

-Pues bien, he reconocido que el encanto de esas damas de antaño era inferior al de las damas de ahora. -Dicho esto, el sorprendente hastiado de todo gira sobre sus talones que tiñe de púrpura o rubifica a veces, a través de los ramajes quejumbrosos, el último rayo de sol.

-Permanezcamos a partir de ahora en los Watteau -concluye con aire entendido, conocedor y perentorio.

-O en los Boucher, que es superior.

Continuando con voz discreta, se introducen por las avenidas laterales. En las casas, allá lejos, los visillos blancos de las ventanas se inundan, aquí y allá, de resplandores claros e intensos; y, en la oscuridad de las calles palpitan las repentinas farolas. Tras nuestros dos conversadores se alargan sus propias sombras, que parecen reforzadas por todas aquellas de las que hablan. Pronto, después de un ceremonioso y cordial apretón de manos, el dúo de aquellos más que extraños celadones se separa y cada cual se dirige a su casa.

¿Quiénes son? ¡Oh! simplemente dos ex vividores de lo más amable, incluso de bastante buena compañía, uno viudo y otro soltero. El destino los había conducido e internado, casi al mismo tiempo, en esta pequeña ciudad. ¿Sus medios de vida? Apenas unas inalienables rentas, escapadas del naufragio que no permiten nada superfluo. Aquí, en un primer momento, intentaron frecuentar «la buena sociedad» pero, tras las primeras visitas, se retiraron horrorizados a sus modestas viviendas. Sin recibir a nadie más que a su cotidiana asistenta, se han recluido en una perfecta soledad. Todo antes que relacionarse con los honorables habitantes del lugar. Para escapar al momificante tedio que destila la atmósfera, intentaron leer. Luego, asqueados por los libros cogidos al azar en el horrible gabinete de lectura, en el momento de renunciar a la lectura y limitar sus esperanzas a monótonas charlas (interrumpidas a veces por desenfrenadas partidas de cartas) entre ellos dos, he aquí que cayeron en sus manos fantasmagóricas obras que trataban de fenómenos llamados de espiritismo.

Para matar el tiempo y movidos también por una cierta curiosidad escéptica, se arriesgaron a grotescas y divertidas experiencias. Separándose del «mundo», se esforzaban por crearse relaciones con «el otro mundo». ¡Remedio heroico!, de acuerdo, pero bien considerado todo, jugar con las bellas difuntas (si era posible) les parecía mucho menos insípido que escuchar la conversación de las gentes del lugar. Por lo que, en sus sedosas salitas, una malva y otra azul claro, especie de gabinetes amueblados con un gusto tiernamente sugestivo que iluminaba apenas el resplandor -tamizado por la rica pantalla de cintas- de la lámpara bajada, se entregaron a anodinas y torpes evocaciones. ¡Ah! ¡qué fuente de agradables veladas, no obstante, si tarde o temprano lograban distinguir encantadores manes, exquisitas sombras sentadas sobre cojines de tonos apagados, que ellos preparaban a tal efecto! Por lo que, cuando después de varias tentativas pasablemente insignificantes sus respectivos veladores se pusieron -allí, de repente, ante sus pupilas a la larga hipnotizadas- a removerse, girar y hablar, fue una inmensa alegría para todo su ser. Un filón de oro surgía ante aquellos deliciosos contramaestres perdidos en una mina de insignificancia. Su nostalgia debía prestarse, rápida y de buena gana, a todo un conjunto de concesiones que, por otra parte, ciertos efectos reales pueden sugerir. Tomarle gusto hasta ilusionarse con emociones semificticias, ayudar al sortilegio con algo de buena voluntad, con el fin de VER -pese a todo y a todo precio- tramarse, sobre la transparencia y palidez de la penumbra ambiental, las formas de las bellas desaparecidas, adquirir, a fuerza de paciencia, una especie de paradójica credulidad con la que resultaba agradable engañar melancólicamente sus sentidos, y no resistieron más. De tal forma que, pronto, sus veladas transcurrieron en sutiles y tenebrosas conversaciones que, a veces, se hacían vagamente visionarias. Y, cuando la costumbre se afianzó, las sensaciones de presencias maravillosas, flotando a su alrededor, se les hicieron familiares. Ahora, ofrecen el té cada tarde a aquellas visitantes. Les hacen la corte, y sus batas de seda, una marrón carmelita y otra gris mínimo, con adornos tabaco de España, huelen ligeramente a almizcle, por una cortesía de ultratumba que tal vez agradezcan. En medio de coloquios ideales, notan el perfume de acercamientos encantadores, de una tenuidad fugitiva, es cierto, pero con la que se contenta la sonriente melancolía de su rozagante senectud.

En esta pequeña ciudad, cuyo vecindario habían sabido anular, su madurez transcurre así, preferentemente, en mil vagas buenas fortunas, de favores retrospectivos, de los que deshojan las póstumas rosas; y, al día siguiente, se hacen mutuas confidencias, bajo la sombra de los altos ramajes que acarician las brisas del crepúsculo en «la clase de Buenas Maneras». En la confusión de los comienzos, dejaron desfilar por sus inquietantes salitas a todas las damas de la Historia; pero en el momento presente, ya no flirtean sino con los excitantes fantasmas del siglo XVIII. Sus veladores, con taraceas que ellos cubren con flores del tiempo, oscilan bajo sus manos galantes y, como bajo el peso de sombras graciosas, se balancean con ritmos que recuerdan con frecuencia determinados columpios enguirnaldados de Fragonard. (¡Oh! se suelen retirar hacia las diez y media, a no ser que, por casualidad, hayan venido reinas o emperatrices; entonces, y por deferencia, permanecen hasta las once).

Por supuesto, con vulgares viejos verdes semejante pasatiempo podría conllevar graves peligros y de muchos tipos; pero afortunadamente, en lo más recóndito de su pensamiento, nuestros finos y dulces personajes no se engañan… ¿Cómo serían tan tontos de olvidar que la Muerte es algo decisivo e impenetrable?… Solamente, a la vista de los bailes alfabéticos esbozados por sus veladores, aquellos médianimisés -de un cristianismo algo somnoliento sin duda, pero inviolable en sus últimas reservas- han terminado por persuadirse de que tal vez en el aire haya diablillos juguetones, espíritus graciosos, dotados de travesura que, al aburrirse como los paseantes humanos, para matar el tiempo, aceptan prestarse a este inocente juego de Ilusión (bajo el velo de los fluidos y sobre todo con vivos amables), como los niños que se colocan alguna antigua bata estampada y se empolvan entre risas… y de que esos espíritus y esos vivos pueden entonces buscarse a tientas, aparecerse a veces, ayudándose con una sospecha de mutua credulidad, rozarse, cogerse incluyo de repente la mano… y luego desaparecer, por una parte y por otra, en el inmenso escondite del universo.

[fuente https://ciudadseva.com/texto/cuento-de-final-de-verano/ ]

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El secreto de la antigua música

Villiers de L’Isle Adam


Era día de audición en la Academia Nacional de Música. En las altas instancias se había decidido el estudio de una obra de cierto compositor alemán (cuyo nombre, olvidado desde entonces, felizmente se nos escapa); y tal maestro extranjero, si había que creer en diversos memoranda publicados por la Revue de Deux Mondes, ¡era nada menos que el creador de una música «nueva»! 

    Así pues, los músicos de la Ópera se encontraban reunidos para poner, como suele decirse, las cosas en claro y descifrar la partitura del presuntuoso innovador. 

    El momento era grave. El director de la Academia apareció en escena y entregó al director de orquesta la voluminosa partitura en litigio. Éste la abrió, la leyó, se estremeció y declaró que la obra le parecía inejecutable en la Academia de Música de París.

-Explíquese -dijo el director de la Academia.

-Señores -respondió el director de orquesta-, Francia no podría responsabilizarse de truncar, por una defectuosa interpretación, el pensamiento de un compositor… sea cual sea su nacionalidad. Sin embargo, en las partituras de orquesta especificadas por el autor figura… un instrumento militar caído ya en desuso y que no tiene intérprete entre nosotros; ese instrumento, que hizo las delicias de nuestros padres, tenía antaño un nombre: el chinesco. Creo que la radical desaparición del chinesco en Francia nos obliga a declinar, muy a pesar nuestro, el honor de esta interpretación. 

    Tal discurso había sumido al auditorio en ese estado que los fisiologistas llaman comatoso. ¡El Chinesco! Los más viejos apenas recordaban haberlo oído en su infancia. Pero les hubiera resultado muy difícil, hoy en día, poder precisar su forma. De repente, una voz pronunció estas inesperadas palabras:

-Con su permiso, creo que yo conozco uno -todas las cabezas se volvieron; el director de orquesta se levantó de un salto.

-¿Quién ha hablado?

-Yo, los platillos -respondió la voz.

Un instante después, los platillos estaban en el escenario rodeados, adulados y asediados con impacientes preguntas. 

-Sí -continuaba-, conozco a un viejo profesor de chinesco, maestro en su arte y sé que aún vive.

    Todos exhalaron un grito. ¡Los platillos aparecieron como un salvador! El director de orquesta abrazó a su joven satélite (porque los platillos eran todavía jóvenes). Los trombones enternecidos le animaban con sus sonrisas; un contrabajo le envió un envidioso guiño; el tambor se frotaba las manos: «¡Llegará lejos!», gruñía. En fin, en ese rápido instante, los platillos conocieron la gloria.

    A continuación, una comisión, precedida por los platillos, salió de la Ópera hacia Batignolles, a cuyas profundidades se había retirado, lejos del ruido, el austero virtuoso. Llegar, preguntar por el viejo, subir los nueve pisos, tirar del pelado cordón de su llamador y esperar, jadeando, en el descansillo, fue para nuestros embajadores cuestión de un segundo. 

    De pronto, todos se descubrieron: un hombre de aspecto venerable, con el rostro rodeado de plateados cabellos que caían en largos rizos sobre sus hombros, una cabeza a lo Béranger, un personaje de romanza, estaba en pie en el umbral y parecía invitar a los visitantes a penetrar en su santuario. ¡Era él! Entraron. 

    La ventana, enmarcada por plantas trepadoras, estaba abierta al cielo, en ese purpúreo momento del maravilloso crepúsculo. Los asientos eran escasos: la litera del profesor sustituyó, para los delegados de la Ópera, a las otomanas, a los poufs, que abundan demasiado a menudo en las casas de los músicos modernos. En los rincones se veían viejos chinescos; aquí y allá yacían varios álbumes cuyos títulos llamaban la atención. El primero era: ¡Primer amor!, melodía para chinesco solo, seguido de Variaciones Brillantes Sobre la Coral de Lutero, concierto para tres chinescos. Después, un septeto de chinescos (gran unisón), titulado LA CALMA. Luego una obra de juventud (un poco empañada de romanticismo): Danza Nocturna de Jóvenes Moriscos en la Campiña de Granada, en el Peor Momento de la Inquisición, gran bolero para chinesco; finalmente, la obra del maestro: El Ocaso de un Bello Día, obertura para ciento cincuenta chinescos. Los platillos, muy emocionados, tomaron la palabra en nombre de la Academia Nacional de Música. 

-¡Ah! dijo con amargura el viejo maestro-, ¿ahora se acuerdan de mi? Debería… Mi país ante todo. Señores, iré. Al haber insinuado el trombón que la partitura parecía difícil contestó el profesor tranquilizándolos con una sonrisa:

-No importa. 

    Y tendiéndoles sus pálidas manos, curtidas en las dificultades de tan ingrato instrumento, dijo: 

-Hasta mañana, señores, a las ocho, en la Ópera. 

    Al día siguiente, en los pasillos, en las galerías, en la concha del inquieto apuntador, hubo una terrible emoción: se había propagado la noticia. Todos los músicos, sentados ante sus atriles, esperaban, con el arma en la mano. La partitura de la nueva música no tenía, ahora, sino un interés secundario. De repente, la puerta trasera dio paso al hombre de antaño. ¡Estaban dando las ocho! Ante el aspecto del representante de la antigua música, todos se pusieron en pie, rindiéndole homenaje como señal de posteridad. El patriarca llevaba en su brazo, cubierto con un humilde forro de sarga, el instrumento de los tiempos pasados, que tomaba, de ese modo, las proporciones de un símbolo. Tras atravesar por entre los atriles y encontrar, sin dudar, su camino, se sentó en su antiguo sitio, a la izquierda del tambor. Después de afianzar en su cabeza un gorro de lustrina negra y una visera sobre sus ojos, descubrió el chinesco y la obertura comenzó. 

    Pero, con los primeros compases y desde la primera mirada a la partitura, la serenidad del viejo virtuoso pareció ensombrecerse; en seguida, un angustioso sudor perló su frente. Se inclinó, como para leer mejor y, con el ceño fruncido, sus ojos pegados al manuscrito que hojeó enfebrecidamente, apenas respiraba… 

    ¿Era tan extraordinario, lo que el viejo leía, para turbarle de ese modo? ¡En efecto! El maestro alemán, por unos celos tudescos, se había complacido, con aspereza germánica, con maldad rencorosa, en erizar la parte del Chinesco de dificultades casi insuperables. Se sucedían rápidas, ingeniosas, repentinas, ¡era un desafío! Juzguen ustedes: la partitura se componía, solamente, de silencios. Sin embargo, incluso para aquellas personas que no son del oficio, ¿qué hay más difícil de interpretar, para el Chinesco, que el silencio?… ¡Y era un CRESCENDO de silencios lo que tenía que interpretar el viejo artista! 

    Al ver eso se puso tieso; un movimiento febril se le escapó… Pero nada, en su instrumento, traicionó las emociones que le agitaban. No se movió ni una campanilla. ¡Ni un cascabel! Nada de nada. Se notaba que lo dominaba a fondo. ¡Él también era un maestro! Tocó. ¡Sin vacilar! Con un dominio, una seguridad, un brío, que llenó de admiración a toda la orquesta. Su interpretación, siempre sobria, pero llena de matices, era de un estilo tan matizado, de un acabado tan puro que, cosa extraña, por momentos, ¡parecía que se le oía! 

    Los bravos estaban a punto de estallar por todas partes cuando un inspirado furor se encendió en el alma clásica del viejo virtuoso. Con los ojos llenos de ira y agitando ruidosamente su instrumento vengador que parecía como un demonio suspendido sobre la orquesta: 

-Señores -vociferó el digno profesor-, ¡renuncio! No comprendo nada. ¡No se escribe una obertura para un solo! ¡yo no puedo tocar!, es demasiado difícil. ¡Protesto!, ¡en nombre del Sr. Clapisson! Aquí no hay melodía. ¡Es una cencerrada! ¡El Arte está perdido! Caemos en el vacío. 

    Y, fulminado por su propio delirio, cayó. 

    En su caída, agujereó el bombo y desapareció en su interior como cuando se desvanece una visión.

    ¡Lástima!, él se llevaba, al sepultarse en los profundos flancos del monstruo, el secreto de los encantos de la antigua música.

[fuente https://ciudadseva.com/texto/el-secreto-de-la-antigua-musica/ ]

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El asesino de cisnes

Villiers de L’Isle Adam


Los cisnes comprenden los signos.
Victor Hugo, Les Misérables

A fuerza de consultar tomos de Historia Natural, nuestro ilustre amigo, el doctor Tribulat Bonhomet había terminado por aprender que «el cisne canta bien antes de morir». Efectivamente, -nos confesaba aún en fechas recientes- desde que la había escuchado, sólo esa música le ayudaba a soportar las decepciones de la vida, y cualquier otra ya no le parecía sino una cencerrada, puro «Wagner».

¿Cómo había conseguido esa alegría de aficionado? Así: En los alrededores de la antiquísima ciudad fortificada en la que vive, el práctico anciano había descubierto un buen día en un parque secular abandonado, a la sombra de grandes árboles, un viejo estanque sagrado, sobre el sombrío espejo del cual se deslizaban doce o quince apacibles aves; había estudiado meticulosamente los accesos, calculado las distancias, observado sobre todo al cisne negro, el vigilante, que dormía, perdido en un rayo de sol. Éste, permanecía todas las noches con los ojos bien abiertos con un guijarro en su largo pico rosa, y si la más mínima alarma le revelaba peligro para aquellos a quienes guardaba, con un movimiento del cuello, lanzaba bruscamente al agua el guijarro, en mitad del blanco círculo de los dormidos para que los despertara: al oír aquella señal, el grupo, guiado por su guardián, habría echado a correr en medio de la oscuridad hacia avenidas profundas, hacia lejanos céspedes, hacia alguna fuente en la que se reflejaban grises estatuas, o hacia cualquier otro refugio conocido por su memoria. Y Bonhomet los había contemplado largo rato en silencio, sonriéndoles incluso. ¿No era, pues, con su último canto con el que, como perfecto diletante, soñaba regalarse muy pronto los oídos?

A veces, pues, cuando sonaban las doce de alguna otoñal noche sin luna, fastidiado por el insomnio, Bonhomet se levantaba de repente y se vestía de forma especial para asistir al concierto que necesitaba volver a escuchar. Tras introducir sus piernas en descomunales botas de goma forradas que prolongaba, sin sutura, una ancha levita impermeable convenientemente forrada también, el huesudo y gigantesco doctor introducía las manos en un par de guanteletes de acero blasonado provenientes de alguna armadura de la Edad Media (guanteletes de los que se había convertido en feliz propietario después de abonar treinta y ocho hermosas monedas -¡Una locura!- a un anticuario). Hecho esto, se ceñía su amplio sombrero moderno, apagaba la vela, descendía y, con la llave de su casa en el bolsillo, se encaminaba, a la burguesa, hacia la linde del parque abandonado.

Enseguida, se introducía por oscuros senderos hacia el retiro de sus cantantes favoritos, hacia el estanque cuya agua poco profunda, y bien sondeada por todas partes, no le pasaba de la cintura. Y, bajo la bóveda de arboleda próxima a los aterrajes, ensordecía sus pasos al pisar ramas secas. Cuando llegaba al borde del estanque, lenta, muy lentamente -¡sin hacer ruido alguno!-, introducía una bota, luego la otra, y avanzaba dentro del agua con precauciones inauditas, tan inauditas que apenas se atrevía a respirar. Como el melómano ante la inminencia de la cavatina esperada. De tal manera que, para dar los veinte pasos que le separaban de sus queridos virtuosos, empleaba normalmente entre dos y dos horas y media, hasta tal extremo temía alarmar la sutil vigilancia del guardián negro. El soplo de los cielos sin estrellas agitaba lastimeramente las altas ramas en la oscuridad que rodeaba el estanque, pero Bonhomet, sin dejarse distraer por el misterioso susurro, seguía avanzando insensiblemente y tan bien que, hacia las tres de la madrugada, se encontraba, invisible, a medio paso del cisne negro, sin que éste hubiera percibido ni el más mínimo indicio de su presencia. Entonces, el buen doctor, sonriendo en la oscuridad, arañaba suave, muy suavemente, rozando apenas con la punta de su índice medieval, la superficie anulada del agua, delante del vigilante… Y arañaba con tal suavidad que éste, aunque algo sorprendido, no juzgaba esta vaga alarma como de una importancia digna de lanzar el guijarro. El cisne escuchaba. A la larga, cuando su instinto se percataba vagamente de la idea de peligro, su corazón, ¡oh! su pobre corazón ingenuo se ponía a latir horriblemente, lo que llenaba de júbilo a Bonhomet. Y los bellos cisnes, uno tras otro, perturbados por ese ruido en lo profundo de su sueño, sacaban ondulosamente la cabeza de debajo de sus pálidas alas plateadas y bajo el peso de la sombra de Bonhomet, entraban poco a poco en un estado de angustia, percibiendo no se sabe qué confusa consciencia del mortal peligro que los amenazaba. Pero, en su infinita delicadeza, sufrían en silencio como el vigilante, al no poder huir puesto que el guijarro no había sido lanzado. Y todos los corazones de aquellos blancos exiliados se ponían a dar latidos de sorda agonía, inteligibles y claros para el oído maravillado del excelente doctor que sabía muy bien lo que moralmente les producía su cercanía y se deleitaba, en pruritos incomparables, con la terrorífica sensación que su inmovilidad les hacía padecer.

«¡Qué dulce resulta estimular a los artistas!» se decía en voz baja. Tres cuartos de hora, más o menos, duraba este éxtasis que no habría cambiado ni por un reino. ¡De repente, un rayo de la Estrella de la Mañana, deslizándose entre las ramas, iluminaba de improviso a Bonhomet, así como las aguas negras y los cisnes con ojos repletos de sueños! El vigilante, aterrorizado por aquella visión, arrojaba el guijarro… ¡Demasiado tarde!… Con un grito horrible en el que parecía desenmascararse su almibarada sonrisa, Bonhomet se precipitaba, con las garras en alto y los brazos tendidos, hacia las filas de las aves sagradas. Y eran rápidos los apretones de los dedos de acero de aquel paladín moderno, y los puros cuellos de nieve de dos o tres cantantes eran atravesados o rotos antes de que se produjera el vuelo radiante de los demás pájaros-poetas. Entonces, olvidándose del buen doctor, el alma de los cisnes moribundos se exhalaba en un canto de inmortal esperanza, de liberación y de amor, hacia los Cielos desconocidos.

El racional doctor sonreía de este sentimentalismo del que, como serio conocedor, sólo se dignaba saborear una cosa: EL TIMBRE. No apreciaba musicalmente nada más que la singular suavidad del timbre de aquellas simbólicas voces, que vocalizaban la Muerte como una melodía. Con los ojos cerrados, Bonhomet aspiraba en su corazón las vibraciones armoniosas, luego, tambaleándose, como en un espasmo, iba a dejarse caer en la orilla del estanque, se tendía sobre la hierba, se acostaba boca arriba, dentro de sus ropas cálidas e impermeables. Y allí, aquel Mecenas de nuestra era, perdido en un torpor voluptuoso, volvía a saborear en lo más recóndito de su ser el recuerdo del canto delicioso -aunque viciado por una sublimidad según él pasada de moda- de sus queridos artistas. Y, reabsorbiendo su comatoso éxtasis, rumiaba así, a la burguesa, aquella exquisita impresión hasta el amanecer.

[fuente https://ciudadseva.com/texto/el-asesino-de-cisnes/ ]

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Jean-Marie Mathias Philippe Auguste, conde de Villiers de l`Isle-Adam (Saint-Brieuc, 7 de noviembre de 1838 - París, 18 de agosto de 1889) fue un escritor francés cuya obra, que abarca la poesía, el teatro y la narración, se orienta en gran parte hacia el movimiento simbolista.

 Tras numerosos años de navegación, el padre de Auguste, se instaló en la mansión de Penanhoas, en Lopérec, que había heredado, y quedó lisiado por un accidente. Tuvo que buscar subsidios durante la Restauración antes de recibir los 27.000 francos del Estado en 1826 a que tenía derecho en compensación por su emigración. Entonces el marqués tuvo la idea de fundar una especie de agencia de investigación genealógica para ayudar a ciertos herederos a recuperar sus bienes incautados durante los disturbios revolucionarios y del Imperio. Pero se enredó en especulaciones financieras ruinosas y en 1843 su mujer tuvo que hacer una separación de bienes para salvaguardar su propio patrimonio. En 1845 la familia se instaló en Lannion, en casa de los padres de la madre de Augusto, la señora de Kérinou. Entre 1847 y 1855, el joven Villiers siguió estudios desordenadamente en diversas escuelas de Bretaña; estuvo interno en el pequeño seminario de Tréguier y luego en Rennes en 1848 (en el antiguo colegio de Saint-Vincent de Paul), en el liceo de Laval, de nuevo en Rennes, en Vannes (colegio de Saint-François-Xavier) en 1851, donde tuvo como condiscípulo al pintor James Tissot, y otra vez en Rennes. Además dispuso en los intervalos de preceptores religiosos a domicilio, por más que se mostraba más dotado para el piano y se descubría aficionado a la poesía. En 1855, el Marqués vendió su casa y tierras y la familia se instaló en París. En la capital Augusto frecuentó cafés de artistas y algunos salones (donde su apellido lo había introducido) y allí gozó de algún éxito. Amistó con el poeta Catulle Mendès y con Jean Marras en 1860, y conoció, en la Brasserie des Martyrs, a François Coppée, Charles Baudelaire y Leconte de Lisle. Baudelaire lo animó a leer las obras de Edgar Allan Poe que había traducido él mismo, y estas hicieron un gran efecto en el joven escritor, quien asimiló parte de su poética simbolista y su técnica para el relato fantástico. Comenzó a colaborar en algunas publicaciones oscuras, pero su padre ingresó en prisión por deudas (1856). En 1857, inquietos por sus dudosas y variopintas compañías, los padres del joven escritor quisieron enviarlo a hacer un retiro religioso en la abadía de Solesmes, cuyo superior, Dom Prosper Guéranger, era amigo de la familia, pero él lo rehusó.

Sus primeras obras (Dos ensayos de poesía, 1858, Primeras poesías, 1859, la novela Isis, 1862), con poco o ningún éxito, desorientan sobre lo que será su producción posterior una vez hubo conocido a los poetas simbolistas Charles Baudelaire (1859) y Stéphane Mallarmé (1864), tras quedar asimismo fascinado por la filosofía de Hegel. El 28 de agosto de 1862 sus padres lo obligaron a permanecer un tiempo en la abadía de Solesmes, donde estuvo recluido hasta el 20 de septiembre. En 1863 se une a una demi-mondaine o alta cortesana Louise Dyonnet, madre de dos hijos, y permaneció quince días en Solesmes, donde volvió a ver a Louis Veuillot. En 1864, tras romper con Louise Dyonnet, conoció a Gustave Flaubert y amistó con Stephane Mallarmé. En 1866 colaboró en Le Parnasse Contemporain y en 1867 fundó la Revue des Lettres et des Arts y escribió "El Intersigno", el primero de sus Cuentos crueles.

Sus intentos de conseguir pareja conveniente y estable fueron fracasando sucesivamente. En 1867, pidió a Théophile Gautier la mano de su hija Estelle, pero el escritor, que había dado la espalda a sus años de bohemia, no dejó que su hija casara con un escritor con tan poco futuro, fuera de que la propia familia de Villiers desaprobaba también esa unión. Igualmente fueron estériles sus planes para matrimoniar con una heredera inglesa, Anna Eyre Powell. Finalmente se vio bligado a vivir con la viuda analfabeta de un cochero belga, Marie Dantine, de la que tuvo en 1881 a su único hijo, Victor (apodado "Totor").

Un punto destacado de su vida fue el viaje que hizo para ver a su admirado Richard Wagner en Triebschen (1869). Villiers le leyó el manuscrito de su obra La Révolte ("La revuelta") y el compositor declaró que el francés era "un verdadero poeta". Otro viaje para vistiarlo al año siguiente se vio interrumpido por el estallido de la Guerra franco-prusiana, durante la cual Villiers se convirtió en comandante de la Guardia Nacional. Al principio quedó impresionado por el espíritu patriótico de La Comuna y escribió artículos en su apoyo en el Tribun du Peuple bajo el seudónimo de "Marius", pero pronto quedó disgustado por la violencia revolucionaria. En 1883 la publicación de sus Cuentos crueles le valió cierta popularidad, si bien su vida económica siguió siendo precaria hasta su muerte. En ese mismo año, Villiers de l`Isle-Adam había hecho representar con escasa fortuna otro drama, Le monde nouveau. Alentado por la colaboración en Le Figaro y la admiración de insignes jóvenes amigos, publicó Atribulado Bonhomet (1887), recopilación de cinco relatos de los que sobresale la novela corta Claire Lenoir, una cruel sátira del filisteísmo científico a través del siniestro personaje del "doctor" (opuesto a la viuda Claire Lenoir, símbolo de la pureza espiritual delicada y mágica), y la audaz novela La Eva futura (1886), crudo y desconcertante relato del amor de un joven por una mujer mecánica que adquiere un alma misteriosamente y la pierde a través de un misterio no menor. Tras un ciclo de conferencias en Bélgica, Auguste Villiers falleció agotado en un hospital, amorosamente asistido por el escritor del decadentismo Joris-Karl Huysmans, uno de sus admiradores. El Théâtre Libre había representado su mediocre drama Évasion, impreso luego póstumo junto con otras obras del autor. Entre sus demás obras destacan las novelas Isis (1862) y La Eva futura (1886), la novela corta Claire Lenoir (1867) y el drama Axël (1890).

Dotado de un vigoroso poder expresivo, capaz de conferir a sus obras un estilo torturado, a la vez que violento y profundamente lírico, los cuentos de Villiers son muy desiguales y, al lado de algunos absurdos y exagerados, se dan otros en los que el humor, la ironía o el terror macabro dan lugar a situaciones excepcionales.-

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VILLIERS DE L’ISLE ADAM - EL SECRETO DEL CADALSO

Aquella noche del 5 de junio de 1864, a las siete, el doctor Edmond-Désiré Couty de la Pommerais, recientemente trasladado de la Conciergerie a la Roquette, estaba sentado, revestido de una camisa de fuerza, en la celda de los condenados a muerte. Taciturno, fija la mirada, apoyaba los codos en el respaldo de la silla. Sobre la mesa, una vela iluminaba la palidez de su rostro frio. A dos pasos, un guardia, de pie contra el muro, lo observaba, cruzados los brazos. Casi todos los detenidos están obligados a un trabajo cotidiano, de cuyo salario la administración deduce, en caso de fallecimiento, el precio de la mortaja, que nunca proporciona. Solo los condedanos a muerte no tienen que realizar tarea alguna. El prisionero era de esos que no juegan a los naipes: en su mirada no se leía miedo ni esperanza.

Treinta y cuatro años; moreno; de talla mediana; bien proporcionado en verdad; las sienes grises desde hacía poco; la mirada nerviosa, semivelada; una frente de razonador; la voz opaca y breve, las manos saturninas; la expresión circunspecta de las personas poco locuaces; modales de estudiada distinción: tal aparecía. (Se recordará que en las audiencias del Sena, no habiendo podido Me. Lachaud desvanecer en la mente de los jurados, no obstante lo riguroso de su defensa en esa ocasión, el triple efecto producido por los debates, las conclusiones del doctor Tardieu y la requisitoria de M. Oscar de Vallée, M. de la Pommerais, convicto de haber administrado dosis mortales de digitalina a una dama amiga suya, con premeditation y propósitos de lucro, oyó pronunciar contra él, en aplicación de los artículos 301 y 302 del Código Penal, la sentencia de muerte.)

Esa noche del 5 de junio ignoraba aún el rechazo del recurso de apelación, así como de toda audiencia de gracia solicitada por sus familiares. Apenas si su defensor, más dichoso, había logrado que lo escuchara distraídamente el Emperador. El venerable abate Crozes, que antes de cada ejecución se agotaba en súplicas a las Tullerías, había regresado sin respuesta. ¿Conmutar la pena de muerte en tales circunstancias, no implicaba abolirla? El caso era ejemplar. En opinión del Parquet  , el rechazo del recurso era indudable y debía ser notificado de un momento a otro, y M. Hendreich había sido encargado de recibir al condenado el 9 a las cinco de la mañana. De pronto, sonó en las losas del corredor un ruido de culatas de fusil; la cerradura chirrió pesadamente; la puerta se abrió; brillaron las bayonetas en la penumbra; el director de la Roquette, M. Beauquesne, apareció en el umbral, acompañado de un visitante. M. de la Pommerais, que levantó la cabeza, reconoció de una ojeada en ese visitante al ilustre cirujano Armand Velpeau.

A un signo de su superior, el guardia salió, y M. Beauquesne, tras una muda presentación, se retiró tambien, dejando solos a los dos colegas, frente el uno al otro, mirándose.  La Pommerais, en silencio, señaló al doctor su propia silla, y fue luego a sentarse en la cucheta de la cual los durmientes, en su mayor parte, son despertados de la vida en un sobresalto. Como se vela poco, el gran médico se acercó al... enfermo, para observarlo mejor y poder conversar en voz baja. Velpeau entraba ese año en los sesenta. En el apogeo de su renombre, heredero del sillón de Larrey en el Instituto, primer profesor de clinica quirúrgica de París y, por sus obras, todas de un rigor de deducción tan claro y tan vivo, una de las luces de la ciencia patológica, el distinguido médico se imponia ya como una de las cumbres de la ciencia. Tras un frío momento de silencio: -Señor -dijo-, entre médicos debemos ahorrarnos inútiles condolencias. Por otra parte, una afección de la próstata (que, seguramente, me matará dentro de dos años o dos años y medio) me clasifica también, con una diferencia de pocos meses, en la categoría de los condenados a muerte. Sin preámbulos, pues, vayamos a los hechos.

 -Entonces, según usted, doctor, mi situación jurídica es... ¿desesperada? -interrumpió La Pommerais. -Así se teme -respondió simplemente Velpeau. -¿Está fijada mi hora?

-No lo sé; pero como nada se ha determinado aún a su respecto, puede seguramente contar con algunos días. La Pommerais se pasó la manga de la camisa de fuerza por su pálida frente. -Sea. Gracias. Estaré dispuesto: ya lo estoy. Ahora, cuanto más pronto, mejor. -Como su recurso no ha sido rechazado, al menos hasta ahora -continuó Velpeau-, la proposición que voy a hacerle solo es condicional. ¡Si se salva usted, tanto mejor!... Si no... El gran cirujano se detuvo. -¿Si no?... -preguntó La Pommerais. Velpeau, sin responder, extrajo del bolsillo un pequeño estuche, lo abrió, sacó un bisturí y, cortando la camisa en la muñeca izquierda, apoyó el dedo medio sobre el pulso del joven condenado. -Señor de La Pommerais -dijo-, su pulso me revela una sangre fría y una firmeza raras. El paso que doy ante usted (y que debe mantenerse en secreto) tiene por objeto una suerte de ofrecimiento que, aún dirigido a un médico de su energía, a un espíritu templado en las convicciones positivas de nuestra ciencia y bien liberado de los temores fantásticos de la muerte, podría parecer una extravagancia o una irrisión criminal. Pero sabemos, creo, quiénes somos. Usted la tomará, pues, en atenta consideración, por turbador que pudiera parecerle en el primer momento. -Mi atención le está asegurada, señor -contestó La Pommerais. -No ignora usted -siguió Velpeau-, que una de las cuestiones más interesantes de la fisiología moderna es saber si persiste algún resplandor de memoria, de reflexión, de sensibilidad real en el cerebro del hombre, después de seccionada la cabeza...

Al oír este inesperado comienzo, el condenado se estremeció; después, reponiéndose: -Cuando usted entró, doctor -respondió-, estaba justamente preocupado par ese problema, doblemente interesante para mí, como comprenderá... -Está usted al corriente de los trabajos escritos sobre el asunto, desde los de Soemmering, Süe, Sédillot y Bichat, hasta los modernos, ¿no es así? -Hasta asistí, una vez, a uno de sus cursos de disección en los restos de un ajusticiado.

-¡Ah!... Sigamos, entonces. ¿Tiene usted nociones exactas, desde el punto de vista quirúrgico, sobre la guillotina? La Pommerais, luego de mirar bien a Velpeau, contestó fríamente: -No, señor. -He estudiado escrupulosamente el aparato hoy mismo- continuó inconmovible el doctor Velpeau-. Es, lo atestiguo, un instrumento perfecto. La cuchilla actúa a la vez como tuna, como guadaña y como maza, cortando al sesgo el cuello del paciente en un tercio de segundo. El decapitado, bajo el impacto de este ataque fulgurante, no puede experimentar más dolor, pues, que el que siente, en el campo de batalla, el soldado a quien una bala le arranca un brazo. La sensación, por falta de tiempo, es nula y obscura. -Tal vez haya postdolor; queda lo vivo de dos heridas. ¿No fué Julia Fontenelle quien, dando sus motivos, preguntó si esa misma velocidad no tenía consecuencias más dolorosas que la ejecución con alfanje o con hacha? -Bérard trató como merecia ese desvario. Personalmente, tengo la convicción, basada en experiencias y en mis observaciones particulares, de que la ablación instantánea de la cabeza produce, en el mismo momento, en el individuo decapitado, el desvanecimiento anestésico más absoluto. "El solo síncope provocado por la pérdida súbita de cuatro o cinco litros de sangre que irrumpen fuera de los vasos (a menudo con una fuerza de proyección circular de un metro de diámetro) bastaría para tranquilizar a este respecto a los más timoratos. En cuanto a los estremecimientos inconscientes de la máquina carnal detenida demasiado repentinamente en su proceso, no constituye más indicio de sufrimiento que... las palpitaciones de una pierna cortada, por ejemplo, cuyos músculos y nervios se contraen, pero de la que ya no se sufre. Digo que la fiebre nerviosa de la incertidumbre, la solemnidad de los preparativos fatales y el sobresalto del despertar matinal son lo más claro de ese presunto sufrimiento, en estos casos. Como la amputación no es perceptible, el dolor real es imaginario. ¡Vamos! Un golpe violento en la cabeza no sólo no se siente sino que no deja conciencia alguna del choque; tal lesión simple de las vértebras acarrea la insensibilidad atáxica, y la separación de la cabeza, la escisión de la espina dorsal, la interrupción de las relaciones orgánicas entre el corazón y el cerebro, ¿no bastarian para paralizar, en lo mas íntimo del ser humano, toda sensación, aún la más vaga, de dolor? ¡Imposible! ¡Inadmisible! Y usted to sabe tan bien como yo."

 -Así lo espero, al menos, más que usted, señor -respondió La Pommerais-. Por lo tanto, no es en realidad un grande y rápido sufrimiento físico (apenas concebido en la turbación sensorial y pronto ahogado por la ascendente invasión de la muerte); no es eso, repito, lo que temo. Es otra cosa. -¿Quiere usted tratar de formularla? -dijo Velpeau. -Escuche- murmuró La Pommerais tras un instante de silencio-. En definitiva, los órganos de la memoria y de la voluntad (si están circunscritos en el hombre a los mismos lóbulos en que los hemos comprobado en ... el perro, por ejemplo), esos órganos, digo, ¡son respetados por el paso de la cuchilla! "Hay demasiados precedentes dudosos, tan inquietantes como incomprensibles, para que me deje persuadir fácilmente de la inconsciencia inmediata de un decapitado. Según las leyendas, ¿cuántas cabezas no han vuelto su mirada hacia quien las interrogaba? ¿Memoria de los nervios? ¿Movimientos reflejos? ¡Vanas palabras! "Recuerde usted la cabeza de aquel marinero que, en la clínica de Brest, una hora y cuarto después de la decapitación, cortaba con un movimiento de las mandíbulas -tal vez voluntario- un lápiz colocado entre ellas... Por no citar más que ese ejemplo entre mil, la cuestión real sería, pues, saber si era o no el yo de ese hombre el que, cesada la hematosis, impresionó los músculos de su cabeza exangüe." -El yo no reside sino en el conjunto -dijo Velpeau. -La médula espinal prolonga el cerebelo - respondió M. de la Pommerais-. Esto sentado, ¿dónde estaría el conjunto sensitivo? ¿Quién podrá revelarlo? Antes de ocho días yo sí que lo habré sabido... y olvidado.

 -De usted depende, quizá, que la humanidad lo sepa de una vez por todas -respondió lentamente Velpeau, los ojos clavados en su interlocutor-. Y, hablando con franqueza, es por eso por lo que estoy aquí. "He sido delegado ante usted por una comisión de nuestros más eminentes colegas de la Facultad de París, y aquí está el permiso del Emperador. Contiene poderes lo bastante extensos como para prorrogar, llegado el caso, la orden de su ejecución." -Explíquese... no le entiendo -contestó La Pommerais, perplejo.

-Señor de la Pommerais, en nombre de la Ciencia a la que amamos y que cuenta ya, entre nosotros, innumerables mártires magnánimos, vengo (en la hipótesis para mí más que dudosa, de que fuera factible cualquier experimento convenido entre nosotros) a reclamar de todo su ser la mayor suma de energía y de intrepidez que sea posible esperar de la especie humana. Si su recurso de gracia es rechazado, usted resulta ser, como médico, un sujeto competente por sí mismo en la suprema operación que debe soportar. Su concurso sería, pues, inestimable en una tentativa de... comunicación. Claro está, por más buena voluntad que usted se proponga demostrar, todo parece testimoniar de antemano el resultado más negativo; pero, en fin, con usted (suponiendo siempre que esta experiencia no sea absurda en principio) se ofrece una probabilidad sobre diez mil de iluminar milagrosamente, por así decirlo, la fisiología moderna. La ocasión debe ser pues, aprovechada, y en caso de cambiarse victoriosamente un signo de inteligencia después de la ejecución, usted dejaría un nombre cuya gloria científica borraría para siempre el recuerdo de su flaqueza social.

-¡Ah! -murmuró la Pommerais, pálido, pero con resuelta sonrisa-, ¡ah! Empiezo a comprender... De hecho, los suplicios revelaron los fenómenos de la digestión, dice Michelot. ¿Y... de qué naturaleza sería su experimento? ¿Sacudidas galvánicas? ... ¿Excitación del ciliar? ¿Inyecciones de sangre arterial? ¡Poco concluyente todo eso! -Inútil decir que inmediatamente después de la triste ceremonia sus restos irán a descansar en paz en la tierra, y que no lo tocará uno solo de nuestros escalpelos -continuó Velpeau-. ¡No! ... Pero a la caida de la cuchilla, yo, yo estaré allí, de pie, frente a usted, junto a la máquina. Su cabeza pasará de manos del ejecutor a las mías lo más pronto posible. Y entonces, como el experimento no puede ser serio y concluyente más que por su misma simplicidad, yo le gritaré, muy distintamente, al oído: "Señor Couty de la Pommerais, en recuerdo de lo convenido en vida, ¿puede usted, en este momento, bajar tres veces seguidas el párpado de su ojo derecho manteniendo el otro ojo totalmente abierto? Si, en ese momento, cualesquiera sean las demás contracciones de las facies, usted puede, mediante esa triple guiñada, advertirme que me ha oído y entendido, y probármelo, impresionando así, por un acto de memoria y de voluntad permanentes, su músculo palpebral, su nervio zigomático y su conjuntiva (dominando todo el horror, todo el oleaje de las demás impresiones de su ser), ese hecho bastará para iluminar a la Ciencia y revolucionar nuestras convicciones. Y yo sabré, no to dude, darlo a conocer de manera que, en el futuro, su memoria sea no tanto la de un criminal como la de un héroe.

 Al oír estas insólitas palabras, M. de la Pommerais pareció presa de una conmoción tan profunda que, las pupilas dilatadas fijas en el cirujano, permaneció durante un minuto silencioso y como petrificado. Después, sin decir palabra, se levantó, dio algunos pasos, muy pensativo, y al fin, meneando la cabeza: -La horrible violencia del golpe me arrancará fuera de mí mismo. Realizar tal cosa me parece superior a toda voluntad, a todo esfuerzo humano - dijo-. Además, se dice que las probabilidades de vitalidad no son las mismas en todos los guillotinados. No obstante... vuelva, señor, la mañana de la ejecución. Le contestaré si me presto o no a esa tentativa a la vez espantosa, repelente e ilusoria. Si mi respuesta es negativa, cuento con su discreción para dejar que mi cabeza sangre tranquilamente su postrera vitalidad en el cubo de estaño que ha de recibirla.        

-Hasta pronto, pues, M. de la Pommerais -dijo Velpeau levantándose también-. Reflexione. Ambos se saludaron. Un instante después, el doctor Velpeau abandonaba la celda, el guardia volvia a entrar y el condenado se extendía, resignado, en el lecho de campaña, para dormir o pensar. Cuatro días después, hacia las cinco y media de la mañana, M. Beauquesne, el abate Crozes, B. Claude y M. Potier, escribano de la Corte imperial, entraron en la celda. Despertado, M. de la Pommerais, a la noticia de la hora fatal, se irguió en su asiento muy pálido y se vistió rápidamente. Despues habló diez minutos con el abate Crozes, cuyas visitas ya habia recibido amablemente: bien se sabe que el santo sacerdote estaba dotado de esa unción de inspirado que infunde valor en la última hora. Luego, viendo llegar al doctor Velpeau:

 -He trabajado -dijo-. ¡Mire! Y durante la lectura de la sentencia, mantuvo cerrado el párpado derecho mirando fijo al cirujano con su ójó izquierdo totalmente abierto. Velpeau se inclinó profundamente y luego, volviéndose hacia M. Hendreich, que entraba con sus ayudante, cambió con el ejecutor una rápida señal de inteligencia. La toilette fue breve: se notó que el fenómeno del pelo encaneciendo a ojos vistas bajo las tijeras no se había producido. Una carta de adiós de la esposa del reo, leída en voz baja por el capellán, humedeció sus ojos de lágrimas que el sacerdote enjugó piadosamente con el jirón cortado del cuello de su camisa. Una vez de pie y con la casaca echada sobre los hombros, debieron aflojar las trabas de sus muñecas. Después rehusó el vaso de aguardiente, y la escolta se puso en marcha por el corrector. Al llegar a la puerta, como encontrara en el umbral a su colega: -¡Hasta luego! -le dijo en voz baja-. . . y adiós.

De pronto, las grandes hojas de hierro se entreabrieron y giraron ante él. El viento de la mañana entró en la prisión; amanecía; la gran plaza se extendía a lo lejos, rodeada por un doble cordón de caballería. Enfrente, a diez pasos, en un semicírculo de gendarmes a caballo, que a su aparición desenvainaron los ruidosos sables, se alzaba el cadalso. A cierta distancia, entre los enviados de prensa, algunos se quitaban el sombrero. Allá lejos, detrás de los árboles, se oían los rumores de la multitud, excitada por la noche de espera. Sobre los techos de las fondas, en las ventanas, muchachas disipadas, pálidas, vestidas con sedas chillonas, empuñando aún algunos una botella de champaña, se asomaban en compañías de sombríos trajes negros. En el aire matinal, sobre la plaza, volaban aquí y allá las golondrinas. Sola, llenando el espacio y limitando el cielo, la guillotina parecía prolongar sobre el horizonte la sombra de sus dos brazos erguidos, entre los cuales, muy lejos, allá arriba, en el azul del alba, se veía titilar la última estrella. Ante esta fúnebre visión, el condenado se estremeció; luego se encaminó resueltamente hacia el pasadizo ... Subió los escalones. Ahora  la cuchilla triangular brillaba sobre la negra armazón, velando la estrella. Ya en la plancha fatal, besó, después del crucifijo, el mechón de sus propios cabellos recogido durante la toilette por el abate Crozes, que le rozó con él los labios. -Pareces ella... -dijo. Los cinco personajes se destacaban, en silueta, sobre el cadalso. El silencio se hizo tan profundo en ese instante, que el ruido de una rama rota, lejos, bajo el peso de un curioso, llegó mezclado con gritos y risas odiosas hasta el grupo trágico. Entonces, al dar la hora cuyo último toque no debía escuchar, M. de la Pommerais vio en frente, del otro lado, a su extraño experimentador, quien, posada una mano en la plataforma, lo observaba. Se reconcentro un segundo y cerró los ojos.

Bruscamente, la báscula se movió, cayó el yugo, cedió el botón y el resplandor de la cuchilla pasó. Un choque terrible conmovió la plataforma; los caballos se encabritaron al olor magnético de la sangre, y el eco del ruido vibraba aún cuando ya la cabeza ensangrentada de la víctima palpitaba entre las manos impasibles del cirujano de la Pitié, enrojeciéndole a raudales los dedos, los puños y la ropa. Era un rostro espantoso, horriblemente blanco, con los ojos abiertos y como distraídos, de cejas revueltas, de rictus crispado: los dientes entrechocaban; el mentón, en el extremo del maxilar inferior, había sido interesado. Velpeau se inclinó rápidamente sobre esa cabeza y formulo, en el oído derecho, la pregunta convenida. Firme como era ese hombre, el resultado lo hizo estremecer de una especie de frío terror: el párpado del ojo derecho bajó, mientras el ojo izquierdo, distendido, lo miraba. -¡En el nombre de Dios mismo y de nuestro ser, haga dos veces más esa señal! -gritó, algo trastornado. Las pestañas se separaron, como por un esfuerzo interior, pero el párpado no volvió a levantarse. La cara, de segundo en segundo, se tornaba rígida, helada, inmóvil. Era el fin. El doctor Velpeau devolvió la cabeza muerta a M. Hendreich, quien, reabriendo el cesto, la colocó, como es costumbre, entre las piernas del cuerpo ya inerte. El gran cirujano sumergió sus manos en uno de los cubos destinados al lavado, que ya comenzaba, de la máquina. En torno de él la muchedumbre se deslizaba inquieta, sin reconocerlo. Se enjugó, siempre en silencio. Después, a paso lento, la frente pensativa y grave, se dirigió a su coche, estacionado en el ángulo de la prisión. Cuando subía a él, vio el furgón de la justicia que se alejaba al trote hacia Montparnasse.-

[fuente file:///C:/Users/Usuario/Desktop/Antologia%20del%20cuento%20extra%C3%B1o%2003%20(Rodolfo%20J.%20Walsh).pdf ]

posteado por kalais 25/1/2023 - ch