Sonntag, 17. Juli 2022

Cantos por las libertades... también la de pensar

 

Los pensamientos son libres ¬ canción popular y política

November 24, 2014

 

Die Gedanken sind frei :Un post editado hace tiempo, que hoy reiteramos a pedido de amigos constantes.- (17/7/2022)  

Revolution 1848    Revol 1848 Zupfgeigen 

Acompañemos cantando  https://www.youtube.com/watch?v=YVc0wBLri1A  

Con Milva     https://www.youtube.com/watch?v=8mLiXApfO8s#t=16 

Cuando protestar era peligroso se cantaba  entre líneas:

 Die Gedanken sind frei -                              

 Los pensamientos son libres -

Die Gedanken sind frei                                 

 Los pensamientos son libres

wer kann sie erraten?                                    

 ¿quién puede adivinarlos?

Sie fliegen vorbei                                           

Se pasan volando

wie nächtliche Schatten.                                 

como sombras nocturnas.

Kein Mensch kann sie wissen,                      

 Ninguno puede conocerlos,

kein Jäger erschießen                                     

ningún cazador puede dispararles

mit Pulver oder Blei:                                       

con pólvora o plomo:

Die Gedanken sind frei!                                 

¡Los pensamientos son libres!—

-2.

Ich denke, was ich will                                    

Pienso lo que quiero,

und was mich beglücket,                               

 y aquello que  me hace feliz,

doch alles in der Still                                     

 pero todo en silencio

und wie es sich schicket.                                

y con todo decoro...

Mein Wunsch und Begehren                          

Mis deseos y necesidades,

kann niemand verwehren,                              

nadie puede prohibirlos;

es bleibet dabei:                                            

 así lo reafirmo:

Die Gedanken sind frei!                                

 ¡Los pensamientos son libres!-

-3.

Und sperrt man mich ein                                

Y aunque me encierren,

im finsteren Kerker,                                        

en el calabozo más oscuro,

das alles sind rein                                          

 todo eso será en vano.

vergebliche Werke.

Denn meine Gedanken                                 

 Pues mis pensamientos

zerreißen die Schranken                                

rompen las barreras

und Mauern entzwei:                                     

 y derruyen murallas:

:Die Gedanken sind frei!                                

¡Los pensamientos son libres!

–4.

Drum will ich auf immer                                 

 Por eso quiero rechazar

den Sorgen entsagen,                                 

 para siempre las preocupaciones,

und will mich auch nimmer                             

 y no he de ajetrearme

mit Grillen mehr plagen.                                  

con negras tribulaciones.

Man kann ja im Herzen                                 

  Pues  dentro del corazón

stets lachen und scherzen                             

se puede reír y bromear siempre

und denken dabei:                                         

mientras se piensa:

Die Gedanken sind frei!                                 

¡Los pensamientos son libres!—

-5                                                                          -5

Ich liebe den Wein,                                        

Yo amo el vino

mein Mädchen vor allen,                                

y sobre todo a mi chica,

sie tut mir allein                                              

sólo ella es la que

am besten gefallen.                                        

a mí más me gusta.

Ich bin nicht alleine                                         

Yo no quedo solo

bei meinem Glas Weine,                                 

con mi copa de vino,

mein Mädchen dabei:                                     

mi chica está conmigo:

Die Gedanken sind frei!                                 

¡Los pensamientos son libres!

 Paulskirche bild 1848  Paulskirche 1848

Paulskirche Frankfurt am Main, sede de la 1ª Asamblea Nacional alemana, 1848
Video  https://www.youtube.com/watch?v=toUDrA1qUZo
Mi querido primo Karlheinz,
referido a tu pregunta sobre el estado de las libertades individuales y públicas en nuestra República, no puedo sino confirmar (desde mi punto de vista de ciudadano y burgués) la plena vigencia de las mismas en el marco de la ley fundamental y una selva de reglamentaciones. Algunos sectores no están conformes con la organización económica y social, y debaten sobre métodos para derribarla sin acordar un sistema que la reemplace (prefieren que nadie añore demasiado la “democracia popular”, aunque hagan lo posible para reinstaurarla). En cuanto a los asilantes y otros residentes “invitados”, tienen dificultades culturales para adaptarse y esto genera discriminación. Sin embargo, sólo los más nazis de nuestra población pretenden expulsarlos o algo peor.
Las lentes vigiladoras que muestra el Video adjunto pululan por villorrios, ciudades y carreteras. Las vemos instaladas en comercios, bancos, calles, estaciones de ferrocarril, hospitales, cárceles y mil sitios más. Quizá contribuyan a recaudar dinero por infracciones y a esclarecer algún delito ya cometido. No pertenezco a la policía ni a los servicios de “defensa constitucional” (léase contrainsurgencia), pero dudo de que disuadan a ningún delincuente decidido o ingenioso. Pero el video mismo, desde su diseño de tapa, es una zurda canallada: pretende sugerir que el actual régimen es igual o peor que el nacionalsocialista.
En cuanto al tema de la libertad de opinión y expresión, nadie se queja ni se le ocurre pensar por su cuenta. En respuesta a tu segunda pregunta (¿ todavía se canta Die Gedanken sind frei ?), te diré que muy pocos la recuerdan. Quienes sí lo hacemos, apenas logramos identificarla en los contracompases de sus versiones rockeras. Me alegro de que en tu blog le hayas rendido un homenaje y que se aplique a la enseñanza o difusión de la lengua alemana.                         
Te saluda tu primo Dietrich von Bern

Aunque el autor de este post no deba explicar actos 
ajenos, se ve obligado a aclarar que la "canallada"
aludida supra fue hasta cierto punto enmendada (por 
mano anónima) al haber sido suprimida ahora en la 
cubierta del video original.La misma sigue 
agraviando desde una imagen interior: colores 
republicanos diseñados con estética nazi y el 
remedo de una arenga de Goebbels: Wollt Ihr den 
totalen Krieg? - ch

La carta de mi primo Dietrich, que acabo de traducir, renueva una somera reflexión sobre el destino de ciertos nombres y sus versiones. Comenzando con su propio patronímico, de tan noble prosapia, que tal vez designe a un héroe semilegendario o bien al afamado rey de los ostrogodos que en nuestros manuales de historia se llamaba Teodorico de Verona, jamás oriundo o vecino de Berna pero sí asentado en Ravenna después de haber derrotado a Odoacro en el 493 de la era cristiana.                                                                   No solamente nombres de personas, sino también los de pueblos, sus ciudades y demás creaciones culturales sufrieron cambios en su esencia y composición. Tanto más los versos trasladados de bocas a oídos por los trovadores, de manuscritos a imprentas, de cantantes a músicos, de salones palaciegos a despachos de cancerberos censores. Quizás estemos echando de menos a los “buenos” censores – eclesiásticos y legos – que hacían la vista gorda no solo ante los manuscritos de la Tragicomedia de Calisto y Melibea, sino aun frente a los de Don Francisco Gómez de Quevedo Villegas. Hoy sigue habiéndolos, en mayor número y con escritos menos ilustres para censurar, hasta en la más humilde comisaría de campaña – y nada se diga de las redacciones periodísticas o de recónditas oficinas estatales de “inteligencia”.

Como  casi todos los Volkslieder, también ha corrido esa suerte la canción titulada Die Gedanken sind frei. Muchos han estudiado las variantes introducidas en ella para eludir las tijeras, sin que  hubiese acuerdo en las diversas versiones  ni  se esclarecieran sus motivos exactos. Quizás a las tradicionales estrofas de los inicios trovadorescos, los traviesos y tabernarios estudiantes medievales añadieran otras de tono más picaresco. No todas parecieron agradar al romántico y nacionalista recopilador Hoffmann von Fallersleben, quien en 1841 las dejó en cuatro. Mas una 5ª siempre salía indemne en su paso por  cancioneros y panfletos: era la más “frívola” e ideológicamente neutra, y cambiaba de puesto en el orden estrófico de diferentes repertorios. Si era preciso, la escribían o imprimían como primera estrofa. Recordémosla, aun con variantes:

Ich liebe den Wein,
mein Mädchen vor allen,
diese tut mir allein
am besten gefallen.
Ich sitz nicht alleine
bei einem Glas Weine,
mein Mädchen dabei.
Die Gedanken sind frei.

Era una “estrofa-comodín”, a ratos apta para eludir la vigilancia del censor oficial que había en cada uno de los reinos y principados alemanes. ¡Pobre hombre! Cientos de manuscritos, libelos, panfletos y hojas volantes pasaban a diario bajo su cansada vista. Tal vez los clasificara según los títulos o los primeros versos, aprobando sin más leer aquellos que a primera vislumbre parecieran deleznables o “inofensivos”. Una canción que comenzara así no podía ser peligrosa en plena época de la Aufklärung o Ilustración… Aprobada y pasemos  a la siguiente.

 -o-o-o-

Concluidas las “guerras patrias de liberación” en contra del dominio de Napoléon Bonaparte y afirmadas las viejas dinastías en sus tronos, se reinstaló en Alemania el despotismo de los reyezuelos de opereta, no todos ellos retrógrados ni ignorantes. Pero los rescoldos de la revolución francesa permanecían latentes y de vez en cuando se reavivaban. En 1817 tuvo lugar en cercanías del legendario castillo de Wartburg, otrora refugio de Martin Luther en Turingia, una manifestación política suprarregional de liberales alemanes. Los monarcas, miembros de la “Liga alemana”, sellaron con los Acuerdos de Karlsbad la suerte de ese levantamiento de los “demagogos”. Éstos organizaron otra demostración en 1832, en Hambach,  con demandas de derechos políticos y  unificación nacional. Los colores representativos de estos festejos fueron el negro-rojo-oro, estampados en otros tiempos en los estandartes del viejo Imperio. En la historia de Alemania, ese período anterior a las revoluciones de 1848/49 se denomina “der Vormärz” – o sea la etapa previa al estallido de la insurrección de marzo de 1848.

Durante esa etapa aumentaron las exigencias populares de libertad y nacionalidad; por consiguiente alcanzaron mayor difusión viejas canciones libertarias como Die Gedanken sind frei. La Asamblea nacional, que llegó a reunirse en la Paulskirche de Frankfurt am Main en 1848,  fracasó a raíz de la indecisión política y los recelos recíprocos de las regiones, y ello dio tiempo a los príncipes para rearmarse y resistir el conato. La unidad nacional llegó más tarde, con la lucha armada entre el imperio francés y la Prusia conducida por Bismarck, quien supo conquistarse el apoyo de los demás estados alemanes y erigir así (1871) el primer Reich  unificado. La historia no se detuvo ahí y la canción se siguió cantando, a menudo rebajada a chascarrillo.-

Kalais – pseudónimo anticensura

Wartburg_eisenach1

Die Wartburg, cuna de las libertades alemanas

(Patientez-vous, s’il-vous plait: la página está en instalación)

Samstag, 16. Juli 2022

Paul Valéry: El cementerio marino – traducido y comentado

 No torcer muecas ante traducciones de poesía. Recibirlas como propuestas o desafíos de reinventarlas, aunque que el intento se revele como un placer inútil. (Disculpa de posteador aficionado).- ch

Versión de Gutiérrez Hermosillo https://biblioteca.org.ar/libros/133509.pdf

MonsieurTeste file:///C:/Users/Usuario/Desktop/Teste.pdf (abrir archivo)

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Paul Valéry, poeta

EL CEMENTERIO MARINO en versión de Joaquín Hinojosa http://www.bikondoa.com/imagenes/2017/07/el-cementerio-marino-poema.pdf

Alma mía!, no aspires a una vida inmortal, pero agótala hasta el límite de lo posible. Píndaro, Píticas III

I Este calmo techo, surcado de palomas, Palpita entre los pinos y las tumbas; El exacto sol del mediodía tiñe de fuego El mar, ¡el mar, siempre renovado! ¡Qué recompensa para el pensamiento Contemplar largamente la calma de los dioses! II ¡Qué obra pura de gráciles relámpagos consuma En vario diamante de inaprensible espuma, Y qué paz de él parece desprenderse! Cuando sobre el abismo se detiene el sol, Trabajos puros de una causa eterna, El Tiempo resplandece y el Sueño es saber. III Firme tesoro, sencillo templo de Minerva, Masa de calma y visible reserva, Agua parpadeante, Ojo que en ti guardas Tantos sueños bajo un velo de llamas, ¡Oh mi silencio!… Edificio en el alma, Cúpula dorada con miles de tejas, ¡mi Hogar! IV Templo del Tiempo, que en un suspiro se resume, A este lugar puro asciendo y me acomodo, De mi paisaje marino rodeado; Y como suprema ofrenda mía a los dioses, El sereno resplandor esparce Sobre las alturas un desdén soberano.

V Como la fruta se diluye en goce, Como en delicia su ausencia se convierte En una boca donde su forma muere, Así yo aspiro aquí el humo de mi pira futura, Y el cielo canta al alma consumida En el cambiante rumor de las orillas. VI Hermoso cielo, cielo verdadero, ¡mira mi cambio! Después de tanto orgullo, después de tanta extraña Ociosidad, pero plena de potencia, Me abandono a este brillante espacio; Sobre las casas de los muertos mi sombra pasa Sometiéndome a su tenue movimiento. VII Mi alma, expuesta a las llamas del solsticio, Yo te ofrezco, ¡admirable justicia De la luz de las armas despiadadas! Pura te devuelvo a tu lugar original. ¡Mírate!… Pero devolver la luz Supone dejar en sombras una triste mitad. VIII Para mí solo, en mí solo, en mí mismo, Cerca del corazón, de las fuentes del poema, Entre la nada y la acción pura, Aguardo el eco de mi íntima grandeza, Amarga, sombría y sonora cisterna, ¡Perenne eco en el alma de un oculto futuro! IX ¿Sabes tú, —falso cautivo de la fronda, Húmedo devorador de estas enjutas rejas, Sobre mis ojos cerrados, deslumbrantes secretos—, Qué cuerpo me arrastra a su perezoso fin, Qué frente me atrae a esta ósea tierra? Por un instante pienso en mis ausentes.

X Reservado, sagrado, pleno de un fuego inmaterial, Fracción terrestre ofrendada a la luz, Me fascina este lugar, sometido a las antorchas, Formado de oro, de piedra y de árboles sombríos, Donde tanto mármol tiembla entre tantas sombras; ¡El mar fiel duerme aquí junto a mis tumbas! XI ¡Perra espléndida, aparta lo idólatra! Cuando solitario, con sonrisa de pastor, Apaciento largamente, misteriosos corderos, El blanco rebaño de mis tranquilas tumbas, ¡Aleja de mí las cautas palomas, Los sueños vanos, los ángeles curiosos! XII Llegado aquí, el porvenir es quietud. El nítido insecto rasca la sequedad; Todo está quemado, deshecho, evaporado En no sé qué severa esencia… Borracha de ausencia, la vida es vasta, La amargura es dulce y claro el espíritu. XIII Los escondidos muertos se sienten bien bajo esta tierra Que los abriga y agota su misterio. Mediodía en el cenit, Mediodía inmóvil Que en sí se piensa y se basta a sí mismo… Cabeza plena y diadema perfecta, En ti alienta mi secreto cambio. XIV ¡Sólo a mí me tienes para detener tus temores! ¡Mis culpas, mis dudas, mis contradicciones, Son la mácula de tu gran diamante!… Pero en su noche preñada de mármoles, Un pueblo errante por las raíces de los árboles Por ti ha tomado partido lentamente.

XV Se han fundido en una espesa ausencia, La roja arcilla ha bebido la blanca especie, ¡El don de la vida ha pasado a las flores! ¿Dónde están las frases familiares de los muertos, Su forma de ser, sus peculiares almas? Las larvas hilan en la fuente del llanto. XVI Los agudos gritos de trémulas muchachas , Los ojos, los dientes, los húmedos párpados, El seno seductor que juega con el fuego, La sangre que brilla en los labios que se rinden, La definitiva entrega, los dedos que se defienden, ¡Todo late bajo tierra y todo entra en juego! XVII Y tú, gran alma, ¿esperas un sueño Que no tenga estos mentirosos colores Que a los ojos carnales muestran el oro y las olas? ¿Cantarás aún cuando sólo vapor seas? ¡Todo fluye! Porosa es mi presencia, ¡Y la santa impaciencia también muere! XVIII Escuálida inmortalidad negra y dorada, Consoladora horriblemente laureada, Que de la muerte haces un seno maternal, ¡Bella mentira y piadosa argucia! ¡Quién no conoce, y quién no rechaza Ese cráneo hueco y esa risa eterna! XIX Padres abismales, cabezas deshabitadas, Que bajo el peso de tantas paladas de tierra, Sois tierra y confundís nuestros pasos, El auténtico roedor, el gusano irrefutable No está en vosotros que dormís bajo las losas, ¡Vive en mí y no me abandona!

XX ¿Amor, quizá, u odio a mí mismo? ¡Su secreta dentellada siento tan cercana, Que puede esconderse tras cualquier nombre! ¡Qué importa! ¡Él ve, quiere, sueña, palpa! Gusta de mi carne incluso cuando duermo, ¡Pertenecer a este viviente me mantiene vivo! XXI ¡Zenón! ¡Cruel Zenón! ¡Zenón de Elea! ¡Me has traspasado con tu alada flecha Que vibra y vuela, pero que no vuela! ¡Su sonido me engendra y la flecha me mata! ¡Ah! El sol… ¡Qué sombra de tortuga Sobre el alma, inmóvil Aquiles de veloces pies! XXII ¡No, no!… ¡En pie! ¡Hacia la siguiente etapa! ¡Rompe, cuerpo mío, esta actitud pensativa! ¡Respira, pecho mío, este naciente viento! Una frescura, del mar exhalada, Me devuelve mi alma… ¡Oh salada fuerza! ¡Corramos sobre las olas en un palpitante renacer! XXIII ¡Sí! Mar inmenso cargado de delirios, Piel de pantera y clámide traspasada Por miles y miles de imágenes solares, Hidra absoluta, ebria de tu carne azul, Que te remuerdes la refulgente cola En un tumulto semejante al silencio. XXIV ¡El viento se levanta!… ¡Hay que intentar vivir! ¡El aire inmenso abre y cierra mi libro, Las olas pulverizadas osan surgir entre las rocas! ¡Volad, páginas deslumbradas! ¡Romped, olas! ¡Romped en aguas gozosas Este techo calmo donde picotean los foques!

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La creatividad poética. La práctica simbolista – por Jorge Urrutia Gómez* > https://www.scielo.cl/pdf/atenea/n515/0718-0462-atenea-515-00013.pdf

El estudio de la literatura simbolista –y especialmente de la poesía– nos tiene acostumbrados a elucubraciones históricas, teóricas y descriptivas, más brillantes unas que otras, más repetitivas algunas, que buscan dilucidar el cuándo, el porqué y el para qué de un tipo de tematización y de expresividad. Raramente se plantea lo que, a la hora de la verdad última, constituye la literatura, es decir: la propia escritura, ya sea en el sentido barthesiano, ya en el más terreno y de taller que sería el sentido inmediato y práctico de la elección y la combinación de los términos o de la ordenación de los conceptos. El poema simbolista es sobre todo expresión. No hay modo de resumir su contenido, lo que el poema dice en su superficie y literalidad, tal y como pretenden esos descabellados libros sobre el comentario de textos que hicieron fortuna en la enseñanza a partir de los años sesenta del siglo pasado. El contenido del poema simbolista es el propio poema. Incluso podríamos decir que es el propio poema haciéndose. Claro que, en ocasiones como la que vamos a ver, el poema, junto a otros, va creando un mundo propio, suyo, no del poeta, que cada uno va expresando parcialmente. La referencia, entonces, es ese mundo que en su totalidad nos daría a conocer el libro o la Obra, con mayúscula. En cualquiera de los dos casos, poema, libro u obra exigen que el poeta adopte unas decisiones formales, unas elecciones léxicas, unas opciones sintácticas y, también, unas estrategias simbólicas que manifiestan tácticas metafóricas. Todo esto está mucho más acá de las teorizaciones, las cuales podemos calificar de metafísicas por permanecer más allá y lejos de la acción real de escritura. El resultado de una batalla puede depender de la rapidez con que los soldados cambien el peine gastado del fusil, más que de la genialidad organizativa del general. Así, la teoría del simbolismo llega a hablarnos de la creación de un lenguaje segundo que permita la expresión de la interioridad, gracias a la capacidad sugeridora de la lengua. ¿Pero cómo teorizar lo que sólo es producto de una práctica concreta y pocas veces repetible? Hace años, un profesor de amplio saber y de experiencia quiso llevar a cabo, en una universidad española, una explicación similar a la famosa que Gustave Cohen realizase en la Sorbona de Le cimetière marin. No vuelvo ahora sobre el caso francés, pero sí sobre el español. El profesor, que ha fallecido hace poco, justificaba la razón de una palabra en el poema español comentado y cómo ésta repercutía en la totalidad. Alababa luego la sabiduría del poeta. Éste, modestamente, daba las gracias, pero confesaba que en un borrador había primero escrito otro vocablo, que sustituyó simplemente para evitar una rima interna.

Se podrá argumentar que la experiencia escritora acumulada e interiorizada por el poeta le permitió elegir entre las distintas posibilidades, y esto sin duda es cierto. Pero, de todas formas, ¿cómo teorizar cuándo y por qué mantener o suprimir la rima interna? Y, sobre todo, ¿de qué manera teorizarlo antes?, porque a posteriori resulta mucho más fácil encontrar justificaciones. El famoso verso “un no sé qué que quedan balbuciendo”, del Cántico espiritual, de Juan de la Cruz, es un hallazgo prodigioso. ¿Mas cómo teorizarlo con anterioridad, cómo prever lo que sea un logro y no una cacofonía antiestética? La eliminación de la rima interna o el mantenimiento de la aliteración son ejemplos del modo en que un acto más o menos caprichoso puede organizar un poema durante el proceso de escritura, por encima de las intenciones iniciales del poeta. En el prólogo que Paul Valéry escribiese a la hora de publicarse el comentario de Cohen, pueden leerse algunos argumentos que permiten no extrañarse de la respuesta que diese el poeta español. El autor de El cementerio marino dice tener el recuerdo de mis intentos, de mis tentativas, del desciframiento interior de esas inspiraciones verbales, imperiosísimas, que imponen de repente una determinada combinación de palabras; como si esa agrupación que se nos viene a la mente poseyera no sé qué fuerza intrínseca […] que a veces puede constreñir la mente a desviarla de sus planes y al poema a ser algo totalmente distinto de lo que iba a ser y de lo que se pensaba que debiera ser (Valéry, 1967, pp. 14-15)1 .

 Aún más evidente resulta su comentario sobre lo que quiso hacer, sobre su intención inicial. Esta intención sólo fue al principio una figura rítmica vacía, o llena de sílabas vanas, que me obsesionó durante algún tiempo. Advertí que esa figura era decasílaba, y me hice algunas reflexiones sobre dicha forma, muy poco empleada en la poesía moderna; me parecía pobre y monótona. […] El demonio de la generalización me sugirió el intento de elevar ese Diez a la potencia del Doce, y me propuso una estrofa de seis versos y la idea de una composición basada en el número de esas estrofas y en una diversidad de tonos y funciones. Entre las estrofas, deberían figurar contrastes o correspondencias. Esta última condición pronto exigió que el posible poema fuese un monólogo del “yo”, en el que los temas más sencillos y más constantes de mi vida afectiva e intelectual […] fuesen recordados, tramados, contrapuestos… […] Era preciso que mi verso fuera denso e intensamente rimado. […] El tipo de versos elegido y la forma adoptada para las estrofas me proporcionaban condiciones que favorecían ciertos “movimientos”, que permitían determinados cambios de tono, que reclamaban cierto estilo… El cementerio marino estaba ya concebido (Valéry, 1967, pp. 22-24).

No se refiere Paul Valéry a que su poema se concibiese también temáticamente, sino tan sólo a una forma que arrastraba, o al menos posibilitaba, el contenido. “El cementerio marino”, para su autor, es una estructura rítmico-versal que vehicula unas preocupaciones, una reflexión vital. De producirse un cambio, por ejemplo en el modo de rimar, todo podría ser distinto. Busquemos un ejemplo español. El título Piedra y cielo, de Juan Ramón Jiménez, que corresponde, a mi entender, a uno de los libros más plenamente simbolista de la poesía europea, surge de la oposición tierra/ cielo. Démosles a estas palabras los valores semánticos que queramos, pero siempre prevalecerán los de permanencia, invariabilidad, concreción y dureza, en la primera, y los de evanescencia, ilimitación, variabilidad, inconcreción y penetrabilidad, en la segunda. Además, no puede olvidarse el valor de la oposición del concepto de humanidad y de lo humano frente a la divinidad y lo divino. El sustantivo /piedra/ permite mantener esas oposiciones a la vez que se renueva la de tierra/cielo. Todo lo positivo recaerá sobre el segundo término y, por ello, lo negativo pertenecerá al primero. Ahora bien, lo mismo hubiera sucedido de haberse utilizado, por ejemplo, la palabra /roca/. Si el poeta prefirió /piedra/ se debió, sin duda alguna, a que es palabra asonante con /tierra/. El análisis semántico pierde, pues, gran parte de su importancia por un simple (o poéticamente no tan simple) motivo de sonoridad. Por no hablar de una motivación totalmente externa que también pudo influir: el bohemio reconducido Pedro Barrantes había publicado en 1896 un libro de poesía titulado Tierra y cielo. Un poema simbolista se justifica por la búsqueda de la coherencia interna que no es, como en el caso del poema militante, de origen ideológico o filosófico, sino fundamentalmente estético en un nivel de uso, de escritura, y no teórico. Gastón Bachelard, en La psychanalyse du feu, hablaría de “logique intime” (Bachelard, 1992) y el poeta Yves Bonnefoy comentaría que ello hace que el sujeto tenga aún sentido (véase Pageaux, 1997), pues se autentifica. El sistema de comunicación literario (artístico en general) sabemos que incorpora al sistema clásico ternario –que no entro a discutir ahora– una matización del mensaje que incorpora al qué el cómo. En la poesía, ese cómo puede llegar a cargar con gran parte del qué. Sospechamos que la teoría poética es una ciencia abstracta –lícita y útil, desde luego–, relacionada con la filosofía, en cualquier caso descriptiva, que poco tiene que ver con la práctica de la escritura poética, limitándose sus coincidencias a los aspectos previsibles que ya denunciara Lucien Goldmann al hablar de la novela. La escritura de la poesía simbolista, específicamente, progresa sobre una serie de elecciones inmediatas, unas puramente formales, otras conceptuales, la mayoría de matización del símbolo, pero siempre difícilmente teorizables, algunas de las cuales quisiera intentar mostrar a partir de un puñado inicial (o, si se prefiere, un ramillete) de poemas de Piedra y cielo. No haré comentarios de poemas exentos –algunos hice ya en mis libros Las luces del crepúsculo y Hallar la búsqueda (Urrutia, 2004, y 2013), ambos sobre la gestación e historia de la poesía simbolista española–, sino que buscaré justificar los unos por el necesario y obligado desarrollo de la simbología fijada en otros.

La poética de Juan Ramón Jiménez articula dos universos. El primero es un universo teórico o místico. El segundo es un universo práctico de escritura. Entre ambos se producen interconexiones, promovidas por la escritura, que permiten la existencia de los poemas y, sobre todo, cohesionan la significación. Sin embargo, son universos a la vez autónomos y dependientes que ofrecen al poeta campo para el desarrollo de su práctica definitoria pero que, a la vez, imponen ciertas obligaciones para significar coherentemente. Además, sólo existen por la expresión. La mística surge, precisamente, de que únicamente existen por y para la escritura. El primer universo es el de la poesía, entendida ésta como absolutamente comprensiva. Es la belleza, la verdad, la bondad, la perfección, la luz, el calor, la inmensidad, la eternidad, el todo… Hay, pues, un eco divino en esa concepción. No olvidemos el famoso final de “Oda a una urna griega” de Keats: “Beauty is truth, truth beauty, –that is all / Ye know on earth, and all ye need to know” (La belleza es verdad y la verdad belleza. En la tierra / Eso sólo sabéis, y es cuanto os hace falta)2 . La poesía, a través del proceso de creación, permite que se elabore el poema, pero sólo a través del poema podemos llegar a la poesía. Es una teoría poética, por lo tanto, que surge de la tensión entre la abstracción y la concreción. No voy a entrar en lo que, dentro de la historia de la poesía española, haya de becqueriano en el planteamiento, porque no es mi tema hoy, pero sí subrayo aquello que de temporalidad reversible tiene la idea, sólo resoluble por el proceso de creación, es decir, por la escritura. El poeta, Juan Ramón Jiménez, se ve obligado a tratar todos los aspectos de la problemática que ha concebido para conseguir la comprensión del lector pero, también, para que la fábrica, el edificio, no se desmorone. Si el poeta pretende alcanzar la poesía con y por el poema, pretende integrarse en aquélla, en el todo, sin dejar de estar en éste, la cosa. El poema VII (p. 173 ) de Piedra y cielo expresa ese deseo autodesgarrador sentido a la vez como deseo y como tragedia.

¡Qué inmensa desgarradura la de mi vida en el todo, para estar, con todo yo, en cada cosa: para no dejar de estar, con todo yo, en cada cosa! Naturalmente, con mayor o menor conciencia, es ésta una poética que tiene su propia tradición. Jiménez se referiría a Juan de Cruz y a Bécquer, pero a nadie se le escapa que no pueden dejarse de lado a Novalis o a Rimbaud, a quien consideraba “poeta de primer orden”. Recomienda incluso leer algún poema de Rimbaud para saber “lo que es una cosa bien hecha” (Guerrero Ruiz, 1998, p. 114). Esta referencia a Rimbaud no es extemporánea. Octavio Paz, en Corriente alterna, busca, más que definir, describir la poesía moderna y afirma que “el poeta nombra a las palabras más que a los objetos que éstas designan”, o que “el poeta moderno no dice al mundo sino a la palabra sobre la que el mundo reposa”. Estas frases de Paz resultan algo confusas debido a que utiliza verbos transitivos como intransitivos. Entiendo que en el primer caso quiere afirmar que el poeta nombra las palabras y no los objetos, aunque siempre se pronuncian, se nombran, palabras. Los objetos, en cambio, se designan. En el segundo caso, la comprensión es más complicada porque no es lo mismo decir el mundo, referirlo, que decir al mundo, hablar con él. Debemos entender que el ensayista pretende distinguir entre el uso de las palabras como transparencia del objeto, del uso de la palabra como entidad de algún modo independiente. El ejemplo que proporciona es el conocidísimo inicio del poema “L’Éternité”, de Rimbaud, publicado primeramente en 1872 y recogido, con variantes, al año siguiente, en Une saison en enfer. Elle est retrouvée! Quoi? L’éternité. C’est la mer allée Avec le soleil.

Del ejemplo deduce Octavio Paz que “la poesía moderna es una tentativa por abolir todas las significaciones porque ella misma se presiente como el significado último de la vida y el hombre”4 . Esta afirmación dejaría fuera de lo contemporáneo la propia obra poética del poeta mexicano, pero también a Juan Ramón Jiménez cuando dice, en Eternidades (mantengo la peculiar ortografía del poeta): ¡Intelijencia, dame el nombre exacto de las cosas! … Que mi palabra sea la cosa misma creada por mi alma nuevamente. Porque Juan Ramón sabe que la palabra siempre significa. Frente a la destrucción del verbo o a su invención, a la manera en que actuará Vicente Huidobro en Altazor, prefiere su resignificación a través de un nuevo uso contextual. Así, por ejemplo, la palabra /tarde/ no significa en Juan Ramón Jiménez lo mismo que en la vida normal diaria, pero tampoco lo mismo que en los poemas de Antonio Machado. Que el significado último de la vida pudiera ser la poesía, entendida como plenitud, no implica abolir todas las significaciones, sino graduarlas. Sí acierta, en cambio, Paz, cuando afirma que “el fondo brota de la forma y no a la inversa” (Paz, 2000a, p. 490), aunque esto también habría que matizarlo. Los versos de Rimbaud no son palabras desprovistas de significado, sino una simbolización conceptual de la eternidad como brillo del mar que se confunde con el sol. No es, pues, que las palabras simbolicen la eternidad, sino que la imagen del mar huido, fundido, con el sol, simboliza la eternidad. Rimbaud, en Une saison en enfer introduce el poema advirtiendo que, llegado a la felicidad, olvidaba el cielo azul, que no viene a ser sino vulgaridad, para vivir hecho una “étincelle d’or de la lumière nature”; se sumerge en la eternidad como una chispa dorada de la luz. La poética del Simbolismo español no dejará de coincidir con él. Juan Ramón Jiménez inicia el libro Piedra y cielo con un poema en tres partes titulado, precisamente, “El poema” (p. 11). La primera de ellas se limita a dos versos conocidos por todos: ¡No le toques ya más, que así es la rosa! Sólo contienen estos versos un sustantivo, /rosa/, que pertenece al mundo natural. Otro está elidido y un pronombre lo alude; es el que da título: /poema/. ¿Por qué no debe tocarse más el poema, por qué no resulta conveniente intentar corregirlo de nuevo? Sin duda, porque ha llegado a la máxima perfección posible, como la flor más perfecta es la rosa. Las exclamaciones permiten, además de ofrecer el poema como una exclamación cotidiana de advertencia, dejar en el silencio la situación de enunciación que, concebida con una suerte de teatralidad, debe ocultarse por anecdótica (lo que es habitual en todo el libro). La pureza poética consiste en suprimir la especificación de todo lo que sea anecdótico, histórico. Paul Valéry escribió: “Le roman cherche à donner la vie et moi en quelque sorte je cherche à l’éliminer” (cit. por Chabaud, 1927, p. 54), y Juan Ramón Jiménez hubiera estado de acuerdo en esa diferencia entre novela y poesía, si se entiende por vida cualquier actuación no trascendente. De hecho, Piedra y cielo, que empieza aludiendo al poema, se cierra refiriéndose al libro (poema L, de la tercera parte, p. 144), pues la conjunción de la totalidad de los poemas, de las rosas, deberá haber logrado un libro puro, sin historia, sin anécdota que lo ancle en un momento preciso. A la manera del aleph borgiano (¡con qué atención ha leído Jorge Luis Borges a Juan Ramón Jiménez!), en el libro se da todo en todos los instantes, en todas las edades. Es “uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos, […] el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos” (Borges, 2005, p. 623). Quisiera que mi libro fuese, como es el cielo por la noche, todo verdad presente, sin historia. Que, como él, se diera en cada instante, todo, con todas sus estrellas; sin que niñez, juventud, vejez quitaran ni pusieran encanto a su hermosura inmensa. ¡Temblor, relumbre, música presentes y totales! ¡Temblor, relumbre, música en la frente –cielo del corazón– del libro puro!

Otros poemas estarán dedicados en Piedra y cielo a la rosa. Bajo el título “Rosas” encontramos el XXVI (p. 39), el XLVII (p. 61), el XIV de la segunda parte (p. 88) y el XVII de la tercera (p. 109). En el primero no se cita la palabra, en los otros tres, /rosa/ designa sin duda el poema concluido. Pero no es exactamente el significado simbólico lo que nos interesa ahora, sino lo que arrastra la elección primera que se hiciese. La supresión de lo anecdótico y de lo histórico como transcurrir en el tiempo fija los límites conceptuales del poema. En algunos autores las fronteras son las del propio poema. En otros, como en el caso que nos ocupa de Juan Ramón Jiménez, los límites son los del libro. Él busca, incluso, que las lindes fuesen las de la Obra, y de ahí su obsesión de reescribirla toda, para fijarla en su definitivo pensamiento poético, consciente de la evolución que fue sufriendo, desde el realismo al simbolismo, pasando por el decorativismo parnasiano o modernista. El simbolismo español maniobra con palabras que suelen pertenecer al universo de la naturaleza. Una vez fijada /rosa/ como designación del poema perfecto, y aunque el poeta sería libre de buscar otras simbolizaciones, la escritura continúa por el mismo campo semántico, el léxico floral, a la manera de las alegorías. Por otra parte, si el poeta ha considerado su libro como un conjunto de rosas, debe plantearse, por ejemplo, qué ocurre en el caso de que una planta carezca de flores. La justificación no estará en un mundo exterior experimentado, sino en la interioridad del sistema que va creando, en la voluntad de obtener su coherencia, en su lógica, al fin. Si la planta es una simple mata, conviene arrancarla de raíz, pero esto servirá de inspiración, de riego, y afectará al poeta a través de los sentidos, especialmente la vista. Siguiendo una simbología establecida (por ejemplo en el cuadro de Gustave Moreau titulado La vie de l’Humanité, 1886, a cuya importancia ya me he referido en otras ocasiones), la inspiración llega de madrugada, con el inicio de la luz, el poema se escribe al mediodía, cuando la luz y el calor son más fuertes y la escritura cesa por la noche. De modo que es normal que los futuros soles, la gran fuerza creadora, aparezcan en la madrugada como estrellas. Así surge la segunda parte del primer poema del libro (p. 12): Arranco de raíz la mata, Llena aún del rocío de la aurora. ¡Oh, qué riego de tierra olorosa y mojada, qué lluvia –¡qué ceguera!– de luceros en mi frente, en mis ojos!

Resulta evidente que el tema de la ceguera, motivada por la luz desprendida de la poesía, necesita su propio desarrollo, pero no puedo detenerme en ello ahora. Sin embargo, citaré el poema IV (p. 14), donde el poema se equipara al sol y, en la temporalidad interior a la que me he referido, tarda en escribirse: ¡Cuánto tardas en salir, sol de hoy, sol de hoy! ¡Sal, que me ahogo! ¡Que parece que me están reteniendo el corazón! ¡Sal, que me ahogo! Hemos visto que el poema surge desde el amanecer y puede interpretarse como un regalo del sueño. El poeta, entonces, piensa (poema VI, p. 16) en los pescadores que vuelven con la carga de su pesca nocturna, por lo que la palabra /aurora/ pudiera resultar anfibológica, de no percatarnos del distinto contexto: ¡Entera, en la mañana, cada día, para mí; toda cuerpo y alma –flor cerrada de nuevo con la aurora, con su perfume recojido, barca tornada al puerto con el sol de su pesca nocturna, mar adentro, con su vela plegada–; haciéndose gustosa –entera para mí–, como una reina buena, entre sonrisas olvidadas de la gloria, la donación del sueño!

Si leemos las dos partes del poema por separado, lo entenderemos mejor. La poesía se entrega al poeta cada mañana: ¡Entera, en la mañana, cada día, para mí; toda cuerpo y alma haciéndose gustosa –entera para mí–, como una reina buena, entre sonrisas olvidadas de la gloria, la donación del sueño! Pero la floración desaparece cuando, tras la pesca, el pescador retorna a puerto: –flor cerrada de nuevo con la aurora, con su perfume recojido, barca tornada al puerto con el sol de su pesca nocturna, mar adentro, con su vela plegada–; El poema, cualquier poema, no viene dado graciosamente, sino que hay que descubrirlo, extraerlo, trabajarlo. Incluso cuando, escondido en la tierra como las raíces de la mata, se exige excavarlo, al modo en que lo hace el perro divino del poema L (p. 65). Algún crítico observa que Jiménez pudiera inspirarse para este caso en el famoso poema “The Hound of Heaven” (El lebrel del cielo), de Francis Thompson, pero creo que sólo dejó huella, lejanamente, en el título: “Perro divino”. El poeta (y cuando hablo del poeta me refiero siempre al sujeto de la enunciación poemática), transfigurado en can, escarba la tierra húmeda para buscar el poema oculto: ¡Aquí está! ¡Venid todos! ¡Cavad, cavad! ¡Mis manos echan sangre, y ya no pueden más! ¡Aquí está! ¡Entre la tierra húmeda, qué olor a eternidad! ¡Aquí está! ¡Oíd mi aullido largo contra el sol inmortal! ¡Aquí está! ¡Venid todos! ¡Cavad, cavad, cavad!

Por otra parte, al ser emanación de la poesía, materialización de sus características, el poema es, de algún modo, eterno. Por lo tanto, en aparente contradicción, existe antes de nacer. De la tierra húmeda que lo oculta emana un “olor a eternidad”. El poeta viene obligado a referirse a ello y cierra así las tres partes del poema inicial (p. 13): ¡Canción mía, canta, antes de cantar; da a quien te mire antes de leerte, tu emoción y tu gracia; emánate de ti, fresca y fragante! El poema en tres partes que abre el libro se ha desarrollado de modo inverso al que podría esperarse. Primero trata del poema conseguido. Después se refiere al arranque la escritura. Por último, alude a la pre-escritura. Ello le permite al poema mostrar su aspiración de eternidad y obliga al poeta a introducir el tema de la memoria, denominada siempre “recuerdo”. Al recuerdo y la memoria se dedican seis poemas, más largos de lo habitual, en el principio del libro. Dentro del sistema que se construye, el poema surge de una triple contradicción esencial. Como objeto es presente, como escritura concluida es pasado y como poesía es intemporal o eterno. Además, el poema es fruto del incendio, la plenitud creadora, del poeta y, a la vez, de la máxima luz que es la poesía. El poema VIII (p. 18) resulta muy esclarecedor. Primero se pregunta por el presente del poema que va a ser pasado, recuerdo: Este instante que ya va a ser recuerdo, ¿qué es? Música loca, que trae estos colores que no fueron –pues que fueron– de aquellas tardes de oro, amor y gloria; esta música que va a no ser, ¿qué es? Luego entiende que la razón de ser del poema es cerrarse y salir del presente, prescindiendo del poeta. Como hubiera dicho Roland Barthes, en su ensayo “La mort de l’auteur”, “l’écriture est destruction de toute voix, de toute origine”, es el espacio en el que, además de destruirse la voz originaria, se pierde toda identidad y primeramente la del cuerpo que escribiera (Barthes, 1984, p. 63).

Si el autor está ya lejano, el poema resulta, por lograrse recuerdo, eterno: ¡Instante, sigue, sé recuerdo –recuerdo, tú eres más, porque tú pasas, sin fin, la muerte con tu flecha—, sé recuerdo, conmigo ya lejano! …¡Oh, sí, pasar, pasar, pasar, no ser instante, sino perennidad en el recuerdo! Abolido el tiempo, afirmada la caducidad del instante y del poeta, queda la sospecha contradictoria de que la memoria exige al poeta que la sustente y de que el poema, tan material, se consume en el acto de escritura que lo creó: ¡Memoria inmensa mía, de instantes que pasaron hace siglos; eternidad del alma de la muerte! … Instante, pasa, pasa tú que eres –¡ay!– yo! Este instante, este tú, que va a ser muriendo, ¿qué es? La contradicción la tiene que resolver definitivamente el poeta, so pena de que el libro resulte incomprensible. Esa función la va a cumplir un poema muy importante, cuyo título aclara el significado de Platero y yo y será parodiado por Jorge Luis Borges (¡de nuevo Jorge Luis Borges!) en el capitulito “Borges y yo”, de El hacedor: “Yo y yo”. Me buscas, te me opones, como la imagen del chorro, al chorro, en el espejo de agua. Se unen, sobre la imagen de la fuente verlainiana y machadiana, la poesía y el poema y el poeta reflejado. El agua del chorro viene de una historia sin principio ni fin sólo igualable a la voluntad escritora.

¿Cómo hallaré el camino eterno que da el espejo al alma de mis ojos, si vienes tú del fin de ese camino, con igual fuerza que este afán sin cuna, que, como tú de ti, no sé de dónde de mí salta? Mas el poeta no es el sujeto lírico o, si se prefiere, el poeta no es el hombre. El hombre quisiera, en su fuerza creadora, en su iluminación, fundirse con la poesía a través del poema. Mas sólo el sujeto lírico podrá hacerlo. Por ello, desde esa lucidez máxima, Juan Ramón aclara que él aspira a la fusión mística, pero sabe que es imposible, que no cree en ella más que como recurso literario: Todo, en torno, es de luz. ¡Mas yo no puedo ir a ese sinfín que anhela el alma, por este punto –¡el suyo! – a que me sales tú al encuentro. ¡Ay, fuerza de mi imagen –¡vida! más poderosa que yo, ay! Hemos visto los ocho primeros poemas de Piedra y cielo. Estimo que son suficientes para comprender cuál es el sistema poético que Juan Ramón Jiménez pretende poner en pie y cuál es su posición, como hombre y como poeta, frente a él. Es un sistema que busca justificarse desde dentro y el autor se ve arrastrado a completar las lagunas que pudieran ir surgiendo. No hay una teoría previa, un planteamiento anterior a la propia escritura, sino que ella misma, ladrillo sobre ladrillo, verso tras verso, término tras término, va componiendo la fábrica forzada por sus propias necesidades simbólicas. Dice el diccionario que “Fábrica” es cualquier construcción hecha con piedra o ladrillo y argamasa. Más específicamente, se designa con esa palabra a cualquier edificio. Sebastián de Covarrubias explicaba, en 1611, que “las perfecciones de la fábrica consisten en que sea bien trazada, dispuesta, plantada, bien correspondida, desenfadada, proporcionada en sus perfiles, maciza, trabajada y acudida”. Eso es lo que Juan Ramón Jiménez realiza, obtener con ladrillos simbólicos una hermosa fábrica que se elevase desde la piedra hasta el cielo.- https://www.scielo.cl/pdf/atenea/n515/0718-0462-atenea-515-00013.pdf

Freitag, 15. Juli 2022

Femme fatale: Lilith, Herodías, versiones de Mallarmé, Wilde y Flaubert

Salomé, Herodías y Herodes

 HERODÍAS: LA OLVIDADA FEMME FATALE: por Alicia ROMERO LÓPEZ

… … Los rasgos que podemos extraer como originarios para la caracterización de la femme fatale, serían: mujer de fuerte personalidad, indomable, incluso que llega a atentar contra el orden establecido, ya sea divino o humano; que tiene relación con entes demoníacos, bien considerándola como parte de esa estirpe, bien atendiendo al mito en el que la mujer tiene relaciones carnales con dichos seres, por lo que la lujuria, entendida como deseo sexual no mesurado, también será una de sus características; mujer que atenta contra el orden natural, pues no adopta el rol de madre-esposa, sino que se rebela contra ello y por último la belleza extrema, con el cabello como elemento seductor más poderoso. Consideramos estas características como las bases fundamentales de la idea de femme fatale que se irá desarrollando a lo largo del tiempo, y que como se ha visto, tiene su origen en la figura de Lilith. Durante la Edad Media, época caracterizada por una fuerte sacralización de la vida cotidiana, se culpaba al Demonio de todos los fenómenos inexplicables y poco a poco, esta figura, va a relacionarse cada vez más íntimamente con la de la mujer, a la que se le consideraba lasciva, en contraposición a la no-mujer, es decir, a la figura de María. El desprestigio de la mujer fue tal que se llegó a demonizar incluso la menstruación, ya que convertía a la mujer en algo impuro3 , idea que encontramos ya en el Levítico: “La mujer que tiene el flujo, el flujo de sangre de su cuerpo, permanecerá en su impureza por espacio de siete días. Y quien la toque será impuro hasta la tarde. Todo aquello sobre lo que se acueste durante su impureza quedará impuro; y todo aquello sobre lo que se siente quedará impuro” (Lev. 15, 19-20). El hecho de demonizar a la mujer constituía una forma de sustentar el orden establecido, en el que religiosos –hombres, no olvidemos que hubo movimientos transgresores dentro de las comunidades de religiosas– y gobernantes regían sin tener que enfrentarse a las mujeres como grupo social activo.


En los Evangelios de Mateo y Marco se nos dice que Herodes que había escuchado noticias de Jesús se preguntaba quién sería aquel que ostentaba tanta fama. Herodes alega que es Juan el Bautista resucitado, ya que él le mandó decapitar, introduciendo así la historia de cómo ocurrieron los hechos: Mas llegado el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó en medio de todos, gustando tanto a Herodes, que éste le prometió bajo juramento darle lo que pidiese. Ella, instigada por su madre, «dame aquí, dijo, en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista». Entristecióse el rey, pero, a causa del juramento y de los comensales, ordenó que se le diese, y envió a decapitar a Juan en la cárcel. Su cabeza fue traída en una bandeja y entregada a la muchacha, la cual se la llevó a su madre (Mateo 14, 6-11). En este fragmento se observa que aunque Salomé es la que pide la cabeza de Juan el Bautista, esta lo hace instigada por su madre, Herodías, señalando así a esta última como la principal causante de la muerte del Bautista. En el Evangelio de Marcos se relata la historia más detalladamente: Herodías quería decapitar a Juan el Baustista porque la había difamado por haber abandonado a su marido y haberse casado con el hermano de este, denunciando así una relación prohibida o ilícita. - Es que Herodes era el que había enviado a prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano.» Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, […] Y llegó el día oportuno, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea. Entró la hija de la misma Herodías, danzó, y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces, dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras y te lo daré.» Y le juró: «Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino.» Salió la muchacha y preguntó a su madre: «¿Qué voy a pedir?» Y ella le dijo: «La cabeza de Juan el Bautista.» Entrando al punto apresuradamente adonde estaba el rey, le pidió: «Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista» (Marcos 6, 17-25).


Herodías aparece en innumerables pasajes en la literatura medieval , sin embargo, aquí nos centraremos en algunas obras del siglo XIX, debido a que es en este siglo cuando muchos autores recogen leyendas, mitos y textos de las tradiciones populares para recrear determinadas figuras femeninas, estableciendo así las características de la femme fatale… Lo único que estrictamente se sabe es que [Salomé] sedujo a Herodes y obedeció dócilmente a su madre, que deseaba vengarse de Juan el Bautista. Porque la verdadera femme fatale de la historia es Herodías, no Salomé, quien solo es una pequeña virgen exhibida impúdicamente por una madre incestuosa. […] En una simbiosis del carácter dominador y vengativo de la madre, la hija, en el período medieval, se funde y se confunde con aquella, para convertirse en los últimos años del siglo XIX en un ser lujurioso y letal (Bornay, 1999: 193).
En la obra Atta Troll (1843) de Heine, la figura de Herodías aparece en todo su esplendor como representante de la femme fatale. El protagonista de la historia ve pasar, desde la ventana de la cueva de la bruja Urraca, una comitiva de espectros, entre los que se encuentran autoridades como Goethe o Shakespeare. Sin embargo, en medio del cortejo destacan tres figuras de mujer: Diana, el hada Abundia y Herodías, de la que se dice: […] ¿También era una diablesa como las dos anteriores? Si era diablo o ángel, no lo sé. Con las mujeres ¿sabe alguien dónde acaba el ángel y empieza el diablo? (Heine, 2011: 157).
Como se puede observar Herodías amaba a Juan el Bautista y es ese amor el que le lleva a pedir su cabeza, hecho que no aparece en la Biblia, ya que el deseo de matarle está asociado con las injurias que el Bautista vierte sobre ella. Salomé no aparece, no es ella la que demanda la decapitación del Bautista, sino que es Herodías la protagonista completa de la historia. Se ha de señalar también la pasión desenfrenada de la mujer por su amante, al que besa todas las noches. Esta imagen es una de las más significativas, representa por un lado el deseo de Herodías, la lujuria, y por otro el triunfo de la mujer sobre el hombre: si en vida no pudo tenerle, le posee eternamente en la muerte.
…En la obra Hérodiade (1864-1898) de Mallarmé no encontramos esa predominancia de la figura de Herodías, sino que asistimos a una simbiosis entre las figuras de la madre y la hija, pues las voces de las dos mujeres se superponen; se menciona a Herodías y no a Salomé, y la escena final del baile está puesta en boca de la madre, creando así una imagen confusa de las dos mujeres. En esta obra Herodías es descrita como una mujer fría y virginal, de gran belleza, cuyos únicos sentimientos se despiertan a través de la mirada de Juan el Bautista, pero al no ser correspondida solo la muerte de este podrá satisfacerla. Es presentada como una mujer independiente y autosuficiente: “Oui, c’est pour moi, pour moi, que je fleuris, déserte!” (Mallarmé 2006: 52), que vive por y para ella: N[ourrice]. […] Et pour qui, dévorée D’angoisse, gardez-vous la splendeur ignorée Et le mystère vain de votre être? H[érodiade]. Pour moi (Mallarmé 2006: 48-50 –
La decapitación del hombre impone el triunfo de la mujer sobre este, pero en el poema de Mallarmé se va más allá, pues Herodías besa los labios inertes del Bautista, al igual que en el texto de Hein, consiguiendo no solo su muerte, sino dar rienda suelta a su deseo, imponiéndose doblemente a él. La sangre también juega un papel de gran importancia, pues es con la sangre del Bautista con la que mancha Herodías su cuerpo, sus piernas: Par un pire baiser L’horreur de préciser Tien et précipité de quelque altier vertige Ensuite pour couler tout le long de ma tige Vers quelque ciel portant mes destins avilis L’inexplicable sang déshonorant le lys À jamais renversé de l’une ou l’autre jambe flambe assassin Le métal commandé précieux du bassin Naguère où reposât un trop inerte reste Peut selon le suspens encore par mon geste Changeant en nonchaloir Verser son fardeau avant de choir Parmi j’ignore quelle étrangère tuerie Soleil qui m’a mûrie Comme à défaut du lustre éclairant le ballet Abstraite intrusion en ma vie, il fallait La hantise soudain quelconque d’une face Pour que je m’entr’ouvrisse et reine triomphasse (Mallarmé, 2006: 62).


Esta imagen puede ser entendida como una representación simbólica del desvirgamiento de la protagonista, lo que no ha conseguido en vida lo consigue en la muerte, y por otro lado como representación de la menstruación, la sangre corre entre sus piernas, como otro símbolo del perder la virginidad. Consideramos muy interesantes estas imágenes en tanto que la figura de la mujer en ningún momento queda supeditada a la del hombre, sino que al contrario ella es la subyugadora. Es esta una de las características más importantes que describen a la femme fatale, la capacidad de independencia, en este caso, unida al saberse bella, seductora y conseguir que decapiten a aquel que la rechazó. Este texto de Mallarmé es uno de los que más vigorosamente proyectan esta imagen de Herodías. La otra característica explotada en el texto es la de la belleza y la seducción representadas a través de la imagen del cabello de la mujer: Le blond torrent de mes cheveux immaculés, Quand il baigne mon corps solitaire le glace D’horreur et mes cheveux que la lumière enlace Sont immortels […] (Mallarmé 2006: 40).
Herodías es presentada como una mujer seductora, que ha llevado al incesto a Herodes, pero sobre todo ambiciosa: “Elle songeait aussi que le Tétrarque, cédant à l’opinion, s’aviserait peut-être de la répudier. Alors tout serait perdu ! Depuis son enfance, elle nourrissait le rêve d’un grand empire. C’était pour y atteindre que, délaissant son premier époux, elle s’était jointe à celui-là, qui l’avait dupée, pensait-elle” (Flaubert, 1983: 108). Es esta una descripción que intenta ser negativa, pues Herodías parece haber cedido al deseo de Herodes tan solo por el ansia de poder. Sin embargo, consideramos que es una afirmación de sí misma como mujer poderosa, la cual ha conseguido hacerse un hueco en un mundo de hombres y a la cual incluso temen, pues el procónsul dice: “elle lui parut dangereuse” (Flaubert, 1983: 113) y si Herodes no mata a Iaokanann es por miedo, entre otras cosas, a ella: “Il craignait Hérodias, Mannaeï et l’inconnu” (Flaubert, 1983: 111). Por lo que nos encontramos a una mujer dueña de sí misma, fuerte, a la que los hombres temen, es decir, se perfila la imagen de la femme fatale. Sin embargo, sí hay algo que aflige a Herodías, que le hace palidecer: Iaokanann, la calumnia e insulta por su matrimonio incestuoso con Herodes: Et elle redit son humiliation, un jour qu’elle allait vers Galaad, pour la récolte du baume. «–Des gens, au bord du fleuve, remettaient leurs habits. Sur un monticule, à côté, un homme parlait. Il avait une peau de chameau autour des reins, et sa tête ressemblait à celle d’un lion. Dès qu’il m’aperçut, il cracha sur moi toutes les malédictions des prophètes. Ses prunelles flamboyaient, sa voix rugissait; il levait les bras, comme pour arracher le tonnerre. Impossible de fuir ! les roues de mon char avaient du sable jusqu’aux essieux; et je m’éloignais lentement, m’abritant sous mon manteau, glacée par ces injures qui tombaient comme une pluie d’orage». / Iaokanann l’empêchait de vivre. […] pourquoi sa guerre contre elle? Quel intérêt le poussait? Ses discours, criés à des foules, ’étaient répandus, circulaient; elle les entendait partout, ils emplissaient l’air. Contre des légions, elle aurait eu de la bravoure. Mais cette force plus pernicieuse que les glaives, et qu’on ne pouvait saisir, était stupéfiante; et elle parcourait la terrasse, blêmie par sa colère, manquant de mots pour exprimer ce qui l’étouffait (Flaubert, 1983: 107-108). Este fragmento recuerda en muchos aspectos al Evangelio de Marcos, sin embargo, la recreación de Flaubert es mucho más compleja, sobre todo, por la faceta psicológica que nos presenta de Herodías, esa mujer que no teme a nadie ni nada se ve acorralada por un predicador. Los insultos se repiten a lo largo del relato, es lapidada de palabra, insultada por adúltera, la crítica misógina queda patente cuando nos percatamos de que estas injurias solo recaen en la mujer y no en Herodes: […] et les cailloux manqueront pour lapider l’adultère! […] Étale-toi dans la poussière, fille de Babylone! Fais moudre la farine! Ôte ta ceinture, détache ton soulier, trousse-toi, passe les fleuves! ta honte sera découverte, ton opprobre sera vu! tes sanglots te briseront les dents! L’Éternel exècre la puanteur de tes crimes! Maudite! maudite! Crève comme une chienne! (Flaubert, 1983: 125).


El final de la historia narra un festín celebrado en el palacio de Herodes, mientras se debate sobre el Bautista y demás asuntos políticos, aparece una bella joven que comienza a bailar. El tetrarca al verla queda como sumido en un sueño, maravillado, y es en este momento cuando nos encontramos con la clave a la obra y de la interpretación de la figura de Herodías: “Ce n’était pas une vision. Elle avait fait instruire, loin de Machaerous, Salomé sa fille, que le Tétrarque aimerait; et l’idée était bonne. Elle en était sûre, maintenant!” (Flaubert, 1983: 141). Esta afirmación de Herodías nos hace ver que la idea del baile, y lo que ocurrirá a continuación, ha sido suya, por lo que aun siendo Salomé la bailarina, es Herodías la perpetradora del posterior crimen.
Para concluir solo queremos mencionar brevemente la obra Salome (1891) de Oscar Wilde. En este texto la figura de Herodías prácticamente carece de importancia, toda la acción dramática recae en su hija Salomé. Herodías es injuriada por el Bautista: “IOKANAAN. Où est celle qui ayant vu des hommes peints sur la muraille, des images de Chaldéens tracées avec des couleurs, s’est laissée emporter à la concupiscence de ses yeux, et a envoyé des ambassadeurs en Chaldée?” (Wilde, 1917: 31), pero ahí parece quedar toda la relevancia de la misma en el texto. Salomé será la que se enamore de Juan el Bautista, la que por su propia voluntad baile ante Herodes, la que pida la cabeza del Bautista en una bandeja y la que bese su boca muerta: “Ah! j’ai baise ta bouche, Iokanaan, j’ai baise ta bouche” (Wilde 1917: 102). Herodías responde en todo caso a la figura antagonista de Salomé, pues es presentada como una mujer dolida por los insultos que tanto el Bautista como Herodes (que la llama “stérile” (Wilde, 1917:48)) vierten contra ella, pero que no toma ninguna medida para detenerlos, e insegura, pues tiene celos hasta de su propia hija.
Como hemos visto, los mitos de mujer fatal tentadora abundan desde la Antigüedad Clásica y, siendo Herodías una de las mejores representantes de los mismos, consideramos que la importancia que se le ha dado es escasa. Es un personaje relevante tanto en los Evangelios como en la obra histórica de Flavio Josefo, sin embargo, consideramos de gran relevancia que en la obra Gospel of the Witches se la relacione directamente con Diana y Lucifer. Es a través de esta relación como hemos sentado las bases directas de la mujer con lo demoníaco, elemento importantísimo, sobre todo en la Edad Media, para caracterizar a las “mujeres no-naturales”, es decir, las que no respondían a las características de la Virgen María. Este vínculo nos permitió acercarnos, con cierta seguridad, al estudio de Herodías como prototipo de la femme fatale. La obra de Heine, Atta Troll, no hace más que afirmar esta idea, pues en ella vemos a una mujer que consigue lo que quiere: tener entre sus brazos a su amado y besarle. La obra de Mallarmé, Herodiade, difumina un tanto la figura de Herodías al entremezclarla con la de su hija Salomé, quitándole el protagonismo que le otorgaba Heine. Sin embargo, Flaubert, en su Hérodias, recupera su importancia y hace que Salomé parezca una joven ingenua a las órdenes de su madre. Por último, la obra Salomé de Wilde convierte a la hija en una verdadera representante de la femme fatale, mientras que la madre queda marcada negativamente. Como se observa, la figura de Herodías como símbolo de la femme fatale palidece a lo largo del XIX, y a partir de la obra de Wilde queda eclipsada por Salomé.-


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HERODÍAS – por Gustave Flaubert  (selección de pasajes con fin ilustrativo)


… Una mañana, antes de que amaneciera, el tetrarca Herodes Antipas fue a acodarse en la balaustrada y a observar… Antipas reconoció lo que temía ver: pardas tiendas de campaña dispersas, soldados con lanzas que circulaban entre los caballos y fogatas que al extinguirse brillaban como chispas a ras del suelo. Eran las tropas del rey de los árabes, a la hija del cual había repudiado para tomar a Herodías, casada con uno de sus hermanos que vivía en Italia sin pretensiones al poder. Antipas esperaba la ayuda de los romanos, y como Vitelio, gobernador de Siria, tardaba en presentarse, le roía la inquietud. ¿Acaso Agripa le había desprestigiado ante el emperador? Filipo, su tercer hermano, soberano de la Betania, se armaba clandestinamente. Los judíos rechazaban sus costumbres idólatras, y todos los otros su dominación, de modo que vacilaba entre dos proyectos: apaciguar a los árabes o concluir una alianza con los partos; y con el pretexto de festejar su cumpleaños había invitado a un gran festín que se realizaría ese mismo día a los jefes de sus tropas, los administradores de sus campos y los notables de Galilea. Registró con mirada penetrante todos los caminos. Estaban desiertos. Unas águilas volaban sobre su cabeza; los soldados dormían apoyados en las paredes a lo largo de la muralla, y nada se movía en el castillo. De pronto una voz lejana, como salida de las profundidades de la tierra, hizo palidecer al tetrarca. Se inclinó para escucharla, pero había callado. Se la oyó de nuevo, no obstante, y entonces Herodes dio unas palmadas y gritó: -¡Mannaei! ¡Mannaei! Se presentó un hombre desnudo hasta la cintura, como los masajistas de los baños. Era muy alto, viejo, flaco, y llevaba al costado un cuchillo en una vaina de bronce. Su cabellera, levantada por una peineta, exageraba la longitud de su frente. Cierta somnolencia le empalidecía los ojos, pero le brillaban los dientes y sus pies se posaban suavemente en las losas; todo su cuerpo tenía la agilidad de un mono, y su rostro la impasibilidad de una momia. -¿Dónde está él? -preguntó el tetrarca. Mannaei contestó, señalando con el pulgar un objeto situado detrás de ellos: -Allí, como siempre. -Me había parecido oírle.
Y Antipas, después de respirar ampliamente, se informó acerca de Iaokanann, al que los latinos llaman San Juan Bautista. ¿Se había vuelto a ver a los dos hombres admitidos por indulgencia en su calabozo el mes anterior y se había averiguado qué habían ido a hacer? 

Mannaei contestó: --Cambiaron con él palabras misteriosas, como hacen los ladrones por la noche en las encrucijadas de los caminos. Luego se dirigieron a la Alta Galilea, anunciando que llevaban una gran noticia. Antipas bajó la cabeza, y luego, en tono de espanto, dijo: -¡Vigílalo! ¡Vigílalo! ¡Y no dejes entrar a nadie! ¡Cierra bien la puerta! ¡Cubre el foso! ¡Ni siquiera deben sospechar que vive! Sin haber recibido esas órdenes, Mannaei ya las cumplía, pues Iaokanann era judío y él execraba a los judíos como todos los samaritanos. Su templo de Garizim, destinado por Moisés para ser el centro de Israel, no existía ya desde el reinado de Hircano, y el de Jerusalén les enfurecía como un ultraje y una injusticia permanentes. Mannaei se había introducido en él para mancillar el altar con huesos de muertos. Sus compañeros, menos rápidos, habían sido decapitados. Lo vio entre dos colinas. El sol hacía resplandecer sus muros de mármol blanco y las láminas de oro de su techumbre. Parecía una montaña luminosa, algo sobrehumano que aplastaba todo con su opulencia y su orgullo. Mannaei extendió el brazo hacia Sión, y con el cuerpo erguido, la cabeza hacia atrás y los puños cerrados, le lanzó un anatema, creyendo que las palabras tenían un poder efectivo. Antipas le escuchaba sin que pareciera escandalizado. El samaritano añadió: -A veces se agita, desearía huir y espera la liberación. Otras veces tiene el aspecto tranquilo de un animal enfermo, o bien lo veo caminar en la oscuridad repitiendo: 11 "¿Qué importa? Para que él crezca yo tengo que empequeñecerme". Antipas y Mannaei se miraron. Pero el tetrarca estaba cansado de reflexionar…


… Alguien le tocó. Se volvió. Herodías estaba erguida delante de él. Una toga de púrpura liviana la cubría hasta las sandalias. Como había salido precipitadamente de su habitación, no llevaba collares ni zarcillos. Una trenza de su cabello negro le caía sobre el brazo y su extremo se hundía entre los senos. Le palpitaban las aletas de la nariz, le iluminaba el rostro un júbilo triunfal, y dijo con voz fuerte, sacudiendo al tetrarca: -César nos ama. Agripa está preso. -¿Quién te lo ha dicho? -¡Lo sé! Y agregó: -Es por haber deseado el imperio para Cayo. Aunque vivía de sus limosnas, había intrigado para obtener el título de rey, que también ellos ambicionaban. Pero en el porvenir nada había que temer… Herodías expuso su plan: los clientes comprados, las cartas descubiertas, espías en todas las puertas y cómo había conseguido seducir a Eutiques, el delator. -¡Nada me costaba! ¿No he hecho más por ti? ... ¡He abandonado a mi hija! Después de su divorcio había dejado en Roma a aquella niña, con la esperanza de tener otros hijos del tetrarca. Nunca hablaba de ello, y Antipas se preguntó a qué se debía ese enternecimiento. Habían desplegado el toldo y colocado rápidamente grandes almohadones cerca de ellos. Herodías se sentó y lloró vuelta de espaldas. Luego se pasó la mano por los ojos, dijo que no quería seguir pensando en aquello, que se consideraba dichosa, y recordó a Antipas sus conversaciones en el atrio, sus encuentros en las termas, sus paseos a lo largo de la Vía Sacra y los anocheceres en las grandes quintas de recreo, entre el murmullo de los surtidores, bajo arcos de flores, ante la campiña romana. Lo miraba como en otro tiempo, restregándose contra su pecho y con gestos mimosos. El la rechazó. ¡Estaba ya tan lejos el amor que ella trataba de reanimar! Y todas sus desdichas se derivaban de ello, pues la guerra continuaba desde hacía casi doce años. Había envejecido al tetrarca. Sus hombros se encorvaban bajo una toga oscura con ribete violeta, su cabello blanco se mezclaba con la barba, y los rayos del sol que atravesaban el velo iluminaban su frente apesadumbrada. La' de Herodías también tenía arrugas; y el uno frente al otro se contemplaban con gesto huraño…


…Pero en el fondo de la azotea, a la izquierda, apareció un esenio con túnica blanca, descalzo y de aspecto estoico. Mannaei, desde la derecha, se abalanzó hacia él levantando el cuchillo. Herodías le gritó: -¡Mátale! -¡Detente! -ordenó el tetrarca. Mannaei se quedó inmóvil, y el otro también. Luego, los dos se retiraron, cada uno por una escalera distinta, andando hacia atrás y sin perderse de vista. -Yo lo conozco -dijo Herodías-. Se llama Fanuel y trata de ver a laokanann, porque tú te obcecas en conservarlo. Antipas objetó que podría ser útil algún día. Sus imprecaciones contra Jerusalén ganaban para ellos la buena voluntad de los demás judíos. -¡No! -replicó Herodías-. Aceptan todos los amos y no son capaces de crear una patria. En cuanto al que agitaba al pueblo con esperanzas mantenidas desde Nehemías, la mejor política consistía en suprimirlo. Nada apremiaba, según el tetrarca. ¿Laokanann peligroso? ¡Vamos! Y simulaba tomarlo a risa… ¡Calla! -ordenó. Ella recordó su humillación un día que iba a Galaad para la cosecha del bálsamo: -La gente volvía a vestirse a la orilla del río. En un montículo cercano hablaba un hombre. Tenía una piel de camello alrededor de la cintura y su cabeza parecía la de un león. En cuanto me vio escupió sobre mí todas las maldiciones de los profetas. Sus ojos llameaban, su voz rugía y alzaba los brazos como para arrancar el trueno. ¡Era imposible huir! Las ruedas de mi carro tenían arena hasta en los ejes, y tuve que alejarme lentamente, envuelta en mi manto, helada por aquellas injurias que caían sobre mí como lluvia de tempestad. Iaokanann le impedía vivir. Cuando lo prendieron y ataron con cuerdas, los soldados tenían orden de apuñalarlo si se resistía, pero se mostró dócil. Pusieron serpientes en su prisión, pero murieron. La inanidad de esas tentativas exasperaba a Herodías. Además, ¿por qué le hacía la guerra? ¿Qué interés lo impulsaba? Sus discursos, gritados a las multitudes, se difundían, circulaban, los oía en todas partes, llenaban el aire.


…Herodías sintió que hervía en sus venas la sangre de los sacerdotes y reyes antepasados suyos. -¡Pero tu abuelo barría el tempo de Ascalón! ¡Y los otros eran pastores, bandidos, conductores de caravanas, una horda tributaria de Judá desde el reinado de David! ¡Todos mis antepasados vencieron a los tuyos! ¡El primero de los Macabeos os arrojó de Hebrón, e Hircano os obligó a circuncidaros! Y, exhalando el desprecio de la patricia por el plebeyo, el odio de Jacob contra Esaú, le reprochó su indiferencia ante los ultrajes, su debilidad con los fariseos que lo traicionaban, su cobardía con la gente que la detestaba. -¡Eres como ellos, confiésalo! Y echas de menos a la muchacha árabe que danza alrededor de las piedras. ¡Vuelve a tomarla! ¡Vete a vivir con ella en su casa de tela! ¡Devora su pan cocido bajo la ceniza! ¡Traga la leche cuajada de sus ovejas! ¡Besa sus mejillas cárdenas! ¡Y olvídame! El tetrarca no escuchaba ya. Miraba la azotea de una casa, donde estaban una muchacha y una anciana que tenía una sombrilla con mango de bambú, largo como la caña de un pescador. En medio de la alfombra se hallaba abierta una gran canasta de viaje. De ella desbordaban confusamente ceñidores, velos y arracadas de piedras preciosas. La joven se inclinaba de vez en cuando sobre aquellas cosas y las sacudía en el aire. Vestía como las romanas una túnica rizada y un peplo con borlas de esmeralda; correas azules le sujetaban la cabellera, sin duda demasiado pesada, porque de cuando en cuando se llevaba la mano a ella. La sombra del quitasol se paseaba sobre la muchacha y la ocultaba a medias. Antipas vio dos o tres veces su cuello delicado, el rabillo de un ojo, la comisura de una boquita. Pero podía ver bien desde las caderas hasta la nuca todo su talle, que se inclinaba para volver a enderezarse de una manera elástica. Espiaba la repetición de ese movimiento, y su respiración se hacía más fuerte y se encendían llamas en sus ojos. Herodías lo observaba. ¿Quién es ella? -preguntó Antipas. Herodías respondió que no lo sabía, y se fue, aplacada de pronto…


…Antipas cruzó toda la sala y se acostó en el lecho. Fanuel, de pie, levantó el brazo y en actitud inspirada dijo: -El Altísimo envía en ocasiones a uno de sus hijos. laokanann es uno de ellos. Si lo oprimes, serás castigado. -¡Es él quien me persigue! --exclamó Antipas-. Me exigió una acción imposible, y desde entonces me desgarra. Y yo no era duro al comienzo. Incluso ha enviado desde Machaerus hombres que agitan mis provincias. ¡Maldito sea! ¡Puesto que me ataca, me defiendo! -Sus iras son demasiado violentas -replicó Fanuel-. Pero no importa. Hay que ponerlo en libertad. -¡No se suelta a las fieras! -dijo el tetrarca. El esenio replicó: -No te preocupes. Irá a predicar entre los árabes, los galos y los escitas. ¡Su misión debe extenderse hasta el extremo de la tierra! Antipas pareció abstraerse en una visión. -Su poder es grande. ¡A mi pesar, le amo! - Entonces, ¿quedará en libertad? El tetrarca movió la cabeza negativamente. Temía a Herodías, a Mannaei y a lo desconocido. Fanuel trató de convencerle, alegando, como garantía de sus proyectos, la sumisión de los esenios a los reyes. Se respetaba a aquellos hombres pobres, indomables por me dio de los suplicios, vestidos de lino y que leían el porvenir en las estrellas…
… Rodelas de bronce desparramadas en el pavimento cubrían las cisternas. Vitelio observó una mayor que las otras y que no sonaba como ellas al pisarla. Fue golpeando todas alternativamente, y luego gritó, pataleando: -¡Lo encontré! ¡Lo encontré! ¡Aquí está el tesoro de Herodes! La búsqueda de esos tesoros era una manía de los romanos. El tetrarca juró que no existían. ¿Pero qué había allí debajo? -Nada. Un hombre, un preso. -¡Muéstralo! --ordenó Vitelio. El tetrarca no obedeció, alegando que los judíos conocerían su secreto. Su resistencia impacientó a Vitelio. -¡Abrid eso! -gritó a los lictores. Mannaei adivinó lo que querían hacer. Al ver un hacha, creyó que iban a decapitar a laokanann y detuvo al lictor cuando dio el primer golpe en la rodela. Luego introdujo entre ella y el piso una especie de gancho, estiró los largos brazos delgados, la levantó suavemente y la retiró. Todos admiraron la fuerza de aquel anciano. Bajo la doble cubierta de madera había una trampa de la misma dimensión. De un puñetazo separó las dos mitades y apareció un agujero, un foso enorme al que rodeaba una escalera sin barandilla. Y los que se inclinaron en el borde vieron en el fondo algo vago y espantoso. Un ser humano estaba acostado en el suelo bajo una larga cabellera que se confundía con las pieles de animal que le cubrían la espalda. Se levantó. Su frente tocaba una reja empotrada horizontalmente, y de cuando en cuando desaparecía en las profundidades de su antro…


…Herodías lo oyó desde el otro lado del palacio. Fascinada, se abrió paso entre la multitud, y se quedó escuchando, con una mano en el hombro de Mannaei y el cuerpo inclinado. La voz se elevó: -¡Ay de vosotros, fariseos y saduceos, raza de víboras, odres inflados, címbalos retumbantes! Reconocieron la voz de Iaokanann. Circuló su nombre y acudió más gente. -¡Ay de ti, oh pueblo, y de los traidores de Judá, los borrachos de Efraín, los que habitan en el valle fértil y los que se tambalean con los vapores del vino! … El tetrarca retrocedió, pues la existencia de un Hijo de David le ultrajaba como una amenaza. Laokanann le increpó por su realeza: -¡No hay más rey que el Eterno! -gritó, y le reprochó sus jardines, sus estatuas, sus muebles de marfil, ¡como el impío Acab! Antipas rompió el cordelito del sello que llevaba colgado en el pecho y lo lanzó al foso, ordenándole que callara. La voz replicó: -¡Gritaré como un oso, como un asno silvestre, como una mujer que pare! "El castigo lo tienes ya en tu incesto. Dios te aflige con la esterilidad del mulo." Se oyeron risas parecidas al chapoteo de las olas. Vitelio se obstinaba en quedarse. El intérprete, en tono impasible, repetía en el idioma de los romanos todas las injurias que Iaokanann rugía en el suyo. El tetrarca y Herodías se veían obligados a soportarlas dos veces. Él jadeaba, mientras ella observaba estupefacta el fondo del pozo. El hombre terrible levantó la cabeza y, asiendo los barrotes, pegó a ellos el rostro, que parecía un matorral en el que brillaban dos ascuas. -¡Ah, eres tú, Jezabel! Te apoderaste de su corazón con el crujido de tu calzado. Relinchabas como una yegua. Dispusiste tu lecho en los montes para realizar tus sacrificios "¡El Señor te arrancará los zarcillos de las orejas, tus vestidos de púrpura, tus velos!!”… Herodías buscó a su alrededor con la mirada a alguien que la defendiera. Los fariseos bajaban hipócritamente la vista. Los saduceos volvían la cabeza, pues temían ofender al procónsul. Antipas parecía morir. La voz se hacía más fuerte, se extendía, rodaba con desgarramientos de trueno, y al repetirla el eco de las montañas, fulminaba a Machaerus con rayos multiplicados. -¡Arrójate en el polvo, hija de Babilonia! ¡Haz moler la harina! ¡Quítate el ceñidor, desátate el calzado, arremángate y pasa los ríos! ¡Tu vergüenza será descubierta, tu oprobio será visto! ¡Tus sollozos te romperán los dientes! ¡El Eterno aborrece el hedor de tus crímenes! ¡Maldita! ¡Maldita! ¡Revienta como una perra! La trampa se cerró y cayó la cubierta. Mannaei quería estrangular a Iaokanann. Herodías desapareció. Los fariseos estaban escandalizados. Antipas, entre ellos, se justificaba. -Sin duda -dijo Eleazar- es lícito casarse con la esposa de un hermano, pero Herodías no era viuda, y además tenía un hijo, lo que constituye una abominación…


…Herodías se volvió hacia él desde la escalinata. -Te equivocas, señor -dijo-. Iaokanann ordena al pueblo que no pague los impuestos. -¿Es verdad eso? -preguntó inmediatamente el publicano. Las respuestas fueron en general afirmativas y el tetrarca las confirmó. Vitelio pensó que el preso podía huir, y como el comportamiento de Antipas le parecía sospechoso, apostó centinelas en las puertas, a lo largo de las murallas y en el patio… ¿Tal vez volverían los árabes? ¿Descubriría el procónsul sus relaciones con los partos? Sicarios de Jerusalén acompañaban a los sacerdotes y llevaban puñales bajo la ropa. El tetrarca no dudaba de la ciencia de Fanuel. Se le ocurrió la idea de recurrir a Herodías. Sin embargo, la odiaba. Pero ella le daría valor, y además no estaban rotos todos los lazos del hechizo que había experimentado en otro tiempo. Cuando entró en su habitación humeaba el cinamomo en una fuente de pórfido, y se veían dispersos polvos, ungüentos, gasas parecidas a nubes y bordados más livianos que plumas… Herodías, con una indulgencia desdeñosa, trató de tranquilizarlo. Por fin, sacó de un cofrecito una medalla rara adornada con el perfil de Tiberio. Eso bastaría para hacer que palidecieran los lictores y se desvanecieran las acusaciones. Antipas, conmovido de agradecimiento, le preguntó cómo había obtenido esa medalla. -Me la dieron -contestó Herodías… La índole de los judíos horrorizaba a Vitelio. Su dios podía ser muy bien Moloch, altares dedicados al cual había encontrado en el camino, y recordaba los sacrificios de niños, así como lo que se decía del hombre al que engordaban misteriosamente. A su corazón de latino le desagradaban su intolerancia, su furor iconoclasta, su obstinación brutal. El procónsul quería irse, pero Aulio se negó. Con la toga bajada hasta las caderas, yacía detrás de un montón de víveres, demasiado repleto para comerlos, pero obstinado en no dejarlos. La exaltación de la gente aumentaba. Se entregaban a proyectos de independencia y recordaban la gloria de Israel. Todos los conquistadores habían sido castigados: Antígono, Craso, Varo... -¡Miserables! -gritó el procónsul, pues entendía el idioma siríaco y su intérprete sólo servía para darle más tiempo para responder. Antipas se apresuró a sacar la medalla del Emperador y, al tiempo que lo observaba tembloroso, la presentó del lado de la imagen. Las puertas de la tribuna de oro se abrieron de pronto, y al resplandor de los cirios, rodeada por sus esclavas y entre festones de anémonas, apareció Herodías, tocada con una mitra asiría sujeta a la frente con un barboquejo, la cabellera en espirales extendida sobre un peplo escarlata hendido a lo largo de las mangas. Dos monstruos de piedra, semejantes a los del tesoro de los Atridas, se alzaban a los lados de la puerta y hacían que se pareciese a Cibeles acompañada por sus leones. Desde lo alto de la balaustrada que dominaba a Antipas y con una pátera en la mano, gritó: -¡Larga vida al César!...


…Pero del fondo de la sala llegó un murmullo de sorpresa y de admiración. Había entrado una joven. Bajo un velo azulado que le ocultaba el pecho y la cabeza se distinguían los arcos de sus ojos, las calcedonias de sus orejas y la blancura de su piel. Le cubría los hombros un paño de seda tornasolada sujeto a la cintura por un ceñidor de orfebrería. Sus calzones negros estaban sembrados de mandrágoras y de una manera indolente hacía crujir sus menudas pantuflas de plumón de colibrí. En lo alto del estrado se quitó el velo. Era Herodías tal como había sido en su juventud. Luego comenzó a danzar. Sus pies se adelantaban el uno al otro al ritmo de la flauta y de un par de crótalos. Sus brazos torneados llamaban a alguien que huía siempre. Ella lo perseguía, más ligera que una mariposa, como una Psique curiosa, como un alma vagabunda, y parecía a punto de volar… Pero no era una visión. Herodías había hecho educar lejos de Macháerus a su hija Salomé, para que el tetrarca la amara. Y la idea era buena, ahora estaba segura de ello. Luego vino el arrebato del amor que quiere ser satisfecho. La joven bailó como las sacerdotisas de la India, como las nubias de las cataratas, como las bacantes de Lidia. Se inclinaba hacia todos los lados, como una flor a la que azota la tempestad. Los brillantes de sus orejas resaltaban, el paño de su espalda se tornasolaba, de sus brazos, sus pies y sus ropas brotaban chispas invisibles que inflamaban a los hombres. Cantó un arpa y la multitud la acogió con aclamaciones. Sin doblar las rodillas, separando las piernas, se encorvó tanto que su mentón rozó el piso; y los nómadas habituados a la abstinencia, los soldados romanos expertos en orgías, los publicanos avaros, los viejos sacerdotes agriados por las disputas, todos, dilatando las aletas de la nariz, palpitaban de deseo. Luego giró alrededor de la mesa de Antipas, frenéticamente, como el rombo de las hechiceras, y con una voz que entrecortaban sollozos de voluptuosidad, él le decía: "¡Ven, ven!" Ella seguía girando, los tímpanos sonaban hasta casi estallar, la multitud aullaba. Pero el tetrarca gritaba con más fuerza: -¡Ven! ¡Ven! ¡Cafarnaúm será tuya! ¡Y también la llanura de Tiberíades! ¡Y mis ciudadelas! ¡La mitad de mi reino! …


…En la tribuna sonó un chasquido de dedos. La joven subió a ella, reapareció, y ceceando un poco pronunció, en tono infantil, estas palabras: -Quiero que me des en una bandeja la cabeza de... Había olvidado el nombre, pero añadió, sonriendo: -¡La cabeza de Iaokanann! El tetrarca se desplomó, abatido. Estaba obligado por su palabra y el pueblo esperaba. Pero la muerte que le habían predicho, al aplicarse a otro, tal vez evitaría la suya. Si Iaokanann era verdaderamente Elías, podría eludirla; si no lo era, el homicidio no tenía importancia. Mannaei estaba a su lado y comprendió su intención… Pero Mannaei no se apresuró a cumplir su tarea. Volvió, pero muy agitado. Desde hacía cuarenta años ejercía la función de verdugo. Era él quien había ahogado a Aristóbulo, estrangulado a Alejandro, quemado vivo a Matatías y decapitado a Zósimo, Pappo, José y Antípater, ¡pero no se atrevía a matar a Iaokanann! Le castañeteaban los dientes y le temblaba todo el cuerpo. Había visto delante del foso al Gran Ángel de los samaritanos, completamente cubierto de ojos y blandiendo una espada inmensa, roja y dentellada como una llama. Dos soldados llevados como testigos podían confirmarlo. Nada habían visto los soldados, salvo a un capitán judío que se lanzó sobre ellos y que ya no vivía. El furor de Herodías se desbordó en un torrente de injurias populacheras y crueles. Se rompió las uñas en la reja de la tribuna y los dos leones esculpidos parecían morderle los hombros y rugir como ella. Antipas la imitó, y los sacerdotes, los soldados, los fariseos y todos reclamaban una venganza, mientras los otros se indignaban porque se les demoraba un placer. Mannaei salió, ocultándose la cara. A los invitados les pareció que pasaba más tiempo que la primera vez y se aburrían. De pronto, resonó en los corredores un ruido de pasos. El malestar se hacía intolerable. La cabeza llegó, y Mannaei la asía por el cabello en el extremo del brazo, orgulloso por los aplausos. La colocó en una bandeja y la presentó a Salomé. La joven subió rápidamente a la tribuna. Muchos minutos después la cabeza fue traída nuevamente por la anciana que el tetrarca había visto por la mañana en la azotea de una casa y luego en la habitación de Herodías. Antipas retrocedió para no verla. Vitelio le lanzó una mirada indiferente. Mannaei bajó del estrado, la mostró a los capitanes romanos y, acto seguido, a todos los que comían por aquel lado. La examinaron. La hoja afilada del instrumento, al deslizarse de arriba abajo, había cortado ligeramente la mandíbula. Una convulsión estiraba las comisuras de la boca. Sangre, cuajada ya, salpicaba la barba. Los párpados cerrados estaban pálidos como conchas. Y los candelabros de alrededor los iluminaban.

 La cabeza llegó a la mesa de los sacerdotes. Un fariseo la invirtió con curiosidad, y Mannaei, después de volver a enderezarla, la colocó delante de Aulio, que despertó. Por la apertura de las pestañas, las pupilas muertas y las pupilas apagadas parecieron decirse algo corrieron lágrimas. Luego Mannaei la presentó a Antipas, y por las mejillas del tetrarca. Las antorchas se apagaron. Los invitados se fueron, y en la sala sólo quedó Antipas, con las manos pegadas a las sienes y contemplando la cabeza cortada, mientras Fanuel, de pie en medio de la gran nave, murmuraba oraciones con los brazos abiertos. En el momento en que salía el sol, dos hombres enviados hacía tiempo por laokanann se presentaron con la respuesta tan esperada. La entregaron a Fanuel, que se quedó embelesado. Luego les mostró el objeto lúgubre depositado en la bandeja los restos del festín. Uno de los hombres le dijo: -¡Consuélate! ¡Ha descendido entre los muertos para anunciar a Cristo!
El esenio comprendió entonces las palabras: "Para que él crezca yo tengo que empequeñecerme". Y los tres tomaron la cabeza de Iaokanann y se fueron por el lado de Galilea. Como pesaba mucho, la llevaban alternativamente.-

/fuente PDF file:///C:/Users/Usuario/Desktop/Herod%C3%ADas%20poema.pdf /

posteado por kalais 15/7/2022 - ch