Ayer 25 de enero recordábamos otro aniversario del día de su nacimiento... Releíamos los dos primeros capítulos de su "A Room of One's Own". Traducidos al español, desde ya.
Virginia Woolf - Una habitación
propia - Traducción del inglés por Laura Pujol
CAPÍTULO 1 - Pero, me diréis, le hemos pedido que nos hable
de las mujeres y la novela. ¿Qué tiene esto que ver con una habitación propia?
Intentaré explicarme. Cuando me pedisteis que hablara de las mujeres y la
novela, me senté a orillas de un río y me puse a pensar qué significarían esas
palabras. Quizás implicaban sencillamente unas cuantas observaciones sobre
Fanny Burney; algunas más sobre Jane Austen; un tributo a las Brontë y un
esbozo de la rectoría de Haworth bajo la nieve; algunas agudezas, de ser
posible, sobre Miss Mitford; una alusión respetuosa a George Eliot; una
referencia a Mrs. Gaskell y esto habría bastado. Pero, pensándolo mejor, estas
palabras no me parecieron tan sencillas. El título las mujeres y la novela
quizá significaba, y quizás era éste el sentido que le dabais, las mujeres y su
modo de ser; o las mujeres y las novelas que escriben; o las mujeres y las
fantasías que se han escrito sobre ellas; o quizás estos tres sentidos estaban
inextricablemente unidos y así es como queríais que yo enfocara el tema. Pero
cuando me puse a enfocarlo de este modo, que me pareció el más interesante,
pronto me di cuenta de que esto presentaba un grave inconveniente. Nunca podría
llegar a una conclusión. Nunca podría cumplir con lo que, tengo entendido, es
el deber primordial de un conferenciante: entregaros tras un discurso de una
hora una pepita de verdad pura para que la guardarais entre las hojas de
vuestros cuadernos de apuntes y la conservarais para siempre en la repisa de la
chimenea. Cuanto podía ofreceros era una opinión sobre un punto sin demasiada
importancia: que una mujer debe tener dinero y una habitación propia para poder
escribir novelas; y esto, como veis, deja sin resolver el gran problema de la
verdadera naturaleza de la mujer y la verdadera naturaleza de la novela. He
faltado a mi deber de llegar a una conclusión acerca de estas dos cuestiones;
las mujeres y la novela siguen siendo, en lo que a mí respecta, problemas sin
resolver.
Mas para compensar un poco esta falta, voy a tratar de mostraros cómo
he llegado a esta opinión sobre la habitación y el dinero. Voy a exponer en
vuestra presencia, tan completa y libremente como pueda, la sucesión de
pensamientos que me llevaron a esta
idea. Quizá si muestro al desnudo las ideas, los prejuicios que se
esconden tras esta afirmación, encontraréis que algunos tienen alguna relación
con las mujeres y otros con la novela. De todos modos, cuando un tema se presta
mucho a controversia —y cualquier cuestión relativa a los sexos es de este
tipo— uno no puede esperar decir la verdad. Sólo puede explicar cómo llegó a
profesar tal o cual opinión. Cuanto puede hacer es dar a su auditorio la
oportunidad de sacar sus propias conclusiones observando las limitaciones, los
prejuicios, las idiosincrasias del conferenciante. Es probable que en este caso
la fantasía contenga más verdad que el hecho. Os propongo, por tanto, haciendo
uso de todas las libertades y licencias de una novelista, contaros la historia
de los dos días que han precedido a esta conferencia; contaros cómo, abrumada
por el peso del tema que habíais colocado sobre mis hombros, lo he meditado e
incorporado a mi vida cotidiana. Huelga decir que cuanto voy a describir carece
de existencia; Oxbridge es una invención; lo mismo Fernham; «yo» no es más que
un término práctico que se refiere a alguien sin existencia real. Manarán
mentiras de mis labios, pero quizás un poco de verdad se halle mezclada entre
ellas; os corresponde a vosotras buscar esta verdad y decidir si algún trozo
merece conservarse. Si no, la echáis entera a la papelera, naturalmente, y os
olvidáis de todo esto. Me hallaba yo, pues (llamadme Mary Beton, Mary Seton,
Mary Carmichael o cualquier nombre que os guste, no tiene la menor
importancia), sentada a orillas de un río, hará cosa de una o dos semanas, un
bello día de octubre, perdida en mis pensamientos. Este collar que me habíais
atado, las mujeres y la novela, la necesidad de llegar a una conclusión sobre
una cuestión que levanta toda clase de prejuicios y pasiones, me hacía bajar la
cabeza. A derecha e izquierda, unos arbustos de no sé qué, dorados y carmesíes,
ardían con el color, hasta parecían despedir el calor del fuego. En la otra
orilla, los sauces sollozaban en una lamentación perpetua, el cabello
desparramado sobre los hombros. El río reflejaba lo que le placía de cielo,
puente y arbusto ardiente y cuando el estudiante en su bote de remos hubo
cruzado los reflejos, volviéronse a cerrar tras él, completamente, como si
nunca hubiera existido. Uno hubiera podido permanecer allí sentado horas y
horas, perdido en sus pensamientos. El pensamiento —para darle un nombre más
noble del que merecía— había hundido su caña en el río. Oscilaba, minuto tras
minuto, de aquí para allá, entre los reflejos y las hierbas, subiendo y bajando
con el agua, hasta —ya conocéis el pequeño tirón— la súbita conglomeración de
una idea en la punta de la caña; y luego el prudente tirar de ella y el
tenderla cuidadosamente en la hierba. Pero, tendido en la hierba, qué pequeño,
qué insignificante parecía este pensamiento mío; la clase de pez que un buen
pescador vuelve a meter en el agua para que engorde y algún día valga la pena
cocinarlo y comerlo.
No os molestaré ahora con este pensamiento, aunque, si
observáis con cuidado, quizá lo descubráis vosotras mismas entre todo lo que
voy a decir. Pero, por pequeño que fuera, no dejaba de tener la misteriosa
propiedad característica de su especie: devuelto a la mente, en seguida se
volvió muy emocionante e importante; y al brincar y caer, y chispear de un lado
a otro, levantaba tales remolinos y tal tumulto de ideas que era imposible
permanecer sentado. Así fue cómo me encontré andando con extrema rapidez por un
cuadro de hierba. Irguióse en el acto la silueta de un hombre para
interceptarme el paso. Y al principio no comprendí que las gesticulaciones de
un objeto de aspecto curioso, vestido de chaqué y camisa de etiqueta, iban
dirigidas a mí. Su cara expresaba horror e indignación. El instinto, más que la
razón, acudió en mi ayuda: era un bedel; yo era una mujer. Esto era el césped;
allí estaba el sendero. Sólo los «fellows» y los «scholars»1 pueden pisar el
césped; la grava era el lugar que me correspondía. Estos pensamientos fueron
obra de un momento. Al volver yo al sendero, cayeron los brazos del bedel, su
rostro recuperó su serenidad usual y, aunque el césped es más agradable al pie
que la grava, el daño ocasionado no era mucho. El único cargo que pude levantar
contra los «fellows» y los «scholars» de aquel colegio, fuera cual fuere, es
que en su afán de proteger su césped, regularmente apisonado desde hace
trescientos años, habían asustado mi pececillo. Qué idea fue la causa de tan
audaz violación de propiedad, ahora no puedo acordarme. El espíritu de la paz
descendió como una nube de los cielos, porque si el espíritu de la paz mora en
alguna parte es en los patios y céspedes de Oxbridge en una bella mañana de
octubre. Paseando despacio por aquellos colegios, por delante de aquellas salas
antiguas, la aspereza del presente parecía suavizarse, desaparecer; el cuerpo parecía
contenido en un milagroso armario de cristal que no dejara penetrar ningún
sonido, y la mente, liberada de todo contacto con los hechos (a menos que uno
volviera a pisar el césped), se hallaba disponible para cualquier meditación
que estuviera en armonía con el momento. Por una de esas cosas, me acordé de un
antiguo ensayo sobre una visita a Oxbridge durante las vacaciones de verano y
esto me hizo pensar en Charles Lamb. (San Carlos, dijo Thackeray, poniendo una
carta de Lamb sobre su frente.) En efecto, de todos los muertos (os cuento mis
pensamientos tal como me vinieron), Lamb es uno de los que me son más afines;
alguien a quien me hubiera gustado decir: «Cuénteme, pues, ¿cómo escribió usted
sus ensayos?» Porque sus ensayos son superiores aún, pese a la perfección de
éstos, a los de Max Beerbohm, pensé, por ese relampagueo de la imaginación
desatada, ese fulgurante estallido del genio que los marca, dejándolos
defectuosos, imperfectos, pero constelados de poesía.
1 Fellow: título de ciertos
miembros particularmente destacados del profesorado de un colegio
universitario. Scholar: estudiante que por sus méritos ha recibido una beca
especial de la universidad.
Lamb vino a Oxbridge hará cosa de cien años. Escribió, estoy
segura, un ensayo —no caigo en su nombre— sobre el manuscrito de uno de los
poemas de Milton que vio aquí. Era Licidas quizás, y Lamb escribió cuánto le
chocaba la idea de que una sola palabra de Licidas
hubiera podido ser distinta de lo que es. Imaginar a Milton cambiando palabras
de aquel poema le parecía una especie de sacrilegio. Esto me hizo tratar de
recordar cuanto pude de Licidas y me entretuve haciendo conjeturas sobre qué
palabras habría Milton cambiado y por qué. Se me ocurrió entonces que el
mismísimo manuscrito que Lamb había mirado se encontraba sólo a unos cientos de
yardas, de modo que se podían seguir los pasos de Lamb por el patio hasta la
famosa biblioteca que encierra el tesoro. Además, recordé, poniendo el plan en
ejecución, también es en esta famosa biblioteca donde se preserva el manuscrito
del Esmond de Thackeray. Los críticos a menudo dicen que Esmond es la novela
más perfecta de Thackeray. Pero la afectación del estilo, que imita el del
siglo XVIII, estorba, me parece recordar; a menos que el estilo del siglo XVIII
le fuera natural a Thackeray, cosa que se podría comprobar examinando el
manuscrito y viendo si las alteraciones son de estilo o de sentido. Pero
entonces uno tendría que decidir qué es estilo y qué es significado, cuestión
que... Pero me encontraba ya ante la puerta que conduce a la biblioteca misma.
Sin duda la abrí, pues instantáneamente surgió, como un ángel guardián,
cortándome el paso con un revoloteo de ropajes negros en lugar de alas blancas,
un caballero disgustado, plateado, amable, que en voz queda sintió comunicarme,
haciéndome señal de retroceder, que no se admite a las señoras en la biblioteca
más que acompañadas de un «fellow» o provistas de una carta de presentación.
Que una famosa biblioteca haya sido maldecida por una mujer es algo que deja
del todo indiferente a una famosa biblioteca. Venerable y tranquila, con todos
sus tesoros encerrados a salvo en su seno, duerme con satisfacción y así
dormirá, si de mí depende, para siempre. Nunca volveré a despertar estos ecos,
nunca solicitaré de nuevo esta hospitalidad, me juré bajando furiosa las
escaleras. Me quedaba todavía una hora hasta el almuerzo. ¿Qué podía hacer?
¿Pasear por las praderas? ¿Sentarme junto al río? Era realmente una mañana de
otoño preciosa; las hojas caían, rojas, lentas, hasta el suelo; ni una cosa ni
otra hubiera sido un gran sacrificio. Pero alcanzó mi oído el sonido de la
música. Se estaba llevando a cabo algún servicio o celebración. El órgano se
quejó con magnificencia cuando crucé el umbral de la capilla. Hasta la tristeza
del cristianismo sonaba en aquel aire sereno más como el recuerdo de la
tristeza que como verdadera tristeza; hasta los lamentos del órgano antiguo
parecían bañados de paz. No sentía deseos de entrar, aun en el supuesto de que
tuviera el derecho de hacerlo, y esta vez quizá me hubiera detenido el
pertiguero para exigirme la fe de bautismo o una carta de presentación del
deán. Pero el exterior de estos magníficos edificios es a menudo tan hermoso
como su interior. Además, ya era una diversión ver a los fieles reunirse,
entrar y volver a salir, afanarse en la puerta de la capilla como abejas en la
boca de una colmena. Muchos llevaban birrete y toga; otros unos trozos de piel
en los hombros; algunos entraban en cochecillos de inválido; otros, aunque
apenas de edad madura, parecían arrugados y aplastados en formas tan singulares
como los cangrejos de mar y de río que
se arrastran dificultosamente por la arena de los acuarios. Me apoyé en la
pared, diciéndome que la Universidad era un santuario donde se preservaban
tipos extraños que no tardarían en pasar a la Historia si se les dejaba en la
acera del Strand para que lucharan por la existencia. Acudieron a mi mente
viejas historias de viejos decanos y viejos profesores, pero antes de que
reuniera bastante valor para silbar —solían decir que al oír un silbido un
viejo catedrático echaba inmediatamente a galopar— la venerable asamblea
desapareció dentro de la capilla. Su exterior estaba intacto. Como sabéis, de
noche pueden verse, iluminados y visibles desde millas y millas de distancia
por encima de los montes, sus altos domos y pináculos, siempre viajando y nunca
llegando a puerto, como barco en la mar. Antiguamente, supongo, también este
patio, con sus lisos céspedes y sus edificios macizos, era, y lo mismo la capilla,
un pantano, donde ondulaba la hierba y escarbaban los cerdos. Grupos de
caballos y bueyes, pensé, debían de haber arrastrado la piedra en carretas
desde lejanos condados y luego, con infinito esfuerzo, habíanse posado en
orden, uno encima de otro, los bloques grises a cuya sombra me encontraba en
aquel momento, y luego los pintores habían traído sus vidrieras para las
ventanas y los albañiles se habían afanado durante siglos en el tejado con
masilla y cemento, palas y paletas.
Cada sábado, el oro y la plata debían de
haber manado de un monedero de cuero y llenado sus puños antiguos, pues sin
duda aquella noche no les faltaba su cerveza ni su partida de bolos. Un arroyo
inacabable de oro y plata, pensé, debía de haber fluido a perpetuidad hasta aquel
patio para que las piedras no dejaran de llegar ni los albañiles de trabajar;
para allanar, zanjar, cavar, secar. Pero era la edad de la fe y el dinero manó
con liberalidad para dar a estas piedras profundos cimientos, y cuando las
piedras se hubieron erigido, siguió manando el dinero de los cofres de los
reyes, las reinas y los grandes nobles para que allí pudieran cantarse himnos y
se pudiera instruir a los «scholars». Se concedieron tierras, se pagaron
diezmos. Y cuando terminó la edad de la fe y llegó la edad de la razón,
siguieron fluyendo el oro y la plata; se crearon becas, se fundaron cátedras
con recursos provistos por dotaciones; sólo que el oro y la plata no fluían
ahora de los cofres del rey, sino de las arcas de los mercaderes y los
fabricantes, de los bolsillos de hombres que habían hecho dinero, por ejemplo,
en la industria y devolvían en sus testamentos una generosa porción para
financiar más cátedras, más auxiliarías, más becas en la Universidad donde
habían aprendido su oficio. De ahí salieron las bibliotecas y los laboratorios;
de ahí los observatorios; el espléndido equipo de instrumentos caros y
delicados que reposan en estantes de cristal en ese lugar donde hace siglos
ondulaba la hierba y escarbaban los cerdos. Di la vuelta al patio y los
cimientos de oro y plata me parecieron desde luego lo bastante profundos y el
pavimento sólidamente colocado sobre las hierbas silvestres. Hombres con
bandejas sobre la cabeza iban muy atareados de una escalera a otra. Ostentosas
flores crecían en las ventanas. De las habitaciones interiores llegaba el
estridente sonido del gramófono. No se podía
dejar de pensar...
La reflexión,
fuera cual fuere, quedó interrumpida. Sonó el reloj. Era hora de dirigirse al
comedor. Hecho curioso, los novelistas suelen hacernos creer que los almuerzos
son memorables, invariablemente, por algo muy agudo que alguien ha dicho o algo
muy sensato que se ha hecho. Raramente se molestan en decir palabra de lo que
se ha comido. Forma parte de la convención novelística no mencionar la sopa, el
salmón ni los patos, como si la sopa, el salmón y los patos no tuvieran la
menor importancia, como si nadie fumara nunca un cigarro o bebiera un vaso de
vino. Voy a tomarme, sin embargo, la libertad de desafiar esta convención y de
deciros que aquel día el almuerzo empezó con lenguados, servidos en fuente
honda y sobre los que el cocinero del colegio había extendido una colcha de
crema blanquísima, pero marcada aquí y allá, como los flancos de una gama, de
manchas pardas. Luego vinieron las perdices, pero si esto os hace pensar en un
par de pájaros pelados y marrones en un plato os equivocáis. Las perdices,
numerosas y variadas, llegaron con todo su séquito de salsas y ensaladas, la
picante y la dulce; sus patatas, delgadas como monedas, pero no tan duras; sus
coles de Bruselas, con tantas hojas como los capullos de rosa, pero más
suculentas. Y en cuanto hubimos terminado con el asado y su séquito, el hombre
silencioso que nos servía, quizás el mismo bedel en una manifestación más
moderada, colocó ante nosotros, rodeada de una guirnalda de servilletas, una
composición que se elevaba, azúcar toda, de las olas. Llamarla pudín y
relacionarla así con el arroz y la tapioca2 sería un insulto. Entretanto, los
vasos de vino habían tomado una coloración amarilla, luego un rubor carmesí;
habían sido vaciados; habían sido llenados. Y así, gradualmente, se encendió, a
media espina dorsal, que es la sede del alma, no esta dura lucecita eléctrica
que llamamos brillantez, que centellea y se apaga sobre nuestros labios, sino
este resplandor más profundo, sutil y subterráneo que es la rica llama amarilla
de la comunión racional. No es necesario apresurarse. No es necesario brillar.
No es necesario ser nadie más que uno mismo. Todos iremos al paraíso y Van Dyck
se halla con nosotros: en otras palabras, qué agradable le parecía a uno la
vida, qué dulces sus recompensas, qué trivial este rencor o aquella queja, qué
admirable la amistad y la compañía de la gente de su propia especie mientras
encendía un buen cigarrillo y se hundía en los cojines de un sillón junto a la
ventana. Si por suerte hubiera habido un cenicero a mano, si a falta de él uno
no hubiera tenido que echar la ceniza por la ventana, sin duda no hubiera visto
un gato sin cola. La visión de aquel animal abrupto y truncado cruzando
suavemente el patio con su andar acolchado cambió para mí, por una carambola de
la inteligencia subconsciente, la luz emocional. Era como si alguien hubiera
dejado caer una sombra. Quizás el excelente vino del Rin estaba aflojando su
presa. Lo cierto es que, viendo al gato detenerse en medio del césped como si también él se interrogara sobre
el universo, me pareció que faltaba algo, que algo era diferente.
Pero ¿qué
faltaba?, ¿qué era lo que era diferente?, me pregunté a mí misma, escuchando la
conversación. Y para contestar aquella pregunta, tuve que imaginarme a mí misma
fuera de aquella habitación, de nuevo en el pasado, antes de la guerra, y
colocar ante mis ojos la imagen de otro almuerzo celebrado en habitaciones no
muy distantes de aquéllas, pero diferentes. Todo era diferente. Mientras tanto,
iban charlando los huéspedes, que eran numerosos y jóvenes, unos de un sexo,
otros del otro; la charla fluía como el agua, agradable, libre, divertida. Y
detrás de esta charla coloqué entonces la otra, como un telón de fondo, y,
comparando las dos, no me cupo duda de que la una era la descendiente, la
heredera legítima de la otra. Nada había cambiado; nada era diferente, salvo...
Aquí escuché con toda atención, no exactamente lo que se estaba diciendo, sino
el murmullo, la corriente que fluía detrás de las palabras. Sí, era eso, allí
estaba el cambio. Antes de la guerra, en un almuerzo como éste, la gente
hubiera dicho exactamente las mismas cosas, pero hubieran sonado distintas,
porque en aquellos días las acompañaba una especie de canturreo, no articulado,
sino musical, emocionante, que cambiaba el valor mismo de las palabras.
¿Hubiera podido ponerle letra a aquel canturreo? Quizá con ayuda de los poetas.
Había un libro a mi lado y al abrirlo me encontré con que, por casualidad, era
de Tennyson. Y he aquí que Tennyson cantaba:
There has fallen a splendid tear From the passion-flower at the gate.
She is coming, my dove, my dear; She is coming, my life, my fate; The red rose
cries, «She is near, she is near»; And the white rose weeps, «She is late»; The
larkspur listens, «I hear, I hear»; And the lily whispers, «I wait».3
3 Ha caído una espléndida lágrima de la pasionaria que
crece junto a la verja. Está en camino, mi paloma, mi amor; está en camino, mi
vida, mi destino. La rosa roja llora: «Cerca está, cerca está»; y La rosa
blanca solloza: «Llega tarde»; la espuela de caballero escucha: «Oigo, oigo»; y
la azucena murmura: «Espero.»
¿Era esto lo que los
hombres canturreaban en los almuerzos antes de la guerra? ¿Y las mujeres?
My heart is like a singing bird Whose nest is in a water'd shoot; My
heart is like an apple tree Whose boughs are bent with thick-set fruit; My
heart is like a rainbow shell That
paddles in a halcyon sea; My heart is gladder than all these Because my love is
come to me.4
4 Mi corazón es
como un pájaro que canta, cuyo nido se halla sobre un brote rociado; mi corazón
es como un manzano cuyos brazos están cargados de frutos apiñados; mi corazón
es como una cáscara de arco iris que chapotea en una mar serena; mi corazón es
más feliz que todos ellos porque mi amor ha venido a mí.
¿Era esto lo que las mujeres canturreaban en los almuerzos
antes de la guerra? Resultaba tan absurdo imaginar a alguien canturreando estas
cosas, aun por lo bajo, en los almuerzos de antes de la guerra que me eché a
reír y tuve que explicar mi risa señalando el gato, que efectivamente tenía un
aire un poco absurdo, pobre bicho, sin cola, en medio del césped. ¿Había nacido
así o habría perdido su cola en un accidente? El gato sin cola, aunque dicen
que hay algunos en la isla de Man, es un animal más raro de lo que suele
creerse. Es un animal extraño, más pintoresco que hermoso. Es curioso lo que lo
cambia a uno una cola. Ya sabéis la clase de cosas que se dicen hacia el final
de un almuerzo, cuando la gente anda en busca de sus abrigos y sombreros. Éste,
gracias a la hospitalidad del anfitrión, había durado hasta avanzada la tarde.
El hermoso día de octubre se iba desvaneciendo y las hojas caían de los árboles
cubriendo la avenida por la que yo andaba. Una tras otra, las verjas parecían
cerrarse detrás de mí con suave finalidad. Innumerables bedeles iban
introduciendo innumerables llaves en cerraduras bien engrasadas; se estaba
resguardando la casa del tesoro para una noche más. Al final de la avenida se
llega a una calle —no recuerdo su nombre— que conduce, si se tuerce donde se
debe, hasta Fernham. Pero me sobraba tiempo. La cena no era hasta las siete y
media. Uno casi hubiera podido pasarse de cenar después de aquel almuerzo. Es
curioso cómo una pizca de poesía obra en la mente y hace mover las piernas a su
ritmo por la calle. Estas palabras “There has fallen a splendid tear From the
passion-tree at the gate. She is coming, my dove, my dear” cantaban en
mi sangre mientras andaba a paso rápido hacia Headingley. Y luego, cambiando de
compás, canté, en ese lugar donde las aguas espumean al pie de la presa: My
heart is like a singing bird Whose nest is in a water'd shoot; My heart is like
an apple tree...
¡Qué poetas!, grité en voz alta, como suele hacerse en
el atardecer. ¡Qué poetas eran! Con una especie de celos por nuestros tiempos,
supongo, por tontas y absurdas que sean estas comparaciones, me puse a pensar
si, honradamente, se podía nombrar a dos poetas vivientes tan grandes como
Tennyson y Christina Rossetti lo habían sido en su tiempo. Evidentemente, era
imposible compararles, pensé mirando aquellas aguas espumosas. Si esta poesía
incita a tal abandono, provoca en uno tal transporte, es sólo porque celebra un
sentimiento que uno solía experimentar (en los almuerzos de antes de la guerra
quizá), de modo que se reacciona fácilmente, familiarmente, sin molestarse en
analizar el sentimiento o compararlo con alguno de los actuales. Pero los
poetas vivientes expresan un sentimiento en formación, que está siendo
arrancado de nosotros en este momento. Primero uno no lo reconoce; a menudo,
por algún motivo, lo teme; lo observa con atención y lo compara celosamente,
con desconfianza, con el viejo sentimiento que le era familiar. De ahí la
dificultad de la poesía moderna; y es esta dificultad lo que le impide a uno
recordar más de dos versos seguidos de ningún buen poeta moderno. Por este
motivo —que me falló la memoria— la argumentación quedó colgando por falta de
material. Pero ¿por qué hemos dejado de canturrear por lo bajo en los
almuerzos?, proseguí, caminando hacia Headingley. ¿Por qué ha cesado Alfred de
cantar She is coming, my dove, my dear? ¿Por qué ha cesado Christina
de contestar My heart is gladder than all these Because my love is come to me?
¿Echaremos las culpas a la guerra? Cuando se dispararon las
armas en agosto de 1914, ¿se encontraron los hombres y las mujeres tan feos los
unos a los otros que murió la fantasía? Sin duda fue un duro golpe (sobre todo
para las mujeres, con sus ilusiones sobre la educación y demás) ver las caras
de nuestros gobernantes al resplandor de los bombardeos. Parecían tan feas
—alemanas, inglesas, francesas—, tan estúpidas... Pero, sea de quien fuere la culpa,
échese a quien se quiera, la ilusión que inspiró a Tennyson y Christina
Rossetti y les hizo cantar tan apasionadamente la venida de sus amores es ahora
menos frecuente que entonces. Basta leer, mirar, escuchar, recordar. Pero ¿por
qué decir «culpa»? Si era una ilusión, ¿por qué no celebrar la catástrofe,
fuese cual fuese, que destruyó la ilusión y puso la verdad en su lugar? Porque,
la verdad... Estos puntos suspensivos marcan el momento en que, en busca de la
verdad, olvidé torcer hacia Fernham. Sí, éste era el problema: ¿qué era la
verdad y qué era la ilusión?, me pregunté. ¿Cuál era la verdad sobre aquellas
casas, por ejemplo, oscuras y festivas con sus ventanas rojas al atardecer,
pero crudas, y rojas, y escuálidas, con sus dulces y sus cordones de bota, a
las nueve de la mañana? Y los sauces, y el río, y los jardines que bajaban en
pendiente hasta el río, vagos ahora, con la neblina que se deslizaba por encima
de ellos, pero dorados y rojos a la luz del sol, ¿cuál era la verdad sobre
ellos?, ¿cuál era la ilusión?
Os ahorraré las vueltas y revueltas de mis
cogitaciones, pues no llegué a ninguna conclusión yendo hacia Headingley, y os
pido que supongáis que pronto advertí mi error de dirección y volví atrás para
corregirlo. Puesto que he dicho ya que era un día de octubre, no me atrevo a
arriesgar vuestro respeto y poner en peligro la límpida fama de la novela
cambiando de estación y describiendo lilas colgando por encima de las paredes
de los jardines, azafranes, tulipanes y otras flores de primavera. La obra de
imaginación debe atenerse a los hechos y cuanto más ciertos los hechos, mejor
la obra de imaginación. Eso dicen, por lo menos. Seguía, pues, siendo otoño y
las hojas seguían siendo amarillas y cayendo, si acaso un poco más aprisa que
antes, porque atardecía (eran las siete y veintitrés, para ser exactos) y se
había levantado una brisa (del Sudoeste, para ser exactos). A pesar de todo,
algo extraño ocurría.
My heart is like a singing bird Whose nest is in a water'd shoot; My
heart is like an apple tree Whose boughs are bent with thick-set fruit.
Quizá las palabras de
Christina Rossetti eran en parte responsables de aquella loca ilusión —no era,
claro está, más que una ilusión— de que las lilas sacudían sus flores por
encima de las paredes de los jardines, y las mariposas de azufre se deslizaban
de aquí para allá, y había polvo de polen en el aire. Soplaba un viento, de qué
dirección no lo sé, pero levantaba las hojas medio crecidas y había en el aire
un centelleo gris plata. Era la hora entre dos luces en que los colores se
intensifican y los púrpuras y los dorados arden en los cristales de las
ventanas como el latido de un corazón excitable; en que, por algún motivo, la
belleza del mundo, revelada y, sin embargo, a punto de perecer (en este momento
me metí en el jardín, pues una mano imprudente había dejado la puerta abierta y
no andaba ningún bedel por allí), la belleza del mundo que tan pronto perecerá
tiene dos filos, uno de risa, otro de angustia, partiendo el corazón en dos.
Los jardines de Fernham se extendían ante mí en el crepúsculo primaveral,
silvestres y abiertos, y los narcisos y las campanillas salpicaban la alta
hierba, cuidadosamente desparramados, no muy ordenados quizás en sus días
mejores, agitados ahora por el viento, tirando de sus raíces. Las ventanas del
edificio se encorvaban como las de un barco entre generosas olas de ladrillo
rojo, mudando del limón al plateado al paso de las rápidas nubes de primavera.
Había alguien en una hamaca, alguien, pero en aquella luz todo eran fantasmas,
medio adivinados, medio visibles, que huían por la hierba —¿no iba alguien a
detenerla?— y luego apareció en la terraza, quizá para respirar el aire, para
echar una mirada al jardín, una silueta encorvada, impresionante y, sin
embargo, humilde, con una ancha frente y un vestido raído. ¿Sería quizá la
famosa erudita J... H... en persona?
Todo era sombrío y, sin embargo, intenso,
como si el pañuelo que el atardecer había echado sobre el jardín lo hubiera
rasgado en dos una estrella o una espada —el relámpago de una realidad terrible
que estalla, como ocurre siempre, en el corazón de la primavera. Porque la
juventud... Aquí estaba mi sopa. Estaban sirviendo la cena en el gran comedor.
Lejos de ser primavera, era en realidad una noche de octubre. Todo el mundo
estaba reunido en el gran comedor. La cena estaba lista. Aquí estaba mi sopa.
Era un simple caldo de carne. Nada en ella que inspirara la fantasía. A través
del líquido transparente hubiera podido verse cualquier dibujo que hubiera
tenido la vajilla. Pero la vajilla no tenía dibujo. El plato era liso. Luego
trajeron carne de vaca con su acompañamiento de verdura y patatas, trinidad
casera que evocaba ancas de ganado en un mercado fangoso y pequeñas coles
rizadas con bordes amarillentos, y regateos y rebajas, y mujeres con redes de
comprar un lunes por la mañana. No había motivo para quejarse de la comida
cotidiana del género humano, puesto que la cantidad era suficiente y sin duda
alguna los mineros tenían que contentarse con menos. Siguieron ciruelas en
almíbar con flan. Y si alguien objeta que las ciruelas, aun mitigadas por el
flan, son una legumbre ingrata (fruta no lo son), llenas de hilos como el
corazón de un avaro, y que rezuman un líquido como el que sin duda corre por
las venas de los avaros que durante ochenta años se han privado de vino y calor
y, sin embargo, no han dado nada a los pobres, debe pensar que hay gente cuya
caridad alcanza hasta la ciruela. Sirvieron luego galletas y queso y circuló
con liberalidad el jarro del agua, pues las galletas son secas por naturaleza y
éstas eran galletas hasta lo más hondo de su ser. Eso fue todo. La cena había
terminado. Todo el mundo se levantó arrastrando su silla; la puerta de golpe
osciló violentamente hacia adelante y hacia atrás; pronto se hizo desaparecer
del comedor todo rastro de comida y, sin duda, se lo dispuso para el desayuno
de la mañana siguiente. Por los corredores y las escaleras se fue la juventud
inglesa, dando portazos y cantando. ¿Correspondía a un huésped, a una extraña
(pues no tenía más derecho de estar allí en Fernham que en Trinity, Somerville,
Girton, Newham o Christchurch) decir: «La cena no era buena» o decir (nos
hallábamos ahora, Mary Seton y yo, en su salita): «¿No hubiéramos podido cenar
aquí a solas?» Decir algo así hubiera sido fisgonear y tratar de enterarse de
las economías secretas de aquella casa, que ante un extraño presenta una cara
tan agradable de buen humor y coraje. No, no se podía decir nada por el estilo.
Y la conversación, por un momento, languideció.
La constitución humana siendo
lo que es, corazón, cuerpo y cerebro mezclados, y no contenidos en
compartimentos separados como sin duda será el caso dentro de otro millón de
años, una buena cena es muy importante para una buena charla. No se puede
pensar bien, amar bien, dormir bien, si no se ha cenado bien. La lámpara de la
espina dorsal no se enciende con carne de vaca y ciruelas pasas. Todos iremos probablemente al Cielo y Van Dyck se
halla, confiamos, entre nosotros,
esperándonos a la vuelta de la esquina. Éste es el estado de ánimo dudoso y
crítico que la carne de vaca y las ciruelas pasas, tras un día de trabajo,
engendran juntas. Felizmente, mi amiga, que era profesora de ciencias, guardaba
en un armario una botella rechoncha y unos vasitos —(pero hubiéramos tenido que
empezar con lenguado y perdices)— de modo que pudimos acercarnos al fuego y
reparar algunos de los daños del día. Al cabo de un minuto más o menos, nos
deslizábamos fácilmente por entre todos estos objetos de curiosidad e interés
que se forman en la mente durante la ausencia de una persona determinada y que
se discuten naturalmente al volverla a ver: que si fulano se ha casado, zutano
no; fulano piensa esto, mengano lo otro; el uno ha mejorado increíblemente, el
otro, por extraordinario que parezca, se ha echado a perder. Y pasamos luego a
estas especulaciones sobre la naturaleza humana y el carácter del mundo
sorprendente en que vivimos que son la consecuencia natural de estos comienzos.
Mientras decíamos estas cosas, sin embargo, fui dándome cuenta tímidamente de
que una corriente surgida por su propia voluntad iba arrastrando la
conversación hacia un fin determinado. Por más que habláramos de España o
Portugal, de un libro o una carrera de caballos, el interés real de la
conversación no era ninguna de estas cosas, sino una escena de albañiles que
transcurría en un tejado alto unos cinco siglos atrás. Reyes y nobles traían
tesoros en enormes sacos y los vaciaban en la tierra. Una y otra vez esta
escena cobraba vida en mi mente y se colocaba junto a otra en que figuraban
unas vacas delgadas y un mercado fangoso, y verduras pasadas, y corazones
fibrosos de ancianos. Estas dos imágenes, aunque descoyuntadas, sin conexión y
absurdas, no cesaban de encontrarse y de combatirse y me tenían por completo a
su merced. Lo mejor, para que no se deformara toda la conversación, era exponer
al aire lo que tenía en la mente y con un poco de suerte se marchitaría y se
convertiría en polvo como la cabeza del difunto rey cuando habían abierto su
ataúd en Windsor. Brevemente, pues, le hablé a Miss Seton de los albañiles que
habían estado trabajando todos aquellos años en el tejado de la capilla y de
los reyes, reinas y nobles cargados de oro y plata que echaban a paladas en la
tierra; y le conté que más tarde habían venido los grandes magnates de nuestro
tiempo y habían enterrado cheques y obligaciones donde los otros habían
enterrado lingotes y toscos pedazos de oro. Todo esto se halla enterrado debajo
de los colegios de la otra parte de la ciudad, dije, pero debajo del colegio en
que nos encontramos ahora, ¿qué hay debajo de sus valientes ladrillos rojos y
de la hierba sin cuidar de sus jardines? ¿Qué fuerza se esconde tras la vajilla
sencilla en que hemos cenado y (esto se me escapó antes de que pudiera
impedirlo) tras la carne de vaca, el flan y las ciruelas pasas? Hacia el año
1860, dijo Mary Seton... Oh, pero ya conoces la historia, dijo, aburrida,
supongo, del recital. Y me contó que habían alquilado habitaciones. Habían
reunido comités. Habían escrito sobres. Habían redactado circulares. Habían
celebrado reuniones; habían leído cartas; fulano prometía tanto; en cambio el
señor Tal no quería dar ni un penique. La Saturday Review había sido muy
descortés. ¿Cómo recaudar fondos para unas oficinas? ¿Organizaríamos una
tómbola? ¿No podríamos encontrar a una chica bonita que se sentara en la
primera fila? Miremos qué dice John Stuart Mill de la cuestión. ¿Podría alguien
persuadir al director de... de que publique una carta? ¿Quizá Lady... accedería
a firmarla? Lady... está fuera de la ciudad. Así es como se hacían las cosas
hace sesenta años; era un esfuerzo prodigioso que costaba horas y horas. Y fue
sólo tras una larga lucha y las peores dificultades que lograron reunir treinta
mil libras.5 Salta pues a la vista, dijo Mary, que no tenemos para vino ni
perdices, ni criados que nos lleven las bandejas encima de la cabeza. No
podemos tener sofás ni habitaciones individuales. «Las amenidades, dijo citando
un pasaje de algún libro, tendrán que esperar.»6 Pensando en todas estas
mujeres que habían trabajado año tras año y encontrado difícil reunir dos mil
libras y no habían logrado recaudar, como gran máximo, más que treinta mil,
prorrumpimos en ironías sobre la pobreza reprensible de nuestro sexo. ¿Qué
habían estado haciendo nuestras madres para no tener bienes que dejarnos?
¿Empolvarse la nariz? ¿Mirar los escaparates? ¿Lucirse al sol en Montecarlo?
Había unas fotografías en la repisa de la chimenea. La madre de Mary —si es que
la fotografía era de ella— quizás había sido una juerguista en sus horas libres
(su marido, un ministro de la Iglesia, le había dado trece hijos), pero en tal
caso su vida alegre y disipada había dejado muy pocas huellas de placer en su
cara. Era una persona corriente: una vieja señora con un chal de cuadros
abrochado con un gran camafeo; estaba sentada en una silla de paja e invitaba a
un sabueso a mirar hacia la máquina, con la mirada divertida y, sin embargo,
cansada de alguien que sabe por seguro que el perro se moverá en cuanto se haya
disparado la bombilla. Ahora bien, si hubiera montado un negocio, si se hubiera
convertido en fabricante de seda o magnate de la Bolsa, si hubiera dejado dos o
trescientas mil libras a Fernham, aquella noche hubiéramos podido estar
sentadas confortablemente y el tema de nuestra charla quizás hubiera sido
arqueología, botánica, antropología, física, la naturaleza del átomo,
matemáticas, astronomía, relatividad o geografía. Si por fortuna Mrs. Seton y
su madre y la madre de ésta hubieran aprendido el gran arte de hacer dinero y
hubieran dejado su dinero, como sus padres y sus abuelos antes que éstos, para
fundar cátedras y auxiliarías, y premios, y becas apropiadas para el uso de su
propio sexo, quizás hubiéramos cenado muy aceptablemente allí arriba un ave y
una botellita de vino; quizás hubiéramos esperado, sin una confianza exagerada,
disfrutar una vida agradable y honorable transcurrida al amparo de una de las
profesiones generosamente financiadas.
5 «Nos dicen que deberíamos pedir cuando menos
treinta mil libras... No es una gran suma, teniendo en cuenta que no va a haber
más que un colegio de este tipo para toda la Gran Bretaña, Irlanda y las
Colonias y lo fácil que resulta recaudar inmensas sumas para escuelas de
varones. Pero si se considera que son poquísimos quienes desean que se instruya
a las mujeres, es una buena cantidad» Lady Stephen, Emily Davies and Girton
College. 6 Cada penique que logró ahorrarse se guardó para las obras de
construcción y tuvieron que dejarse para más tarde las amenidades. R. Strachey,
The Cause.
Quizás en aquel momento hubiéramos estado explorando o
escribiendo, vagando por los lugares venerables de la tierra, sentadas en
contemplación en los peldaños del Partenón o yendo a una oficina a las diez y
volviendo cómodamente a las cuatro y media para escribir un poco de poesía.
Ahora bien, si Mrs. Seton y las mujeres como ella se hubieran metido en
negocios a la edad de quince años, Mary —éste era el punto flaco del argumento—
no hubiera existido. ¿Qué pensaba Mary de esto?, pregunté. Allí entre las
cortinas estaba la noche de octubre, con una estrella o dos enganchada en los
árboles amarillentos. ¿Estaba Mary dispuesta a renunciar a la parte que de
aquella noche le correspondía y al recuerdo (porque habían sido una familia
feliz, aunque numerosa) de los juegos y las peleas allá en Escocia, lugar que
nunca cesaba de alabar por lo agradable de su aire y la calidad de sus
pasteles, para que de un plumazo le hubieran llovido a Fernham cincuenta mil
libras? Porque financiar un colegio requeriría la supresión total de las
familias. Hacer una fortuna y tener trece hijos, ningún ser humano hubiera
podido aguantarlo. Considérense los hechos, dijimos. Primero hay nueve meses
antes del nacimiento del niño. Luego nace el niño. Luego se pasan tres o cuatro
meses amamantando al niño. Una vez amamantado el niño, se pasan unos cinco años
cuando menos jugando con él. No se puede, según parece, dejar corretear a los
niños por las calles. Gente que les ha visto vagar en Rusia como pequeños
salvajes dice que es un espectáculo poco grato. La gente también dice que la
naturaleza humana cobra su forma entre el año y los cinco años. Si Mrs. Seton
hubiera estado ocupada haciendo dinero, dije, ¿dónde estaría tu recuerdo de los
juegos y las peleas? ¿Qué sabrías de Escocia, y de su aire agradable, y de sus
pasteles, y de todo el resto? Pero es inútil hacerte estas preguntas, porque
nunca habrías existido. Y también es inútil preguntar qué hubiera ocurrido si
Mrs. Seton y su madre y la madre de ésta hubieran amasado grandes riquezas y
las hubieran enterrado debajo de los cimientos del colegio y de su biblioteca,
porque, en primer lugar, no podían ganar dinero y, en segundo, de haber podido,
la ley les denegaba el derecho de poseer el dinero que hubieran ganado. Hace
sólo cuarenta y ocho años que Mrs. Seton posee un solo penique propio. Porque
en todos los siglos anteriores su dinero hubiera sido propiedad de su marido,
consideración que quizás había contribuido a mantener a Mrs. Seton y a sus
madres alejadas de la Bolsa. Cada penique que gane, dijéronse, me será quitado
y utilizado según las sabias decisiones de mi marido, quizá para fundar una
beca o financiar una auxiliaría en Balliol o Kings, de modo que no me interesa
demasiado ganar dinero. Mejor que mi marido se encargue de ello.
De todos modos, fuera o no la culpa de la vieja señora del
sabueso, no cabía duda de que, por algún motivo, nuestras madres habían
administrado sumamente mal sus asuntos. Ni un penique para dedicar a
«amenidades»: a perdices y vino, bedeles y céspedes, libros y cigarros puros,
bibliotecas y pasatiempos. Levantar paredes desnudas de la desnuda tierra es
cuanto habían sabido hacer. Así hablábamos, de pie junto a la ventana, mirando,
como tantos millares miran cada noche, los domos y las torres de la famosa
ciudad extendida a nuestros pies. Yacía muy hermosa, muy misteriosa bajo el
claro de luna otoñal. Las viejas piedras parecían muy blancas y venerables. Uno
pensaba en todos los libros juntados allá abajo, en los cuadros de viejos
prelados y hombres famosos que colgaban en las habitaciones artesonadas, en las
ventanas pintadas que sin duda proyectaban extraños globos y medias lunas en
las aceras; en las fuentes y la hierba; y en las habitaciones tranquilas que
daban a los patios tranquilos. Y (perdóneseme el pensamiento) pensé también en
el admirable fumar y la bebida, y los hondos sillones, y las alfombras
agradables; en la urbanidad, la genialidad, la dignidad, que son hijas del
lujo, del recogimiento y del espacio. Desde luego nuestras madres no nos habían
proporcionado nada por el estilo, nuestras madres que se habían visto negras
para reunir treinta mil libras, nuestras madres que habían dado trece hijos a
ministros de la Iglesia de St. Andrews. Así es que volví a mi fonda y, andando
por las calles oscuras, medité sobre esto y aquello como suele hacerse tras un
día de trabajo. Medité sobre por qué motivo Mrs. Seton no había tenido dinero
para dejarnos; y sobre el efecto de la pobreza en la mente; y pensé en los
extraños ancianos que había visto por la mañana con trocitos de pieles sobre
los hombros; y me acordé de que si se silbaba uno de ellos echaba a correr; y
pensé en el órgano que bramaba en la capilla y en las puertas cerradas de la
biblioteca; y pensé en lo desagradable que era que le dejaran a uno fuera; y
pensé que quizás era peor que le encerraran a uno dentro; y tras pensar en la
seguridad y la prosperidad de que disfrutaba un sexo y la pobreza y la
inseguridad que achacaban al otro y en el efecto en la mente del escritor de la
tradición y la falta de tradición, pensé finalmente que iba siendo hora de
arrollar la piel arrugada del día, con sus razonamientos y sus impresiones, su
cólera y su risa, y de echarla en el seto. Un millar de estrellas
relampagueaban por los desiertos azules del cielo. Se sentía uno solo en medio
de una sociedad inescrutable. Todos los humanos yacían dormidos: echados,
horizontales, mudos. En las calles de Oxbridge nadie parecía moverse. Hasta la
puerta del hotel se abrió por obra de una mano invisible; ni un mozo sentado
allí esperando para encenderme las luces. Tan tarde era.
CAPÍTULO 2 - El escenario, si tenéis la amabilidad de
seguirme, ahora había cambiado. Las hojas seguían cayendo, pero ahora en
Londres, no en Oxbridge; y os pido que imaginéis una habitación como millares
de otras, con una ventana que daba, por encima de los sombreros de la gente,
los camiones y los coches, a otras ventanas, y encima de la mesa de la
habitación una hoja de papel en blanco, que llevaba el encabezamiento LAS
MUJERES Y LA NOVELA escrito en grandes letras, pero nada más. La continuación
inevitable de aquel almuerzo y aquella cena en Oxbridge parecía ser,
desafortunadamente, una visita al British Museum. Debía colar cuanto había de
personal y accidental en todas aquellas impresiones y llegar al fluido puro, al
óleo esencial de la verdad. Porque aquella visita a Oxbridge, y el almuerzo, y
la cena habían levantado un torbellino de preguntas. ¿Por qué los hombres
bebían vino y las mujeres agua? ¿Por qué era un sexo tan próspero y el otro tan
pobre? ¿Qué efecto tiene la pobreza sobre la novela? ¿Qué condiciones son
necesarias a la creación de obras de arte? Un millar de preguntas se insinuaban
a la vez. Pero necesitaba respuestas, no preguntas; y las respuestas sólo
podían encontrarse consultando a los que saben y no tienen prejuicios, a los
que se han elevado por encima de las peleas verbales y la confusión del cuerpo
y han publicado el resultado de sus razonamientos e investigaciones en libros
que ahora se encuentran en el British Museum. Si no se puede encontrar la
verdad en los estantes del British Museum, ¿dónde, me pregunté tomando un
cuaderno de apuntes y un lápiz, está la verdad? Así provista, con esta
confianza y esta ansia de saber, me fui en busca de la verdad. El día, aunque
no llovía exactamente, era lóbrego y en las calles de las cercanías del British
Museum las bocas de las carboneras estaban abiertas y por ellas iba cayendo una
lluvia de sacos; coches de cuatro ruedas se arrimaban a la acera y depositaban
unas cajas atadas con cordeles que contenían, supongo, toda la ropa de alguna
familia suiza o italiana que buscaba fortuna o refugio, o algún otro provecho
interesante que puede encontrarse en invierno en las casas de huéspedes de
Bloomsbury. Como de costumbre, hombres con voz ronca recorrían las calles
empujando carretones de plantas.
Algunos gritaban, otros cantaban. Londres era
como un taller. Londres era como una máquina. A todos nos empujaban hacia
adelante y hacia atrás sobre esta base lisa para formar un dibujo. El British Museum
era un departamento más de la fábrica. Las puertas de golpe se abrían y
cerraban y allí se quedaba uno en pie bajo el vasto domo, como si hubiera sido
un pensamiento en aquella enorme frente calva que tan magníficamente ciñe una
guirnalda de nombres famosos. Se dirigía uno al mostrador, tomaba una hoja de
papel, abría un volumen del catálogo y..... Los cinco puntos suspensivos
indican cinco minutos separados de estupefacción, sorpresa y asombro. ¿Tenéis
alguna noción de cuántos libros se escriben al año sobre las mujeres? ¿Tenéis
alguna noción de cuántos están escritos por hombres? ¿Os dais cuenta de que
sois quizás el animal más discutido del universo? Yo había venido equipada con
cuaderno y lápiz para pasarme la mañana leyendo, pensando que al final de la
mañana habría transferido la verdad a mi cuaderno. Pero tendría yo que ser un
rebaño de elefantes y una selva llena de arañas, pensé recurriendo
desesperadamente a los animales que tienen fama de vivir más años y tener más
ojos, para llegar a leer todo esto. Necesitaría garras de acero y pico de
bronce para penetrar esta cáscara. ¿Cómo voy a llegar nunca hasta los granos de
verdad enterrados en esta masa de papel?, me pregunté, y me puse a recorrer con
desesperación la larga lista de títulos. Hasta los títulos de los libros me
hacían reflexionar. Era lógico que la sexualidad y su naturaleza atrajera a
médicos y biólogos; pero lo sorprendente y difícil de explicar es que la
sexualidad —es decir, las mujeres— también atrae a agradables ensayistas,
novelistas de pluma ligera, muchachos que han hecho una licencia, hombres que
no han hecho ninguna licencia, hombres sin más calificación aparente que la de
no ser mujeres. Algunos de estos libros eran, superficialmente, frívolos y
chistosos; pero, muchos, en cambio, eran serios y proféticos, morales y
exhortadores. Bastaba leer los títulos para imaginar a innumerables maestros de
escuela, innumerables clérigos subidos a sus tarimas y púlpitos y hablando con
una locuacidad que excedía de mucho la hora usualmente otorgada a discursos
sobre este tema. Era un fenómeno extrañísimo y en apariencia —llegada a este
punto consulté la letra H— limitado al sexo masculino.
Las mujeres no escriben
libros sobre los hombres, hecho que no pude evitar acoger con alivio, porque si
hubiera tenido que leer primero todo lo que los hombres han escrito sobre las
mujeres, luego todo lo que las mujeres hubieran escrito sobre los hombres, el
áleo que florece una vez cada cien años hubiera florecido dos veces antes de
que yo pudiera empezar a escribir. Así es que, haciendo una selección
perfectamente arbitraria de una docena de libros, envié mis hojitas de papel a
la cesta de alambre y aguardé en mi asiento, entre los demás buscadores del
óleo esencial de la verdad. ¿Cuál podía ser pues el motivo de tan curiosa
disparidad?, me pregunté, dibujando ruedas de carro en las hojitas de papel
provistas por el pagador de impuestos inglés para otros fines. ¿Por qué atraen
las mujeres mucho más el interés de los hombres que los hombres el de las
mujeres? Parecía un hecho muy curioso y mi mente se entretuvo tratando de
imaginar la vida de los hombres que se pasaban el tiempo escribiendo libros
sobre las mujeres; ¿eran viejos o jóvenes?, ¿casados o solteros?, ¿tenían la
nariz roja o una joroba en la espalda? De todos modos, halagaba, vagamente,
saberse el objeto de semejante atención, mientras no estuviera enteramente
dispensada por cojos e inválidos. Así fui reflexionando hasta que todos estos
frívolos pensamientos se vieron interrumpidos por una avalancha de libros que
cayó encima del mostrador enfrente de mí. Ahí empezaron mis dificultades. El
estudiante que ha aprendido en Oxbridge a investigar sabe, no cabe duda, cómo
conducir como buen pastor su pregunta, haciéndole evitar todas las
distracciones, hasta que se mete en su respuesta como un cordero en su redil.
El estudiante que tenía al lado, por ejemplo, que copiaba asiduamente
fragmentos de un manual científico, extraía, estaba segura, pepitas de mineral
puro cada diez minutos más o menos. Así lo indicaban sus pequeños gruñidos de
satisfacción. Pero si, por desgracia, no se tiene una formación universitaria,
la pregunta, lejos de ser conducida a su redil, brinca de un lado a otro,
desordenadamente, como un rebaño asustado perseguido por toda una jauría. Catedráticos,
maestros de escuela, sociólogos, sacerdotes, novelistas, ensayistas,
periodistas, hombres sin más calificación que la de no ser mujeres persiguieron
mi simple y única pregunta —¿por qué son pobres las mujeres?— hasta que se hubo
convertido en cincuenta preguntas; hasta que las cincuenta preguntas se
precipitaron alocadamente en la corriente y ésta se las llevó. Había
garabateado notas en cada hoja de mi cuaderno. Para mostrar mi estado mental,
voy a leeros unas cuantas; encabezaba cada página el sencillo título LAS
MUJERES Y LA POBREZA escrito en mayúsculas, pero lo que seguía venía a ser algo
así:
Condición en la Edad
Media de, Hábitos de............de las Islas Fidji, Adoradas como diosas por,
Sentido moral más débil de, Idealismo de, Mayor rectitud de, Habitantes de las
islas del Sur, edad de la pubertad entre, Atractivo de, Ofrecidas en sacrificio
a, Tamaño pequeño del cerebro de, Subconsciente más profundo de, Menos pelo en
el cuerpo de, Inferioridad mental, moral y física de, Amor a los niños de, Vida
más larga de, Músculos más débiles de, Fuerza afectiva de, Vanidad de,
Formación superior de, Opinión de Shakespeare sobre, Opinión de Lord Birkenhead
sobre, Opinión del Deán Inge sobre, Opinión de La Bruyère sobre, Opinión del
Dr. Johnson sobre, Opinión de Mr. Oscar Browning sobre,
Aquí tomé aliento y añadí en el margen: ¿Por qué dice Samuel
Butler: «Los hombres sensatos nunca dicen lo que piensan de las mujeres»? Los
hombres sensatos nunca hablan de otra cosa, por lo visto. Pero, proseguí, reclinándome
en mi asiento y mirando el vasto domo donde yo era un pensamiento único, pero
acosado ahora por todos lados, lo triste es que todos los hombres sensatos no
opinan lo mismo de las mujeres. Dice Pope: La mayoría de las mujeres carecen de
carácter. Y dice La Bruyère: Les femmes sont extrêmes; elles sont
meilleures ou pires que les hommes. Una contradicción directa entre dos
observadores atentos que eran contemporáneos. ¿Se las puede educar o no?
Napoleón pensaba que no. El doctor Johnson pensaba lo contrario.8
8 «"Los hombres
saben que no pueden competir con las mujeres y por tanto escogen a las más
débiles o las más ignorantes. Si no pensaran así no temerían que las mujeres
llegasen a saber tanto como ellos..." En justicia al sexo débil, la honradez
más elemental me hace manifestar que, en una conversación posterior, me dijo
que había hablado en serio.» Boswell, The Journal of a Tour to the Hebrides.
¿Tienen alma o no la tienen? Algunos salvajes dicen que no
tienen ninguna. Otros, al contrario, mantienen que las mujeres son medio
divinas y las adoran por este motivo.9
9 «Los antiguos
germanos creían que había algo sagrado en las mujeres y por este motivo las
consultaban como oráculos.» Fraser, Golden Bough.
Algunos sabios sostienen que su inteligencia es más
superficial; otros que su conciencia es más profunda. Goethe las honró;
Mussolini las desprecia. Mirara uno donde mirara, los hombres pensaban sobre
las mujeres y sus pensamientos diferían. Era imposible sacar nada en claro de
todo aquello, decidí, echando una mirada de envidia al lector vecino, que hacía
limpios resúmenes, a menudo encabezados por una A, una B o una C, en tanto que
por mi cuaderno se amotinaban locos garabateos de observaciones
contradictorias. Era penoso, era asombroso, era humillante. Se me había
escurrido la verdad por entre los dedos. Se había escapado hasta la última
gota. De ningún modo me podía ir a casa y pretender hacer una contribución
seria al estudio de las mujeres y la novela escribiendo que las mujeres tienen
menos pelo en el cuerpo que los hombres o que la edad de la pubertad entre las
habitantes de las islas del Sur es los nueve años. ¿O era los noventa? Hasta mi
letra, en su confusión, se había vuelto indescifrable. Era una vergüenza no
tener nada más sólido o respetable que decir tras una mañana de trabajo. Y si
no podía encontrar la verdad sobre M (así es como, para abreviar, había dado en
llamarla) en el pasado, ¿por qué molestarme en indagar sobre M en el futuro?
Parecía una pérdida total de tiempo consultar a todos aquellos caballeros
especializados en el estudio de la mujer y de su efecto sobre lo que sea —la
política, los niños, los sueldos, la moralidad— por numerosos y entendidos que
fueran. Mejor dejar sus libros cerrados. Pero mientras meditaba, había ido
haciendo, en mi apatía, mi desesperación, un dibujo en la parte de hoja donde,
como mi vecino, hubiera debido estar escribiendo una conclusión. Había dibujado
una cara, una silueta. Eran la cara y la silueta del Profesor Von X entretenido
en escribir su obra monumental titulada La inferioridad mental, moral y física
del sexo femenino. No era, en mi dibujo, un hombre que hubiera atraído a las
mujeres. Era corpulento; tenía una gran mandíbula y, para contrarrestar, ojos
muy pequeños; tenía la cara muy roja. Su expresión sugería que trabajaba bajo
el efecto de una emoción que le hacía clavar la pluma en el papel, como si
hubiera estado aplastando un insecto nocivo mientras escribía; pero cuando lo
hubo matado todavía no se dio por satisfecho; tuvo que seguir matándolo; y aun
así parecía quedarle algún motivo de cólera e irritación. ¿Se trataba quizá de
su mujer?, me pregunté mirando el dibujo. ¿Estaría enamorada de un oficial de
caballería? ¿Era el oficial de caballería delgado y elegante e iba vestido de astracán?
¿Acaso se había burlado del profesor cuando se hallaba en la cuna, pensé
adoptando la teoría freudiana, alguna chica bonita?
Porque ni en la cuna podía
haber sido el profesor un niño atractivo. Fuese cual fuese el motivo, el
profesor aparecía en mi dibujo muy encolerizado y muy feo, ocupado en escribir
su gran obra sobre la inferioridad mental, moral y física de las mujeres. Hacer
dibujitos era un modo ocioso de terminar una mañana de trabajo infructuosa. Sin
embargo, es a veces en nuestro ocio, nuestros sueños, cuando la verdad
sumergida sube a la superficie. Un esfuerzo psicológico muy elemental, al que
no puedo dar el digno nombre de psicoanálisis, me mostró, mirando mi cuaderno,
que el dibujo del profesor era obra de la cólera. La cólera me había arrebatado
el lápiz mientras soñaba. Pero ¿qué hacía allí la cólera? Interés, confusión,
diversión, aburrimiento, todas estas emociones se habían ido sucediendo durante
el transcurso de la mañana, las podía recordar y nombrar. ¿Acaso la cólera, la
serpiente negra, se había estado escondiendo entre ellas? Sí, decía el dibujo,
así había sido. Me indicaba sin lugar a dudas el libro exacto, la frase exacta
que había hostigado al demonio: era la afirmación del profesor sobre la
inferioridad mental, moral y física de las mujeres. Mi corazón había dado un
brinco. Mis mejillas habían ardido. Me había ruborizado de cólera. No había
nada de particularmente sorprendente en esta reacción, por tonta que fuera. A
una no le gusta que le digan que es inferior por naturaleza a un hombrecito
—miré al estudiante que estaba a mi lado— que respira ruidosamente, usa corbata
de nudo fijo y lleva quince días sin afeitarse. Una tiene sus locas vanidades.
Es la naturaleza humana, medité, y me puse a dibujar ruedas de carro y círculos
sobre la cara del encolerizado profesor, hasta que pareció un arbusto ardiendo
o un cometa llameante, en todo caso una imagen sin apariencia o significado
humano.
Ahora el profesor no era más que un haz de leña que ardía en la cima de
Hampstead Heath. Pronto estuvo explicada y eliminada mi propia cólera; pero
quedó la curiosidad. ¿Cómo explicar la cólera de los profesores? ¿Por qué
estaban furiosos? Porque cuando me puse a analizar la impresión que me habían
dejado aquellos libros, me pareció presente en todos un elemento de
acaloramiento. Este acaloramiento tomaba formas muy diversas; se expresaba en
sátira, en sentimiento, en curiosidad, en reprobación. Pero a menudo había
presente otro elemento, que no pude identificar inmediatamente. Cólera, lo
llamé. Pero era una cólera que se había hecho subterránea y se había mezclado
con toda clase de otras emociones. A juzgar por sus extraños efectos, era una
cólera disfrazada y compleja, no una cólera simple y declarada. Por algún
motivo, todos aquellos libros, pensé pasando revista en la pila que había en el
mostrador, no me servían. Carecían de valor científico, quiero decir, aunque
desde el punto de vista humano rebosaban cultura, interés, aburrimiento y
relataban hechos la mar de curiosos sobre los hábitos de las habitantes de las
Islas Fidji. Habían sido escritos a la luz roja de la emoción, no bajo la luz
blanca de la verdad. Por tanto debía devolverlos al mostrador central y cada
uno debía ser restituido a la celdilla que le correspondía en el enorme panal.
Cuanto había rescatado de aquella mañana de trabajo era aquel hecho de la
cólera.
Los profesores —hacía con todos ellos un solo paquete— estaban
furiosos. Pero ¿por qué?, me pregunté después de devolver los libros. ¿Por
qué?, repetí en pie bajo la columnata, entre las palomas y las canoas
prehistóricas. ¿Por qué están furiosos? Y haciéndome esta pregunta me fui
despacio en busca de un sitio donde almorzar. ¿Cuál es la verdadera naturaleza
de lo que llamo de momento su cólera? Tenía allí un rompecabezas que tardaría
en resolver el rato que tardan en servirle a uno en un pequeño restaurante de
las cercanías del British Museum. El cliente anterior había dejado en una silla
la edición del mediodía del periódico de la noche y, mientras esperaba que me
sirvieran, me puse a leer distraídamente los titulares. Un renglón de letras
muy grandes iba de una punta a otra de página. Alguien había alcanzado una
puntuación muy alta en Sudáfrica. Titulares menores anunciaban que Sir Austen
Chamberlain se hallaba en Ginebra. Se había encontrado en una bodega un hacha
de cortar carne con cabello humano pegado. El juez X... había comentado en el
Tribunal de Divorcios la desvergüenza de las Mujeres. Desparramadas por el
periódico había otras noticias. Habían descendido a una actriz de cine desde lo
alto de un pico de California y la habían suspendido en el aire. Iba a haber
niebla. Ni el más fugaz visitante de este planeta que cogiera el periódico,
pensé, podría dejar de ver, aun con este testimonio desperdigado, que
Inglaterra se hallaba bajo un patriarcado. Nadie en sus cinco sentidos podría
dejar de detectar la dominación del profesor. Suyos eran el poder, el dinero y
la influencia. Era el propietario del periódico, y su director, y su
subdirector. Era el ministro de Asuntos Exteriores y el juez. Era el jugador de
criquet; era el propietario de los caballos de carreras y de los yates. Era el
director de la compañía que paga el doscientos por ciento a sus accionistas.
Dejaba millones a sociedades caritativas y colegios que él mismo dirigía. Era
él quien suspendía en el aire a la actriz de cine. Él decidiría si el cabello
pegado al hacha era humano; él absolvería o condenaría al asesino, él le
colgaría o le dejaría en libertad. Exceptuando la niebla, parecía controlarlo
todo. Y, sin embargo, estaba furioso. Me había indicado que estaba furioso el
signo siguiente: al leer lo que escribía sobre las mujeres, yo no había pensado
en lo que decía, sino en él personalmente. Cuando un razonador razona
desapasionadamente, piensa sólo en su razonamiento y el lector no puede por
menos de pensar también en el razonamiento. Si el profesor hubiera escrito
sobre las mujeres de modo desapasionado, si se hubiera valido de pruebas
irrefutables para establecer su razonamiento y no hubiera dado la menor señal
de desear que el resultado fuera éste de preferencia a aquél, tampoco el lector
se hubiera sentido furioso. Hubiera aceptado el hecho, como uno acepta el hecho
de que los guisantes son verdes o los canarios amarillos. Así sea, hubiera
dicho yo. Pero me había sentido furiosa porque él estaba furioso. Y, sin
embargo, parecía absurdo, pensé hojeando el periódico de la noche, que un
hombre con semejante poder estuviese furioso. ¿O acaso la cólera, me pregunté,
es el duendecillo familiar, el ayudante del poder? Los ricos, por ejemplo, a
menudo están furiosos porque sospechan que los pobres quieren apoderarse de sus
riquezas. Los profesores o patriarcas, para darles un nombre más exacto, quizás
estén en parte furiosos por este motivo; pero en parte lo están por otro, que
se advierte en la superficie pero de modo menos evidente. Posiblemente, no
estaban «furiosos» en absoluto; sin duda, más de uno era en sus relaciones
privadas un hombre capaz de admiración, leal, ejemplar. Posiblemente, cuando el
profesor insistía con demasiado énfasis sobre la inferioridad de las mujeres,
no era la inferioridad de éstas lo que le preocupaba, sino su propia
superioridad. Era esto lo que protegía un tanto acaloradamente y con demasiada
insistencia, porque para él era una joya del precio más incalculable. Para
ambos sexos —y los miré pasar por la acera dándose codazos— la vida es ardua,
difícil, una lucha perpetua. Requiere un coraje y una fuerza de gigante. Más
que nada, viviendo como vivimos de la ilusión, quizá lo más importante para
nosotros sea la confianza en nosotros mismos. Sin esta confianza somos como
bebés en la cuna. Y ¿cómo engendrar lo más de prisa posible esta cualidad
imponderable y no obstante tan valiosa? Pensando que los demás son inferiores a
nosotros. Creyendo que tenemos sobre la demás gente una superioridad innata, ya
sea la riqueza, el rango, una nariz recta o un retrato de un abuelo pintado por
Rommey, porque no tienen fin los patéticos recursos de la imaginación humana.
De ahí la enorme importancia que tiene para un patriarca, que debe conquistar,
que debe gobernar, el creer que un gran número de personas, la mitad de la
especie humana, son por naturaleza inferiores a él. Debe de ser, en realidad,
una de las fuentes más importantes de su poder. Pero apliquemos la luz de esta
observación a la vida real, pensé. ¿Ayuda acaso a resolver algunos de estos
rompecabezas psicológicos que uno anota en el margen de la vida cotidiana?
¿Explica el asombro que sentí el otro día cuando Z, el más humano, más modesto
de los hombres, al coger un libro de Rebecca West y leer un pasaje, exclamó:
«¡Esta feminista acabada...! ¡Dice que los hombres son esnobs!»? Esta
exclamación que me había sorprendido tanto — ¿por qué era Miss West una
feminista acabada por el simple hecho de hacer una observación posiblemente
correcta, aunque poco halagadora, sobre el otro sexo?— no era el mero grito de
la vanidad herida; era una protesta contra una violación del derecho de Z de
creer en sí mismo. Durante todos estos siglos, las mujeres han sido espejos
dotados del mágico y delicioso poder de reflejar una silueta del hombre de
tamaño doble del natural. Sin este poder, la tierra sin duda seguiría siendo
pantano y selva. Las glorias de todas nuestras guerras serían desconocidas.
Todavía estaríamos grabando la silueta de ciervos en los restos de huesos de
cordero y trocando pedernales por pieles de cordero o cualquier adorno sencillo
que sedujera nuestro gusto poco sofisticado. Los Superhombres y Dedos del
Destino nunca habrían existido. El Zar y el Káiser nunca hubieran llevado
coronas o las hubieran perdido. Sea cual fuere su uso en las sociedades
civilizadas, los espejos son imprescindibles para toda acción violenta o
heroica. Por eso, tanto Napoleón como Mussolini insisten tan marcadamente en la
inferioridad de las mujeres, ya que si ellas no fueran inferiores, ellos
cesarían de agrandarse. Así queda en parte explicado que a menudo las mujeres
sean imprescindibles a los hombres. Y también así se entiende mejor por qué a
los hombres les intranquilizan tanto las críticas de las mujeres; por qué las
mujeres no les pueden decir este libro es malo, este cuadro es flojo o lo que
sea sin causar mucho más dolor y provocar mucha más cólera de los que causaría
y provocaría un hombre que hiciera la misma crítica. Porque si ellas se ponen a
decir la verdad, la imagen del espejo se encoge; la robustez del hombre ante la
vida disminuye. ¿Cómo va a emitir juicios, civilizar indígenas, hacer leyes,
escribir libros, vestirse de etiqueta y hacer discursos en los banquetes si a
la hora del desayuno y de la cena no puede verse a sí mismo por lo menos de
tamaño doble de lo que es? Así meditaba yo, desmigajando mi pan y revolviendo
el café, y mirando de vez en cuando a la gente que pasaba por la calle. La
imagen del espejo tiene una importancia suprema, porque carga la vitalidad,
estimula el sistema nervioso. Suprimidla y puede que el hombre muera, como el
adicto a las drogas privado de cocaína. La mitad de las personas que pasan por
la acera, pensé mirando por la ventana, se van a trabajar bajo el sortilegio de
esta ilusión. Se ponen el sombrero y el abrigo por la mañana bajo sus
agradables rayos. Empiezan el día llenas de confianza, fortalecidas, creyendo
su presencia deseada en la merienda de Miss Smith; se dicen a sí mismas al
entrar en la habitación: «Soy superior a la mitad de la gente que está aquí.» Y
así se explica sin duda que hablen con esta confianza, esta seguridad en sí
mismas que han tenido consecuencias tan profundas en la vida pública y dado
origen a tan curiosas notas en el margen de la mente privada. Pero estas
contribuciones al tema peligroso y fascinante de la psicología del otro sexo
—tema que estudiaréis, espero, cuando contéis con quinientas libras al año— se
vieron interrumpidas por la necesidad de pagar la cuenta. Subía a cinco
chelines y nueve peniques. Le di al camarero un billete de diez chelines y se
marchó a buscar cambio. Había otro billete de diez chelines en mi monedero; lo
observé, porque este poder que tiene mi monedero de producir automáticamente billetes
de diez chelines es algo que todavía me quita la respiración. Lo abro y allí
están. La sociedad me da pollo y café, cama y alojamiento, a cambio de cierto
número de trozos de papel que me dejó mi tía por el mero motivo de que llevaba
su nombre. Mi tía, Mary Beton —dejadme que os lo cuente—, murió de una caída de
caballo un día que salió a tomar el aire en Bombay. La noticia de mi herencia
me llegó una noche, más o menos al mismo tiempo que se aprobaba una ley que les
concedía el voto a las mujeres. Una carta de un notario cayó en mi buzón y al
abrirla me encontré con que mi tía me había dejado quinientas libras al año
hasta el resto de mis días. De las dos cosas —el voto y el dinero—, el dinero,
lo confieso, me pareció de mucho la más importante. Hasta entonces me había
ganado la vida mendigando trabajillos en los periódicos, informando sobre una
exposición de asnos o una boda; había ganado algunas libras escribiendo sobres,
leyendo a ratos para viejas señoras, haciendo flores artificiales, enseñando el
alfabeto a niños pequeños en un kindergarten. Éstas eran las principales
ocupaciones permitidas a las mujeres antes de 1918. No necesito, creo,
describir en detalle la dureza de esta clase de trabajo, pues quizá conozcáis a
mujeres que lo han hecho, ni la dificultad de vivir del dinero así ganado, pues
quizá lo hayáis intentado.
Pero lo que sigo recordando como un yugo peor que
estas dos cosas es el veneno del miedo y de la amargura que estos días me
trajeron. Para empezar, estar siempre haciendo un trabajo que no se desea hacer
y hacerlo como un esclavo, halagando y adulando, aunque quizá no siempre fuera
necesario; pero parecía necesario y la apuesta era demasiado grande para correr
riesgos; y luego el pensamiento de este don que era un martirio tener que
esconder, un don pequeño, quizá, pero caro al poseedor, y que se iba
marchitando, y con él mi ser, mi alma. Todo esto se convirtió en una carcoma
que iba royendo las flores de la primavera, destruyendo el corazón del árbol.
Pero, como decía, mi tía murió; y cada vez que cambio un billete de diez
chelines, desaparece un poco de esta carcoma y de esta corrosión; se van el
temor y la amargura. Realmente, pensé, guardando las monedas en mi bolso, es
notable el cambio de humor que unos ingresos fijos traen consigo, Ninguna
fuerza en el mundo puede quitarme mis quinientas libras. Tengo asegurados para
siempre la comida, el cobijo y el vestir. Por tanto, no sólo cesan el
esforzarse y el luchar, sino también el odio y la amargura. No necesito odiar a
ningún hombre; no puede herirme. No necesito halagar a ningún hombre; no tiene
nada que darme. De modo que, imperceptiblemente, fui adoptando una nueva
actitud hacia la otra mitad de la especie humana. Era absurdo culpar a ninguna
clase o sexo en conjunto. Las grandes masas de gente nunca son responsables de
lo que hacen. Las mueven instintos que no están bajo su control. También ellos,
los patriarcas, los profesores, tenían que combatir un sinfín de dificultades,
tropezaban con terribles escollos. Su educación había sido, bajo algunos
aspectos, tan deficiente como la mía propia. Había engendrado en ellos defectos
igual de grandes. Tenían, es cierto, dinero y poder, pero sólo a cambio de
albergar en su seno un águila, un buitre que eternamente les mordía el hígado y
les picoteaba los pulmones: el instinto de posesión, el frenesí de adquisición,
que les empujaba a desear perpetuamente los campos y los bienes ajenos, a hacer
fronteras y banderas, barcos de guerra y gases venenosos; a ofrecer su propia
vida y la de sus hijos. Pasad por debajo del Admiralty Arch (había llegado a
este monumento) o recorred cualquier avenida dedicada a los trofeos y al cañón
y reflexionad sobre la clase de gloria que allí se celebra. O ved en una
soleada mañana de primavera al corredor de Bolsa y al gran abogado encerrándose
en algún edificio para hacer más dinero, cuando es sabido que quinientas libras
le mantendrán a uno vivo al sol. Estos instintos son desagradables de abrigar,
pensé. Nacen de las condiciones de vida, de la falta de civilización, me dije
mirando la estatua del duque de Cambridge y en particular las plumas de su
sombrero de tres picos con una fijeza de la que raramente habrían sido objeto
antes. Y al ir dándome cuenta de estos escollos, el temor y la amargura se
fueron transformando poco a poco en piedad y tolerancia; y luego, al cabo de un
año o dos, desaparecieron la piedad y la tolerancia y llegó la mayor liberación
de todas, la libertad de pensar directamente en las cosas. Aquel edificio, por
ejemplo, ¿me gusta o no? ¿Es bello aquel cuadro o no? En mi opinión, ¿este
libro es bueno o malo? Realmente, la herencia de mi tía me hizo ver el cielo al
descubierto y sustituyó la grande e imponente imagen de un caballero, que
Milton me recomendaba que adorara eternamente, por una visión del cielo
abierto. Sumida en estos pensamientos, estas especulaciones, regresé hacia mi
casa a la orilla del río. Se estaban encendiendo las lámparas y se había
operado en Londres desde la mañana un cambio indescriptible. Parecía como si la
gran máquina, después de trabajar todo el día, hubiera hecho con nuestra ayuda
unas cuantas yardas de algo muy emocionante y hermoso, una tela de fuego en que
fulguraban ojos rojos, un monstruo leonado que gruñía despidiendo aire
caliente. Hasta el viento parecía latir como una bandera, azotando las casas y
sacudiendo las empalizadas.
En mi pequeña calle, sin embargo, prevalecía la
domesticidad. El pintor de paredes bajaba de su escalera; la niñera empujaba el
cochecillo sorteando con cuidado a la gente, de regreso hacia casa para dar la
cena a los niños; el repartidor de carbón doblaba sus sacos vacíos uno encima
de otro; la mujer del colmado sumaba las entradas del día con sus manos
cubiertas de mitones rojos. Pero tan absorta me hallaba yo en el problema que
habíais colocado sobre mis hombros que no pude ver estas escenas corrientes sin
relacionarlas con un tema único. Pensé que ahora es mucho más difícil de lo que
debió de ser hace un siglo decir cuál de estos empleos es el más alto, el más
necesario. ¿Es mejor ser repartidor de carbón o niñera? ¿Es menos útil al mundo
la mujer de limpiezas que ha criado ocho niños que el abogado que ha hecho cien
mil libras? De nada sirve hacer estas preguntas, que nadie puede contestar. No
sólo sube y baja de una década a otra el valor relativo de las mujeres de
limpiezas y de los abogados, sino que ni siquiera tenemos módulos para medir su
valor del momento. Había sido una tontería de mi parte pedirle al profesor que
me diera «pruebas irrefutables» de este o aquel razonamiento sobre las mujeres.
Aunque se pudiera valorar un talento en un momento dado, estos valores están
destinados a cambiar; dentro de un siglo es muy posible que hayan cambiado
totalmente. Además, dentro de cien años, pensé llegando a la puerta de mi casa,
las mujeres habrán dejado de ser el sexo protegido. Lógicamente, tomarán parte
en todas las actividades y esfuerzos que antes les eran prohibidos. La niñera
repartirá carbón. La tendera conducirá una locomotora. Todas las suposiciones
fundadas en hechos observados cuando las mujeres eran el sexo protegido habrán
desaparecido, como, por ejemplo (en este momento pasó por la calle un pelotón
de soldados), la de que las mujeres, los curas y los jardineros viven más años
que la demás gente. Suprimid esta protección, someted a las mujeres a las
mismas actividades y esfuerzos que los hombres, haced de ellas soldados,
marinos, maquinistas y repartidores y ¿acaso las mujeres no morirán mucho más
jóvenes, mucho antes que los hombres y uno dirá: «Hoy he visto a una mujer», como
antes solía decir: «Hoy he visto un aeroplano»? No se sabe lo que ocurrirá
cuando el ser mujer ya no sea una ocupación protegida, pensé abriendo la
puerta. Pero ¿qué tiene todo esto que ver con el tema de mi conferencia, las
mujeres y la novela?, me pregunté entrando en casa.-
(Continúa en la “fuente” que cito de inmediato >>>)
[fuente
http://biblio3.url.edu.gt/Libros/wilde/habitacion.pdf
posteado por kalais 26/1/2023 - ch